Los fanáticos del boxeo llevan años esperando la pelea entre Floyd Mayweather y Manny Pacquiao. Hoy, finalmente ocurrirá. La puesta en escena, de alcance mundial, ha sido espectacular. Puede que, durante las últimas semanas, no haya habido otra frase más propagada en el planeta tierra que aquella según la cual la de esta noche es “la pelea del siglo”.

Pero, ¿es efectivamente así? Y más importante aún: ¿por qué, independiente de si es o no la más grande pelea del siglo, el mundo actúa como si lo fuera?

mayweather pacquiao

Despejemos primero las cosas de las que no caben dudas.

Nunca una pelea de box había podido ser vista por más gente que la de Mayweather y Pacquiao. La explicación es tan obvia que se olvida: la ampliación de los mercados y su diversificación. Cientos de millones podrán ver cómo estos tipos se golpean desde sus hogares o desde sus celulares mientras se mueven, con la rapidez de un click o la inmediatez de internet.

Luego, y como consecuencia de lo anterior, nunca una pelea de box había generado tanto dinero como ésta. Según la BBC, los organizadores se embolsarán 535 millones de dólares por ventas de derechos de televisión (abierta y de pago), 74 millones de los mismos en entradas y 5,6 millones en publicidad. En total: 625 millones de dólares en ganancias.

De lo último se desprende otra verdad: nunca unos boxeadores habían ganado tanto dinero por una pelea. Mayweather ganará alrededor de 200 millones de dólares por golpear a su adversario (de hecho es el deportista mejor pagado del mundo), mientras que se proyecta que Pacquiao se eche al bolsillo algo más de 100 millones de dólares.

Sin embargo, los fundamentos deportivos (si es que cabe cuando hablamos de boxeo, tema en discusión en muchos países del mundo) para presentarlo como el duelo del siglo son discutibles.

Las cosas en perspectiva

Boxeadores de la talla de Tyson, De la Hoya y Sugar Ray Leonard, además de muchos periodistas especializados, han puesto en duda la importancia “epocal” del duelo por el estado de ambos boxeadores: ninguno llega durante su esplendor. De hecho, durante sus respectivos cénit, se evitaron.

Joe Louis vs Max Schmeling, Yankee Stadium, EEUU, 1938.

Joe Louis vs Max Schmeling, Yankee Stadium, EEUU, 1938.

Pero si hay alguien que puede poner la polémica en perspectiva ese es el hombre-leyenda George Foreman y eso es precisamente lo que hizo en el documental de HBO Mayweather-Pacquiao: Legends Speak. Sin querer queriendo, el boxeador destroza la difundida ilusión de que no hay más tiempo que el presente e invita a poner las cosas en contexto.

En el ranking de Foreman, la pelea de esta noche es la tercera en importancia. Lidera su lista el duelo entre Joe Louis y Max Schmeling, de 1938, y le sigue la primera pelea de la triología entre Mohammed Ali y Joe Frazier en 1971.

Las razones de la primera son contundentes. Louis, un estadounidense negro, y Schmeling, un alemán ario, llegaban al ring representando no sólo a dos boxeadores sino a dos propuestas civilizatorias distintas y ad portas de enfrentarse en la Segunda Guerra Mundial.

El “bombardero de Detroit”, como apodaban a Louis, había perdido dos años antes con Schmeling, pero a partir de entonces no cayó en 11 años y 8 meses, convirtiéndose hasta hoy en el boxeador que durante más tiempo ha ostentado el título de campeón mundial de peso pesado.

El ’38, a Louis le bastaron 2 minutos y 4 segundos para noquear a Schmeling en el primer round. En Estados Unidos 100 millones de radioescuchas celebraron. En la Alemania de los nazis, la transimisión radial de la pelea fue de inmediato sacada del aire. No era poco lo que había en juego.

Joe Frazier vs Mohammed Alí, Madison Square Garden, EEUU, 1971.

