Ricardo Candia CaresUna historia carcelaria hablada en ‘coa’, es parte de lo que ofrece ‘El exitoso (e increíble) caso Y’, la más reciente novela del escritor y columnista de El Desconcierto Ricardo Candia. El título 34 de la Colección Narrativa de Ceibo Ediciones se lanza el martes 28 de abril, en el Café Literario Parque Bustamante, ubicado en la altura del número 50 de General Bustamante, a pasos del Metro Baquedano.

El actor Mario Horton, la licenciada en estética y magíster en Letras, Alida Mayne-Nicholls, y el actor y director del Teatro de Emergencia y del Centro de Interpretación FiSura la Lengua, Juan Jeanneret, acompañarán al autor en la presentación, programada para comenzar a las 19:00 horas.

En esta entrevista Candia nos cuenta sobre lo coa y sus hablantes.

Segundo libro vinculado con el mundo delictual y el coa ¿Qué te atrae o qué te interesa rescatar de él?

El coa es un lenguaje técnico, no menos lenguaje ni menos técnico que el que utilizan los abogados,  los políticos, los milicos: sirve para que solo ellos se entiendan.

Así, la jerga o el lenguaje, el coa es uno de ellos, cumple por lo menos tres funciones: para compartimentar información, para reconocerse entre pares y para distinguir ciertos niveles de estratificación entre esa pequeña sociedad. El coa es generado por los intelectuales orgánicos, sus dirigentes en el mismo sentido que da Gramsci, un político + un técnico, de la delincuencia, por los más vivos, por los ladrones más avezados y decididos, los que la llevan.

El coa se reproduce a una velocidad enorme: las palabras, los coas,  salen a la luz, creadas por un vivo, y solo si es capaz de sintetizar una idea compleja en lo posible en una sola palabra, quedará. Si no, su vida será efímera. Lo peor que le pudo pasar al coa, para su desarrollo, es que se vulgarizó, pasó a ser usado por todos: por los políticos, los deportistas, la gente de la tele, en fin…

Creo que esa tendencia, la vulgarización del coa, se inauguró durante los diecisiete años en que la dictadura metió preso a dirigentes sociales y políticos, los que todo ese tiempo convivieron con delincuentes llamados comunes, hablamos de centenares de miles de dirigentes, y, como era esperable, al salir en libertad, se llevaron ese lenguaje que aprendieron en las cárceles.

Y eso determinó que sus más importantes expresiones perdieran su valor jergal. Es hablado ahora por cualquier jote. Creo que esa tendencia, la vulgarización del coa, se inauguró durante los diecisiete años en que la dictadura metió preso a dirigentes sociales y políticos, los que todo ese tiempo convivieron con delincuentes llamados comunes, hablamos de centenares de miles de dirigentes, y, como era esperable, al salir en libertad, se llevaron ese lenguaje que aprendieron en las cárceles. El coa es un lenguaje de combate y resistencia.

El mundo de la delincuencia en Chile ¿es un espacio de resistencia, un destino maldito o todas las anteriores?

Es un destino maldito que hay que resistir y eso lo entiende el vivo que no va a trabajar por la miseria que le ofrecen y se va a salvar atinando brígido, choreando mediante las distintas especialidades: monrra, mecha, sorpresa, aprete, cuento, etc.

No es extraño que el 95% de los que purgan una condena en prisión estén condenados por delitos asociados al ataque contra la propiedad.

De pronto el sistema comunicacional instala la idea de que la delincuencia es una opción de irresponsables, frescos y antisociales que no quieren trabajar.  Pero el niño que nace en un lugar tan alejado de las grandes ideas, de los líderes iluminados, de las brillantes iniciativas y las floridas ofertas electorales, en donde la educación no hace sino reproducir una cultura de dominación, en la que el que nació cagado no tiene más opción que morir cagado, en donde el Estado, de llegar, lo hace en forma de policías, represión, de control, en donde el tráfico es pan de cada día, y en donde desde los doce años ya hay que andar con un cañón en la cintura para salvar el pelo, no podemos esperar otra cosa que el sistema se reproduzca en su propia sopa.

Es la cultura dominante la que crea sus propia personas: del mismo modo como crea a sus políticos, sus comerciantes o a sus choferes de colectivos, como hemos visto, también crea a delincuentes no menos ladrones, políticos en todas sus variantes y colores, y también crea al choro que anda buscando salvarse con una buena movida, un lanzazo, un asalto, un cuento.

