Antonio Becerra 1

Antonio Becerro, director de La Perrera

Lleva quince años caminando en cuatro patas en el centro Perrera Arte, en pleno Parque Balmaceda. Llegó aquí antes que el internet y que la civilización como hoy la conocemos. Hace algunas décadas, en este frío edificio de hormigón, sacrificaron a miles de sus antepasados. Pero él se apropió del lugar, igual que cientos de artistas que hicieron de éste uno de los espacios más activos para el desarrollo de las expresiones artísticas de avanzada en Chile.

Estuvo en el aniversario número diez del centro, el 2005. También en el festival internacional celebrado a mediados de abril de este año. Compartió con poetas y artistas visuales, con performancistas y músicos, muchos de ellos de renombre; pero no se percató de quiénes eran. Los veía a todos iguales. Todos caminaban, a diferencia de él, en dos patas.

Capitán, según Antonio Becerro, es el verdadero “amo y señor” de este centro cultural. El artista visual y director de la institución a ojos de los humanos, lo mira de reojo mientras habla sobre la trayectoria de La Perrera. Es como si los ojos del perro resumieran los 20 años de esta institución, que ha ido y venido entre los márgenes y el centro de la producción cultural en el Chile de la transición.

¿Qué pasaba por sus cabezas cuando montaron este espacio y decidieron mantener el nombre de “perrera”, dándole continuidad a lo que había sido?

Yo fui invitado a este proyecto por un amigo y en ese tiempo mecenas, David Campusano. Primero asumí esto como mi taller, por tres años más o menos, pero de ahí empecé a impregnarme de los espectros que rondaban, de su historia y arquitectura. Esto es un horno para quemar basura, para eso fue hecho. Y nos hicimos cargo del dolor de las mascotas que fueron sacrificadas, los perros, porque los amamos. Quisimos hacerles un tributo, enaltecer el nombre del perro como ese santo de la calle que es en el imaginario colectivo.

Para muchos no debió haber sido fácil comprenderlo…

Fue complicado. Nadie se pone “perrera”, era como peyorativo en este Chile que quería ser europeo. Pero lo dejamos para mantener la memoria, eso sí con menos dolor y más sensualidad, pero sin dejar de ser real. En eso creímos cuando tomamos esto, que era una ruina, sin ventanas ni este segundo piso. Y en esto de hacer un tributo a los perros y ofrecer un salvataje a los artistas, esto se transformó en un Arca de Noé; aquí llegaban a parar todos los artistas que no tenían cabida en los circuitos oficiales, comerciales, pero que eran tremendamente interesantes.

“Esto se transformó en un Arca de Noé; aquí llegaban a parar todos los artistas que no tenían cabida en los circuitos oficiales, comerciales”.

¿Qué balance hacen de lo hecho estos 20 años?

Resistir, crear, resistir, crear, funcionó. Nadie nos dijo que iba a ser fácil y tampoco lo complicado que iba a ser. La ventaja fue ir avanzando en la oscuridad e ir encontrando soluciones. En ese buscar nos topamos con artistas y gente de la cultura que son excelentes personas y creadores. Lo menos son guateos. En la suma La Perrera logró instalarse como un hito dentro de la cultura nacional y también la internacional. Lo logró porque la gente se lo apropió y porque hemos sabido leer el presente, nos hemos ido actualizando. No es que tenga algo en contra del romanticismo, pero no soy muy apegado a los romanticismos trasnochados. Me interesan las lecturas actuales, la textura y el olor de hoy día, que no son los mismos que los de los años ‘90.

¿En qué consistió esa lectura?

Hay un respeto a esa generación, pero La Perrera supo leer este submundo que avanzaba sin notarse ni ser medido como cultura por el gobierno. Es algo que guarda cierta continuidad y viene de, creo, el garaje de Matucana, un poco del Centro Arte Alameda, del Cine Arte Normandie. Igual siendo un lugar más experimental. Por ejemplo, la música electrónica masiva comenzó acá, con el Love Parade que terminó siendo un fiasco, pero partió acá como un movimiento cultural electrónico. La Cumbre Guachaca se inició acá con sus tres primeras versiones como un tributo a Roberto Parra, a quien conocí en vida. Bueno, lo que es ahora no tiene nada-que-ver-con-nosotros.

La Perrera Arte es uno de los pocos espacios independientes que han sobrevivido en Chile. ¿A qué lo atribuyes? 