Joe Frazier vs Mohammed Alí, Madison Square Garden, EEUU, 1971.

La pelea entre Ali y Frazier de 1971, en tanto, fue tan importante que uno de los fotógrafos que trabajó en el borde del ring fue un tipo llamado Frank Sinatra. Se enfrentaban dos imbatidos pesos pesados y Ali, gracias a las gestiones de Frazier, volvía al boxeo después de tres años de exilio de los rings por negarse a hacer el servicio militar durante la guerra de Vietnam.

“Joe el humeante”, como apodaban a Frazier, derrotó a Alí después de 15 intensos rounds. Sería una hazaña histórica y la primera pelea en ganarse el título de “la pelea del siglo”. El duelo tuvo dos ediciones más, ambas ganadas por Alí y que finalizó con la célebre “suspenso en Manila” de 1975, en la que Frazier exigió tanto a Alí que éste, hostil como pocos con sus adverdarios, diría de su oponente: “es el mejor boxeador de todos los tiempos, junto a mí”.

Foreman, con una humildad jamás vista en un boxeador, dejó fuera de los primeros lugares a la recordada pelea “El rugido de la selva”, en Kinshasa, capital del entonces Zaire, en la que se enfrentó con Mohammed Alí cayendo noqueado en el round 14. De haber sido considerada, perfectamente esta pelea se habría quedado con el tercer lugar.

La verdad en la ficción

La antesala de la pelea de esta noche ha tenido todos los ingredientes de una gran construcción publicitaria. Se promocionó con el mejor título que se podía concebir, la “pelea del siglo”, e incluye a uno de los protagonistas ideales para la transmutación total del boxeo en espectáculo: Floyd Mayweather.

pacquiao boxeo

Pacquiao se encomienda.

El boxeador estadounidense aplicó al pie de la letra la instrucción que los managers le dan a esta clase de deportistas: polemizar sin transar. Su técnica no ha sido la de humillar a su oponente, sino que otra tal vez aún más eficiente: polemizar con la historia.

Siguiendo la senda abierta por Los Beatles, que aseguraron ser “más populares que Jesús” (misma senda que luego tomó One Direction, que afirmaron ser -estando sobrios- “más populares que Los Beatles”), Mayweather regaló la frase que los operadores del marketing estaban esperando con baba colgando de sus bocas abiertas: “soy más grande que Alí”.

La fórmula rindió frutos de inmediato, inundando todo, tanto la celebración como la crítica de las palabras de Mayweather. Mike Tyson, por ejemplo, enfurecido con su arrogancia, las cargó duro contra su colega, tal vez sin saber que al hacerlo más ayudaba a la expansión de su figura.

“Él es muy iluso. Escucha, si él estuviera en algo cercano al ámbito de la grandeza de Ali, sería capaz de llevar a sus niños a la escuela por sí mismo. ¿Él no puede ni llevar a sus hijos a la escuela por sí mismo, y está hablando de que es grandioso? La grandeza no es protegerte a ti mismo de la gente, la grandeza es ser aceptado por la gente”, sentenció Tyson, para luego añadir: “Es un hombre pequeño, temeroso. Es un hombre muy pequeño y asustado”.

No es casualidad que el apodo de Mayweather sea “Money” (dinero) y, tal vez, tampoco lo sea que su oponente Pacquiao sea un cristiano evangélico fanático de nacionalidad filipina que cuando habla incluye la palabra “Jesús” tantas veces como un adolescente chileno la palabra “cachai”. Los protagonistas del boxeo siempre han tendido a ser exponentes sorprendentemente representativos de las contradicciones de los sujetos oprimidos.

Que un afroamericano alienado en la cultura del dinero y un asiático sumido en la mentalidad colonial en pleno siglo XXI protagonicen la última “pelea del siglo”, es un espectáculo perfecto, una obra maestra de construcción publicitaria, pero no por eso deja de decir mucho sobre la sociedad que, en última instancia y aunque se escandalice, pone los ingredientes de esta ficción.