Cucurella---RecuadroPuede llegar a sorprender, como en la intimidad de sus alcobas o en la consulta del Psicólogo, tantas mujeres tienen la fantasía de ser putas, ocasionalmente putas. Casi violadas, humilladas y tratadas como lo peor de la calle; o más finas, sofisticadas, de mejor nivel y clientela; o simplemente putas privadas de su marido o su pareja. Pero como sea, recibir dinero por sexo, vender por un momento su cuerpo, disfrutar con eso y ganar dinero. Se excitan con ello, fantasean con la situación, suelen masturbarse imaginándola y eventualmente juegan a la prostitución el viernes o el sábado por la noche con su marido, cuando los niños ya duermen o los adolescentes andan en su carrete de fin de semana.

Las variables psicológicas y socioculturales involucradas en esto son muchas, pero se pueden considerar especialmente tres, por lo relevante de su vivencia emocional en el momento: el control, la prohibición y la impunidad del rol.

La sociedad machista y patriarcal priva a las mujeres del control de su propio cuerpo y del contacto fluido y libre con él, reglamenta su autoimagen corporal, les impone lo que está bien y lo que esta mal, cómo, dónde, cuándo, con quién, todo lo referente a su cuerpo, su sexo, su vida sexual, su fecundidad, su maternidad y su placer está escrito hace cientos de años por hombres. Por no cumplir las reglas concernientes a su propio cuerpo, han sido escarnecidas públicamente, perseguidas, rechazadas, encarceladas, torturadas y asesinadas en nombre de Dios, de cualquier Dios o versión de él que ampare y justifique a los hombres en su propia voluntad de actuar así.

No es extraño entonces que el prostituirse o al menos la fantasía de aquello, ya sea con billetes de metrópoli o billetes de verdad, les de una excitante sensación de estar en control, no solo de sí mismas, de su cuerpo y su sexo, sino del hombre que paga por ello. Porque si bien es cierto que el mejor sexo sucede cuando no existe control alguno, para quienes nunca han tenido el control, puede ser intensamente afrodisiaco y placentero, atávicamente reivindicador, tener al dominador bajo control de los propios e íntimos aromas y humedades.

Lo otro es la prohibición. Y aquí debemos aclarar algo: no es, como se dice, que todo lo prohibido es atractivo, sino que que en el sexo han prohibido todo lo atractivo. La prostitución que la moral y las leyes prohiben hoy día, siempre existió. Era naturalmente atractiva, placentera y práctica, respetada e incluso venerada. Pero la represión y distorsión de la sexualidad humana y del placer sexual a manos de los mandatos bíblicos, la prohibió, convirtiéndola en algo pecaminoso y relegado a los aposentos más oscuros y turbios de la vida social.

Antes de la gran ola de represión sexual levantada por la Iglesia, la prostitución simplemente ocurría, como todos los otros intercambios de bienes, servicios, destrezas y habilidades varias, como colaboración espontánea, mutua, como una manera más de las múltiples y complejas relaciones entre los humanos.

Pero luego, la misma dictadura moral que considera normal y aceptable vender la inteligencia y el tiempo, vender el cuerpo para fines publicitarios, vender las habilidades deportivas y artísticas, vender el alma si es necesario, los ideales, los principios, la libertad, etc. considera que no es correcto, ni natural, ni moralmente aceptable, vender el placer sexual o ganar dinero con el sexo, aunque eventualmente no sea muy placentero, como la mayoría de los trabajos.

Para darle una apariencia linda y espiritual a esta prohibición, predicó el pastor que “El cuerpo es el templo del Espíritu Santo…” (Corintios 6:19), templo que no se ha de profanar comerciando con él. No obstante, la realidad nos muestra a cada rato que la prohibición, el pecado, la profanación del supuesto templo de Dios es sólo un subterfugio para prohibir no todo comercio con el cuerpo, sino el del sexo, del placer, de la vulva.

Y el lado bello y liberador del tema es la “impunidad de rol”. Efectivamente, el vivir por un momento el rol de prostituta, ya sea jugando o más o menos en serio, requiere actuar ese rol, meterse en el papel, comportarse como una puta. Es decir, olvidar por una noche o más las inhibiciones, los tabúes, las prohibiciones y las vergüenzas, para simplemente disfrutar de un sexo libre, que recibe y da placer, que no se preocupa en ese momento de la relación y los sentimientos, sino que es sólo sexo.

Jugando a ser puta por una noche, la rutina impuesta de la posición “del misionero” puede ser subvertida por posiciones de cópula más animales y también más naturales, se puede sin pudor ser más profesional en el arte de dar placer y de obtenerlo dándolo, el sexo oral y anal ser practicados sin remordimiento, disfrutar del exhibicionismo, el lenguaje vulgar y sucio y el comportamiento desfachatado que no requiere posar de inocencia ni ocultar los mas turbios deseos.

Y si algunas mujeres tan justificadamente disfrutan la libertad de fantasear con ser putas o de serlo ocasionalmente, ya sea jugando o con beneficios materiales reales, por qué no puede ser legítima, respetable y socialmente aceptada la decisión de una mujer de trabajar como prostituta o de mejorar sus ingresos de esta manera?

Existen barnices de respetabilidad para cualquier trabajo: psicólogo, ingeniero, mercenario, torturador, cura, profesor, diputado, militar, pianista, publicista, gerente de casinos, etc, trabajos en los cuales las personas venden todo o partes de su cuerpo, su mente o su creatividad, pero no existe en Chile una manera de dar respeto a la venta de placer sexual.

Ya es tiempo de desacralizar el cuerpo, liberar la vulva y darle al placer sexual la libertad que los humanos necesitan para ser un poco más felices. Y si eso incluye la prostitución, bienvenida sea. Porque el único trabajo que hace mal, es el trabajo alienado, ya sea económica o psicológicamente.

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(*) Existe también la prostitución masculina, pero en nuestros dos mil años de historia ha sido poco relevante. Hablo entonces de lo que ha sido y es estadísticamente más frecuente.