cut y gobiernoEste 1 de Mayo trajo consigo un aspecto socio-político que viene a reforzar un síntoma puesto en evidencia en la celebración del día de los trabajadores del año anterior. El evento de este año tuvo la particularidad de consumar las fronteras entre la esfera institucional y el campo de los antagonismos. La CUT y el Gobierno, ya sin ningún pudor ideológico, aparecen conjuntamente convocando a la magna manifestación, y sus discursos sobre los derechos de los trabajadores son puestos ante la opinión pública, en una sintonía que intenta diluir todo tipo de confrontación entre trabajadores e institucionalidad. La CUT subsumida en el discurso institucional, se ha transformado en un apéndice del gobierno, donde ya no parece posible, distinguir a simple vista su misión de defensa de los derechos de los trabajadores.

Este año, la ambigüedad en la relación entre gobierno y CUT, no logró concitar la aparente cohesión que intentaron proyectar con la celebración del día del trabajador del 2014. Este 2015, las tensiones socio-políticas entre organizaciones sindicales y CUT, se vieron expresadas en dos marchas que pusieron, por un lado, a organizaciones sociales, estudiantiles, militancias políticas (no alienadas con la Nueva Mayoría), sindicatos autónomos, entre otras. Por otro lado, La CUT – Gobierno y las militancias de los partidos adheridos a la institucionalidad. Este primero de Mayo, ha consumado una imagen, no habitual frente a manifestaciones realizadas antes del 2014, en que los antagonismos eran nítidos y las fronteras se encontraban globalmente delimitadas. Sólo basta rememorar los últimos actos del día del trabajador en que las demandas de la CUT perseveraban en la “indolencia” contra la cautividad de los intereses pequeños de una elite económica, que siente parte de sí, la protección de la autoridad gubernamental de turno.

Lo que hemos presenciado en esta celebración, es el fin de una organización que desde los años 50, se había constituido en un espacio de autonomía política que los trabajadores tenían para articular socialmente sus demandas sindicales. Ahora toda esa tradición histórica ha quedado diluida, en un discurso complaciente, y del gusto de las autoridades. La CUT –el bicameralismo de su Presidenta- y el Gobierno, ha reforzado él concubinato de la fiesta del trabajador, y ahora, son las autoridades que desde la galería, aplauden con fervor los pronunciamientos de la CUT.

Sin embargo, hay otro aspecto socio-político que merece nuestra atención en la escena “primero de Mayo” y que, a nuestro juicio, es consecuencia de esta complicidad político-estratégica de invisibilizar la línea demarcatoria, entre institucionalidad y antagonismos sociales. Se trata de aquellas prácticas militantes, que siendo herederas de narrativas emancipadoras, paradojalmente apuntan a la visibilidad de líneas demarcatorias, entre aquello que podríamos concebir como narrativas reformistas ancladas en la normatividad y quienes en una práctica política de continuidad (dictadura-transición), persisten y resisten con sus narrativas irruptoras del orden configurado.

En tal sentido, la reciente celebración del día trabajador vuelve a trasladar el campo de disputa hacia el terreno de la subjetividad política, y particularmente “la militante”. Nos referimos a la militancia, como la búsqueda de una vocación por lo político, así estimamos esta aproximación conceptual, porque lo significativo de los movimientos sociales del año 2006 y 2011, fue un declarado énfasis en reposicionar los temas de la educación, salud, medioambiente, pensiones, entre otros, bajo un debate político, que pone en entredicho el modelo económico-político del país. Las múltiples marchas ciudadanas desencadenadas en los espacios públicos desde el año 2011, no sólo eran convocantes y masivas, sino que desactivan las premisas políticas del pacto transicional; aquello que la política se discute sin la política. Estos avances fueron posibles con grandes convocatorias, que por lo general lograron aunar, en un mismo propósito a narrativas políticas, que establecen una línea demarcatoria entre poder y contrapoder.

Las dos marchas que hemos presenciado este primero de mayo del 2015, ha agudizado aun más, la disputa entre militantes socialistas y comunistas con aquellos caricaturizados como “anarquistas”. Una marcha que irónicamente va desde poniente a oriente, enarbola las banderas rojas de comunistas y socialista, protegida y cautelada por las fuerzas policiales y acompañados por ministros y parlamentarios de la Nueva Mayoría. Por el otro lado, una Marcha autónoma que queda reducida a un trayecto estrecho y periférico. Aquí las fuerzas policiales actúan implacablemente, reprimen y violentan a sus manifestantes. Por el otro lado, comunistas y socialistas consolidan su hermandad, unidos por la valoración del orden institucional establecido por la penta/política. Desde ahí poco importa plantear narrativas humanitarias, aquellas que de vez cuando son usadas exclusivamente, para recordar el pasado doloroso de la dictadura de Pinochet.

Parece un contrasentido presenciar una confrontación entre militantes disciplinados frente al orden establecido con una subjetividad que no pierde su desborde. Aquí lo interesante, es analizar la mutación política, de los militantes socialistas y comunistas, que entre un año y otro pasan de prácticas contestatarias a prácticas sumisas y orientadas hacia un neoliberalismo corregido. A nuestro juicio, la mutación de estas prácticas no es parte de un itinerario repentino, favorecido por la posibilidad de formar parte del gobierno, sino que esta responde a una trasformación paulatina de sus narrativas emancipadoras que son afectadas, por la crisis doctrinaria que sufren los partidos socialistas y comunistas en nuestra pálida transición a la democracia.

La excesiva instrumentalización de la militancia política durante estas últimas dos décadas, ha configurado una subjetividad política frágil y fácilmente permeable a los vectores de la dominación. El Partido Socialista representa la “experiencia piloto” que permite poner a prueba todos los males de la des-ideologización de las orgánicas políticas. Ahí se configura un accionar político que migra sin problemas a las tareas de la gobernabilidad, canonizado en el orden y sin una despensa doctrinaria que le permita pensar en el lugar donde está y a que pertenece. De alguna manera, no parece extraño ver a los militantes de las juventudes socialistas, encarnados en una suerte de guardias que cautelan el orden, y castigan con violencia los “desgarbos” de la disidencia a la dominante neoliberal –más allá de las deseadas correcciones ortopédicas de la nueva coalición-. La |construcción del enemigo está ahí, en la misma marcha. Por tanto, la línea demarcatoria ahora tiene rostro de calle.

Los jóvenes comunistas aparecen en otro archivo de la instrumentalización política, ya que podríamos pensar, que no están en la misma línea de naturalización política por el orden que los jóvenes socialistas. Sin embargo, su ferviente entusiasmo por los desafíos de la administración de Michelle Bachelet, los obliga a certificar conducta frente al gobierno –pese a los costos del caso Caval. Su encarnada disciplina a las direcciones partidarias supera toda formación doctrinaria que tengan, y que les permita recrear espíritu crítico. En el fondo, viven su contradicción política vital, con la sumisión al verticalismo, de este otro orden: el interno. El triste espectáculo presenciado en la manifestación del día del trabajador es un reflejo de la pobreza política e ideológica de las juventudes políticas de la izquierda que forman parte de la Nueva Mayoría. Su impronta política -si es que la tienen- ha quedado reducida a un matonaje compulsivo por el institucionalismo. Y a no olvidar: todo ello ocurrió el día en que se celebran los derechos universales de los trabajadores.