Cuando en una sociedad aparece la idea de que las riendas del país deben ser quitadas a los adultos y confiadas a los jóvenes, como sucede de modo creciente en Chile desde fines de los ’90 y con fuerza en el último lustro, significa que ha sido puesta en duda la relación que ostentan los grupos dirigentes de esa sociedad con el ejercicio del poder. Lo que parece una “lucha entre generaciones” es en realidad un síntoma de la crisis de la clase dirigente en cuanto tal, uno que alude al debilitamiento de su capacidad de reproducirse en el tiempo. La afirmación no es mía sino de Gramsci y la suscribo.

Vale la pena invertir tiempo en pensar dos veces la “cuestión de los jóvenes” en el Chile actual. Es un problema que está plantado en el centro de las dificultades para la maduración política de las aspiraciones de cambio, como también en el núcleo de los afanes de renovación de nuestra agotada clase dirigente.

No es, de hecho, desde la vereda de la disidencia que se alimenta la supuesta necesidad de un recambio “generacional” en la dirección de la sociedad chilena. Cuando las aspiraciones de cambio social se han manifestado, incluso encabezadas por grupos juveniles, como durante las movilizaciones estudiantiles de 2006 y 2011, ha sido apelando a la necesidad de una democratización social y política del país. Que sus adversarios decidan ignorar ese carácter y reducirlo a un reclamo existencial juvenil, es otro tema.

Han sido, en cambio, grupos en el poder los más asiduos a dar recetas generacionales. Unos lo dicen por convicción, otros sólo por conveniencia, pero coinciden porque saben que es la principal forma que tienen, en la práctica, de bajar la intensidad del cuestionamiento a los fundamentos de su poder. Según ellos, los destinos de Chile descansan en la posibilidad que una nueva camada de jóvenes dirigentes se imponga sobre la “vieja guardia” que impide que la Nueva Mayoría sea algo distinto a la Concertación.

Hace una semana fue publicado en un medio de comunicación un texto paradigmático de este discurso. Lleva el título de “Manifiesto del G90” y aunque llamativamente superficial, o más bien precisamente por eso, condensa magníficamente el significado que tiene la cuestión generacional en la Concertación y desmitifica la idea de que toda voluntad que ondee la bandera de la juventud tiene algo edificante que aportar al mundo.

Si bien las voces detrás del manifiesto confiesan cierta incomodidad al ser identificados como un grupo generacional, porque desplazaría a un segundo plano la “forma distinta de hacer política” de la que serían portadores, el gesto de su réplica lo confirma y los deja aún peor parados. Su forma de defenderse es recordar lo leales que han sido con los “viejos”, “jamás desafiándolos”, y la capacidad de la que han hecho gala para superar momentos “tensos, sobre todo cuando se instaló el concepto de probidad y transparencia” (las cursivas son mías, también las que vendrán).

La solidez de su proyecto, añaden, se debe a que “no depende de una persona”. De una persona, habría que agregar, que no tenga poder, porque el propio relato que construyen de sí mismos es el de un grupo que ha ascendido en la estructura del poder no precisamente al calor de la defensa de una idea o tendencia política, sino al amparo de las campañas de individuos, Ricardo Lagos y Michelle Bachelet, que, llamativa coincidencia, resultaron ser dos exitosos candidatos presidenciales luego instalados en La Moneda.

La solidez de su proyecto, añaden, se debe a que “no depende de una persona”. De una persona, habría que agregar, que no tenga poder, porque el propio relato que construyen de sí mismos es el de un grupo que ha ascendido en la estructura del poder no precisamente al calor de la defensa de una idea o tendencia política, sino al amparo de las campañas de individuos, Ricardo Lagos y Michelle Bachelet, que, llamativa coincidencia, resultaron ser dos exitosos candidatos presidenciales luego instalados en La Moneda.

Se presentan a sí mismos como guardianes en el poder de las reformas exigidas desde el movimiento estudiantil, pero no tienen problemas para insultar adulando a los dirigentes que lo han conducido (“ayudó muchísimo –dicen- el rostro de Camila Vallejo”) y en reducir las gestas no protagonizadas por ellos a una cuestión de oportunidad: “si hubiesen puesto a un espantapájaros, éste iba a tener los mismos minutos de televisión”. Luego, rechazan a los que no les llevan el amén, a “los otros” que “siguen siendo leales a su proyecto personal, a su imagen de niño bueno”. Gabriel Boric, sentencian, “es un predicador”.

