El Club es por sobre todo una ficción que habla sobre el poder de la Iglésia Católica en Chile y también explora sus abusos, las consecuencias muchos años después de que sacerdotes hayan violado niños. El lado oscuro de una iglesia cómplice de la dictadura militar y que por diversas razones ha exiliado y excomulgado y encarcelado y exonerado a estos ex sacerdotes y a una ex religiosa.

Es el club de los que se portaron mal, los que misteriosamente evaden la justicia. Quienes quedan desterrados en una casa en la playa y viven su particular penitencia, en un limbo con vaguada costera, sin acceso al dinero y prohibidos de comunicarse con los vecinos: una vida sana, una “vida santa”.

La película se centra en la muerte del curita Lazcano, el recién confinado a esta irregular casa de retiro, personificado con una breve profundidad por José Soza. Pero quien rompe el frágil equilibrio del hogar es un alcohólico que sigue al Padre Lazcano, un hombre con irreconciliables carencias, interpretado con genialidad por Roberto Farías.

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La investigación del sangriento episodio pasa fugazmente por las policías pertinentes, porque se centra en la misión que lleva un actual sacerdote, personificado con fuerza por Marcelo Alonso. Es un cura que “cree en una Nueva Iglesia” quien se mete a esa casa a investigar qué mierda pasó. Son cuatro los viejitos jubilados de cura, interpretados por Alfredo Castro, Alejandro Goic, Jaime Vadell y Alejandro Sieveking. Por supuesto que no son santas palomas y los cuida la hermana Mónica, interpretada por Antonia Zegers, una ex monja que también tiene un oscuro pasado y que en la práctica administra y rige la casa.

La película utiliza un humor negro con mucho morbo, pero de forma medida. Con una fotografía muy limpia y que incluye especiales detalles como observar a través de unos prismáticos, cuando los hombres siguen la carrera de galgos a la distancia y como el sacerdote los entrevista y analiza a ellos, con lupa.

 

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El Club viene con el pergamino de comenzar los créditos con el Oso de Plata de Berlín. Esta película es cosa seria. Es una cinta de muy buena factura, la banda sonora con la colaboración de Carlos Cabezas aporta oscuridad y luz. Aquí hay religión, intriga, sexo, suspenso, violencia y sangre. Algunas situaciones resultan chistosas, pero son profundamente dramáticas. Esta película, hace dos décadas, habría sido una misión imposible: prohibida, sin duda, ni siquiera habría sido censurada para mayores de 21. Si tiene el criterio formado y esta temática le parece un misterio interesante y no particularmente doloroso, vaya a verla a su cine vecino.