En el libro aparecen autoridades y políticos fijándose de vez en cuando en el Yague y su entorno, pero siempre superficialmente, cámaras, elecciones, programas de gobierno y farándula de por medio ¿Cómo se enfrenta a tu juicio la precariedad de los niños en Chile?

Con pacos y represión, con mala salud y escuelas pobres, con guetos y antenas parabólicas, con malls y la idea generalizada que es el dinero, la riqueza, el bien más preciado de toda persona. Así se enfrenta.

La ley de responsabilidad penal juvenil es pura palabra, pura tanga, trampa, grupo, lo que definía en términos de estructuras, hogares, profesionales, políticas de contención, y rehabilitación de niños delincuentes simplemente no existen sino en la imaginación desbordada de los que redactaron esa ley.

Por eso cuando un huacho culiao se pitea su condoro lo hace sabiendo que es inimputable y que deben dejarlo en libertad. Pero se supone que no se iría para la casa: que lo tomaría la mano maternal del Estado, y que lo llevaría a hogares para estudiarlos, contenerlos, tratarlos, ayudarlos, educarlos, pero nada de eso existe. Nada.

Así, por las poblaciones de Chile, el ir y venir de todos los Cizarro, Coca Cola Chico,  Poto Rico y Juanito Pistolas, es cosa común porque no se sabe qué hacer con ese huacherío, ¡no se sabe!, no se tiene idea de cómo manejarlo, están abandonados al ambiente, por eso que lo único que saben esos cabros es que deben salvarse, sobrevivir al día, tomar copete, fumar pasta, meterse cualquier cosa para la mente, y cuando faltan monedas, salir y atinar con un choreo.

Pero cuando vienen las elecciones, salen los que tú dices: políticos, periodistas, reportajes, ofertas, programas de gobiernos, de  salud, de educación, de cultura que nunca han servido de nada porque, el que dice la verdad no miente, nunca han existido.

¿Hay valores en el hampa? ¿Cuáles son? 

El hampa chilena es de baja intensidad. Son pocos los ladrones nombrados, con ficha, parados, vivos. Quiero decir que no existe un hampa organizada, compleja, similar a las mafias de otros países.

Pero su  sentido de lo gregario se palpa en la población y en la cana en donde son todos más o menos iguales. Ahí generan carretas, barcos y piños, que son espacios para compartir, se prestan ropa, se ponen fianza si son del mismo barco, de la misma pobla, si son familiares o han tenido su negocio común su transa.

Los loquitos son buena tela igual, pero esa vida es brígida y por poco, una mala mirada, un Harry, un condoro, se arma el atado y te puede  salir caro. Hay que tener siempre conducta, ser ubicado, compartir cuando no hay. Eso es bien visto en el ambiente. También es mal visto el doméstico, el que roba donde vive. Robarle a un socito o a un atorrante es feo. Recuerda que durante los tiempos más duros de la dictadura los choros se pusieron del lado del pueblo, pudiendo abrirse.

Hay una solidaridad, un sentido de clase en el sustrato cultural del hampón. Finalmente, aunque no tengan conciencia inmediata de eso, afirmo que son presos políticos y sus conductas, su bronca a la repre, por ejemplo, es una manera de resistencia, de bronca contra un sistema que se intenta lucir  encanándolos a ellos, pero que premia a los grandes ladrones, que le roban a todos los habitantes y que siempre han pasado piola: los banqueros, los de las farmacias, las AFP, las ISAPRES, los políticos y un montón de otros ladrones…

¿Es mejor en algo el mundo del hampa que el resto de la sociedad?

La vida del vivo es dura. Muy dura. Vive siempre en el límite. Por un lado, la ley, la justicia, la policía. Por otro, el medio, la competencia, el defender el territorio, y siempre, la posibilidad de la cárcel o las muerte. Esa una vida machucada, de ahí el término machucado, para identificar a un sujeto cualquiera del ambiente.

Como en toda micro sociedad, en el mundo del hampa hay principios que uno rescataría: el sentido de lo colectivo: el barco, la carreta, el piño. La tendencia a no robarle a alguien que está más cagado que uno: siempre o casi siempre, robar al que más tiene, al rico, y de cierta manera castigar o mal ver al doméstico, al cocodrilo, al jote que se va en volá con un pobre.