Lo que se lee es un cinismo profundamente arraigado y constitutivo. Estos pretendidos voceros políticos de la generación de los ‘90 deciden omitir que el activo que desencadenó la necesidad de reformas profundas, ese del que se pretenden “representantes serios”, se desarrolló e irrumpió no sólo a pesar de ellos sino que decididamente en contra de los esfuerzos librados por las juventudes concertacionistas durante toda la transición en el movimiento social y, especialmente, en el estudiantil. Hoy, desde cargos públicos y organizaciones de la sociedad civil, pontifican para domesticar la conflictividad social, desactivando todo potencial transformador que pueda asomar en cuestiones como la constitucional, la educacional o la laboral.

Llama también la atención su desaforado anti-intelectualismo e ilusión de autosuficiencia. Si uno de ellos leyera esta columna, de hecho, pasaría sobre la cita a Gramsci que hay más arriba con una mueca de burla. Para ellos reconocer deudas de ideario o interrogar el pasado para entender el presente no es necesario; los viejos “tuvieron a Marx”, ellos en cambio tienen “experiencia de vida”, dicen. Todo comienza en ellos, que son implacables, nuevos y distintos, a pesar de lo parecido que es su concepto de militancia al antiguo modelo del militante-milico en su versión escéptica, esa especie que José Miguel Varas representó tan bien en su novela Milico con Ramiro, el cínico militante comunista que resolvía todas las controversias empinando demostrativamente una botella, llenando los vasos y jactándose del instrumental manejo que hacía de los dogmas y ritos del Partido.

Lo que este manifiesto saca a la superficie es una avanzada forma de cristalización de la mentalidad política de la transición, esa que naturalizó la carencia de sentido del compromiso militante porque redujo la política a un juego autorreferente, limitando sus espacios válidos de ejercicio, sus prácticas y objetivos, al de los pasillos, el muñequeo y la conservación de ilusorias cuotas de poder. No se trata de un problema moral, aunque también se expresa en esta dimensión, sino de uno político; el de la progresiva subordinación de una fuerza que, a punta de concesiones sucesivas al status quo, termina contenido en sus dinámicas de normalización. Como un hombre que camina mirando al sur convencido de que hacia allá avanza, pero arriba de un tren que en realidad se dirige al norte. (En este caso, pensándolo mejor, el hombre del tren ya no avanza. Como mucho mira al sur, pero sentado y probablemente en el bar).

Así, la energía de estos “jóvenes”, en lugar de realizar una tentativa de regeneración del grupo dirigente del que forman parte, se cuelga de su estructura con la tenacidad de una sanguijuela, debilitándola a punta de succionar todo lo que de creador le puede quedar hasta secarla (no concibe la dimensión de construcción permanente de la estructura, sino tan sólo su uso) e impedir toda forma de conexión real y viva con la sociedad. No es extraño que entonces la política del grupo dirigente sobre todo entre sus “jóvenes” asuma formas decadentes, con la proliferación de cuadros que rinden culto a la indiferencia moral y la razón instrumental como estandartes de la sagacidad política.

Tampoco es raro que hayan despresitigiado a tal punto la actividad política que entre sus coetáneos, entre quienes los vieron escalar desde el liceo hasta la repartición pública, predomine un desencanto con la política toda. A la generación de los ’90 le tocó convivir no sólo con el vacío gris que vino después de la derrota, sino tambien con el ascenso de esta nueva claque de dirigentes progresistas que en nada contribuyeron a mejorar la cara de la política. Más reciente pero igual de preocupante es ver a esta cultura infiltrándose en los territorios juveniles de la izquierda histórica. Aquí, su fuerza disolvente, augura tiempos aún peores para las ya alicaídas tradiciones comunista y socialista.

Es cierto, los autoproclamados representantes políticos de la generación de los ’90 en realidad son sólo una “parte” que quiere pasar por el “todo”. Pero ningún otra “parte”, por más genuinamente comprometida que esté con actualizar un proyecto democrático, podrá habilitarse si no rompe con la generación anterior, de la que estos jóvenes no son más que una versión empeorada. Si sus adultos justificaron las mezquindades desde la necesidad, estos lo hacen desde la virtud; si los adultos se lanzaron contra la izquierda para garantizar gobernabilidad, estos lo hacen hoy contra cualquier expresión organizada de la sociedad.

Con todo, la responsabilidad no recae únicamente en quienes se reconocen en este manifiesto. La verdad es que no han hecho nada nuevo, nada que los pueda hacer responsables como una generación”nueva”. La miseria de la política que practican (no por nada el primer “tag” para encontrar este manifiesto en internet es la palabra “boleta”) es en realidad el fracaso de la política de sus “adultos”. Esta constatación, lejos de ser motivo de satisfacción, lleva las cosas a un plano más desafiante pero ineludible para las fuerzas de cambio, para sus jóvenes y sus viejos; el de asumir que la superación de este lamentable momento las exhorta a poner sus esfuerzos en la perspectiva de crear un grupo dirigente plural y diverso, pero totalmente nuevo.