Mucho se ha escrito respecto a los detalles que forman parte y darán vida a la pelea de este sábado 2 de mayo entre Floyd ‘’Money’’ Mayweather  y Manny ‘’Pac Man’’ Pacquiao. Se han enumerado hasta el hastío, aunque nunca deja de sorprender, la cantidad de millones de dólares a repartir entre ambos luchadores. Esto, sin contar los cientos de millones más que hay en juego por concepto de derechos, publicidad y un largo etcétera. La pelea será televisada en más de 150 países y será vista por millones y millones de personas que estarán esperando ansiosos ese golpe que, posiblemente, alguno logre conectar y así, derribar a su oponente. Y toda esa masa expectante y extasiada, contemplará aquella dolorosa, bella y majestuosamente brutal caída la lona de uno o de otro.

Y es precisamente este detalle, inversamente proporcional a los millones antes mencionados, es el que no deja de llamar la atención. Dos seres humanos, encerrados sobre una superficie cuadrada de 6X6mts. Solo dos individuos, dos hombres dispuestos a romper hasta el alma de su contrincante durante 36 minutos netos de pelea (en caso de que ésta llegue hasta el final) serán los protagonistas de uno de los eventos deportivos más esperados de los últimos años.

¿Qué puede empujar a dos seres humanos a enfrentarse en una batalla, física y espiritual, tan dura y extenuante? ¿El dinero, la fama, el poder, el ego o el deseo de superar los límites preestablecidos y poder llegar más allá? ¿Ser el más grande y llevar la vara que demarca nuestro punto extremo un poco más lejos que ayer?

Pero, ¿qué puede empujar a dos seres humanos a enfrentarse en una batalla, física y espiritual, tan dura y extenuante? ¿El dinero, la fama, el poder, el ego o el deseo de superar los límites preestablecidos y poder llegar más allá? ¿Ser el más grande y llevar la vara que demarca nuestro punto extremo un poco más lejos que ayer? Sumado al deseo de decirle, tácitamente, a esos millones de pasivos y jadeantes espectadores: ‘’Sí, se puede más, yo lo hice’’.

Esto nos lleva a la segunda paradoja ¿Qué mueve, realmente, a millones de personas a observar tamaña ‘’brutalidad’’? Pues bien, creo que, como se dice en el barrio: aquí es dónde está la plata ¿Por qué digo esto? Porque existe un componente de admiración indiscutible en esa masa cautivada por los golpes. Los facilistas le dirán morbo, pero no, es admiración.

Admiración que nace producto de la empatía que provoca con su entorno aquel ser humano capaz de exponer su integridad física para ganarse la vida. Admiración por aquel que finge estar bien para poder continuar en competencia -a diferencia de muchos deportes en que ocurre precisamente lo contrario-. Admiración por esos dos personajes que, al cabo de casi cincuenta minutos de golpearse mutuamente, terminan abrazados celebrando el hecho de que, ambos, han vencido a la muerte, incluso si uno de ellos ha caído. Porque lo bueno de caer es que te obliga a ponerte de pie nuevamente. Porque de las caídas se aprende, se arma el espíritu y se fortalece el alma. Los boxeadores son seres que lleven esa metáfora a un plano tangible y concreto. Asimismo, la vida se resume en sus cuerpos. Los recuerdos, errores y enseñanzas del ring están escritos a sangre con cicatrices, costillas rotas, manos de huesos quebrados y narices achatadas por los puños del adversario.

Y es que nos guste o no, el box es como la vida misma. Tienes que saber que puedes ganar, tienes que creer que puedes ganar, tienes que sentir que puedes ganar, y tienes que seguir sabiendo, creyendo y sintiendo lo mismo cuando te paras en frente de quien quiere mandarte al suelo de un solo ‘’upper’’ en el mentón. Porque en la vida recibirás cientos de golpes, también lograrás conectar algunos, otros lograrás esquivarlos, uno que otro te dará fuerte y posiblemente te tumbe. Y tendrás que ponerte de pie nuevamente, y seguir.  Así es la lucha en el cuadrilátero de la vida. La única diferencia es que en éste no sonará ninguna campana que te salve, ni tampoco te contarán hasta ocho para protegerte. La vida te da y no espera que te recuperes para asestar el ‘’uno, dos’’.

De una u otra forma, todos somos boxeadores. Como dijo el mismo Floyd: ‘’El boxeo es fácil, la vida es mucho más difícil’’.

Este sábado, luego de seis años de espera, finalmente se enfrentarán por vez primera los dos campeones más grandes de la última década. Gran parte del planeta será testigo de la llamada ‘’Pelea del siglo’’ (del siglo XXI eso sí). No sabemos cómo terminará, solo sabemos que ambos peleadores sueñan y desean ganar. Más allá de todo, por ellos. El Rápido y el Furioso, uno intocable, el otro noqueador ¿caerá alguno de ellos dentro de los doce asaltos? Eso lo sabremos este sábado. Pero también sabemos que quien sea el derrotado se volverá a levantar y en unos días volverá a vendar sus manos para hacer lo que mejor sabe, lo que más ama.