Pero como en toda micro sociedad, en esta hay principios que uno rescataría: ya te decía, el sentido de lo colectivo: el barco, la carreta, el piño. La tendencia a no robarle a alguien que está más cagado que uno: siempre o casi siempre, robar al que más tiene, al rico, y de cierta manera castigar o mal ver al doméstico, al cocodrilo, al jote que se va en volá con un pobre.

Uno no puede dejar de compartir ese valor tan mal visto y tanto que hace y que ha hecho en el mundo cuando se ha tratado de que los perdedores de siempre de pronto, pasen a la ofensiva: el del resentido social.

¿Anda muy perdido el imaginario de la delincuencia en la televisión?

Tan perdido como el del mapuche, como el de la pobreza, como la vida de la gente silvestre.

La televisión se acerca a esas realidades calculando qué elementos sobredimensionar o extrapolar para tener más ingresos por la vía del rating y esas variables. Cuando se trata de noticieros, el tratamiento es superficial y prejuicioso: todo pobre es sospechoso de ser delincuente, todo indio es un salvaje, flojo, borracho, peligroso.

Y cuando se trata de ficciones, se lo retrata con facetas ridículas buscando efectos inmediatos y fáciles. Muchas veces se acentúan rasgos risueños, se usa un vocabulario del coa de los más comunes y efectistas y se ocultan las palabras groseras o con alusiones sexuales.

Si se quisieran meter de verdad en esas realidades duras, feas, sucias, ásperas, desconocidas, huirían al toque.

Citando a Miguel Hernández ¿de dónde saldrá el martillo verdugo de esta cadena?

Tengo una idea aproximada de que en alguna parte existe el martillo.

La cadena está por todos lados  se llama economía, neoliberalismo, se llama sistema político corrupto.

La izquierda que alguna vez encarnó algunas ideas de rebelión, de lucha contra la injusticia, contra toda forma de dominación y explotación se tomó un par de decenios sabáticos y aún no vuelve como para proponer algo, una idea, un concepto. Ya no digamos un utopía que como hemos visto sólo sirve para caminar, sino algo concreto y simple, por ejemplo: construir una país en que niños que a los doce años ya han matado tres o cuatro veces, no sea posible.

El Yague, el personaje de mi novela cree con toda razón que todos lo quieren muerto, que es un cacho para la sociedad. Un muerto no huevea. Entonces los más sinceros poderosos saben que una solución es bombardear esos guetos con un par de F 16, y se acaba el problema, por lo menos  por un par de años.

Entonces el martillo de Miguel Hernández debería estar hecho de un par de ideas muy básicas, pero con una brutalidad intrínseca: construir un país en que estos niños sean inimaginables, imposibles. El resto vale callampa.

¿Éste es Chile o ése es Chile? Ambos andan por aquí mismo.

Chile terminó siendo un país de una bipolaridad increíble. Un país esquizofrénico, partido, en cuyo territorio conviven escenarios y dinámicas tan extrañas unas y otras, que ni siquiera se conocen. Viven varios países en uno solo.

Con todo es un país, si se mira con cierta indulgencia, quizás el más entretenido de los países del planeta: ¿dónde ocurre que en menos de un año revientan dos volcanes, se quema medio Valparaíso, se desploma toda una montaña sobre tres regiones, y se desploma la más popular e indestructible de las presidentas, junto con un tren de bandidos, muchos de ellos aceitados con dineros venidos directamente de la cripta del tirano, su más odiado enemigo?

Entonces, de sobrevivir el país a su naturaleza y a sus dirigentes, lo que vendrá será un reventón de una magnitud mayor que las catástrofes de ahora poco, en el que se van a enfrentar estos Chiles múltiples entre los que se ha ido creando una energía que cuando se despliegue en toda su brutalidad, va a dejar un reguero de escombros y cadáveres y golpes en el pecho intentando expiar el pecado de no haber hecho nada para impedirlo.

Mientras tanto, me tomo la libertad de escribir la vida del Yague. Unos encienden barricadas, unos asaltan camiones blindados y los más pacíficos escriben grafittis en los muros. Yo cuento historias.