Fernando-Balcells-recuadroEntre las bondades de la crisis que hemos estado experimentando está el silencio de los economistas. Gracias a eso el debate en Chile se ha enriquecido en estos meses incorporando improvisados filósofos sociales –como el que firma este artículo– que vienen de todas partes del espectro cultural ciudadano. Los economistas parecen estar esperando que las incertidumbres se despejen para volver a los pronósticos con los que se ganan la vida. Es lo que hicieron en la crisis de 2008. Callarse, ocultar su incompetencia ante lo nuevo, leer a Martin Wolf y esperar a que se pudiera nuevamente apostar sobre seguro.

La diferencia ahora es que no es solo la alfombra de los números la que se ha corrido bajo sus pies. Es la alfombra, más el piso, las paredes y los techos, cada uno moviéndose a su ritmo y con su propia falta de lógica. El mundo se ha movido para los chilenos y es imposible reconocerlo en las antiguas dicotomías binarias de los economistas. La reducción de la complejidad de la política y de la vida a la pareja costo-beneficio no le sirve hoy a nadie para orientarse en el lenguaje.

Pero entonces sucede, es infaltable, el acto de fe nostálgico de uno que no se deja estremecer por aluviones físicos ni culturales y arremete nuevamente en el espacio público con los andrajos de su razón contable. Y lo hace, como buen economista, administrando el pensamiento único y dando clases de derecho constitucional, de psicología social y teoría del Estado. Es el hombre que hace algún tiempo decía; ‘no hay que preocuparse del empleo; del empleo se ocupa la inversión, de la inversión se ocupa la demanda y la demanda se resuelve en la expectativas´. Un hombre tranquilo acunado en la cuerda circular de sus argumentos.

Dice Felipe Larraín en El Mercurio del lunes 27; “… la Nueva Mayoría propone pasar de un Estado subsidiario a uno social y democrático de derechos…”. El autor defiende al Estado de actividad subsidiaria, “…ello se entiende sin perjuicio, por cierto, de aquellas –actividades– que, por su carácter, ha de asumir el Estado”.

La vaguedad del párrafo citado, se explica porque fue concebido en una época en que bastaba un golpe de autoridad para interpretarlo. ¿Qué ‘se entiende’ por ‘adecuado’ o por ‘carácter’, cuando lo que estamos debatiendo es justamente la precisión en los significados y la articulación entre esas palabras? Ya no hay súbditos para hacerse cargo de los subentendidos. A falta de un líder que nos indique el punto preciso y actual en el que el Estado se lava las manos, estamos expuestos a la ciudadanía y a la politización de la definición misma del bien público.

Conviene leer el pensamiento de los técnicos porque el sistema legal es un ordenamiento de ambigüedades, redundancias, jerarquías normativas y desfiladeros argumentales que si son ignorados operan, habitualmente, a favor del más fuerte.