El arte es sublime y da fuerza. Habría que hablar por lo menos de dos tipos de sobrevivencia. La primera es resistir y eso parte primero por uno mismo resistirse y resistir a los otros para mantener un estado de ánimo vivo y relajado. Bajo esa verdad e influencia nos apropiamos de un modelo de gestión que principalmente está en el arte de ser independiente. En la segunda la voluntad es primordial. Somos la medida de lo que hacemos y aunamos esa energía, lo mejor de cada uno. No se exige lo que no se puede dar. Cuando no tienes recursos para llevar un barco tan grande como éste se requiere tener cojones y convicciones más allá de la razón y el dinero. Podría concluir que gracias a la generosidad de algunos amigos con sus aportes, a nuestra propia producción como factoría de arte, a los canjes con empresas afines y también a la adjudicación de algunos fondos públicos concursables sobrevivimos a las sombras, a la depresión y a la vulgaridad reinante. Solo como un acto metafórico, volcánico, zafamos del grotesco actual. Es una combinación de ejercicios de obra compartida entre el creador y la comunidad. En mi caso voy siempre adelante. Tomo decisiones que muchas veces son incomprensibles, hasta temerarias, porque se trata justamente de no renunciar a la idea original del proyecto.

¿Cómo ha influido en su propuesta la ubicación en esta triple frontera entre Santiago, Quinta Normal e Independencia?

Todas las fronteras se resisten a los cambios y son lugares abandonados, incluso las fronteras comunales.En estas fronteras creamos y sostuvimos  el modelo de autogestion activando la cultura viva con los vecinos y así reafirmamos esta dimensión territorial entre los barrios Yungay, Brasil y población Juan Antonio Ríos con Santiago centro. Le decía el otro día a la alcaldesa que esta cuestión es como Tijuana. Después de años llegó el internet, no querían ponernos porque había que instalar postes. Ahora las nuevas construcciones, de edificios grandes, son inminentes. Entonces la relación con el barrio es muy potente, porque hay una identidad de frontera. Imagínate que al principio hacíamos producción yendo con torres de monedas a los teléfonos públicos y desde cybercafés. Me tenía que concentrar entre un tipo jugando y otro viendo porno. El teléfono más cercano lo teníamos a dos cuadras y el internet llegó el 2004.

¿Y en qué está hoy su relación con el territorio?

La Perrera, más allá de la condición a veces absorta del arte, ha cumplido una función social. Esto fue por mucho tiempo un parque abandonado, entonces hemos sido como el farol, porque el edificio ilumina todo. Destaco la desparasitación cultural, que une la atención veterinaria gratuita con el arte, el proyecto Pintacanes, que era como el Festival de Viña para La Pintana: estaba toda la población metida, las familias, las barras bravas, los flaites, gente underground y entre medio gente como Pamela Jiles o Armando Uribe, una mezcla muy exótica que funcionaba muy bien. Tenemos una gran relación con el barrio y los vecinos, al extremo que llegamos a hacer acciones de arte en jardines infantiles. O sea, imagínate: llega una tía, vestida de tía, golpea la puerta y nos propone hacer acciones de arte en un jardín después de haber tenido un montón de obras polémicas, oscuras para muchos, censuradas, en fin; parecía una tomadura de pelo. Luego ella se sentó donde estás tú y terminamos generando un lenguaje que incluso fue reconocido a nivel latinoamericano como innovador, en el sentido de recuperar el arte como lo que era antes, que tenía que ver con la educación misma. Siempre hay gente visionaria y ese aporte fue potente para encontrar nuestra propia identidad.

Intervención de Antonio Becerro en el aniversario de Perrera Arte, 2015.

Intervención de Antonio Becerro en el aniversario de Perrera Arte, 2015.

 

Crisis y renacimiento

¿Cómo lee La Perrera, hija de los ’90, la década en la que estamos?

Yo lo veo así: la derrota política y cultural de este país fue muy fuerte, muy grave. Pero no quise sumarme al proceso de la transición porque no era transparente y no quería engañarme a mí mismo. Nosotros nunca compramos, por ejemplo, el tema de los partidos. Nunca he participado en ningún partido ni nadie de La Perrera, cuando me lo pidieron un montón de veces, sobre todo para campañas presidenciales, la de Frei, la de Bachelet. Los artistas prestan la cara y se muestran con un montón de gente, ahí cada uno con su cuento, pero yo nunca compré el proceso democrático y creo que tenía razón. Hoy se están pagando los platos rotos de la poca transparencia, de haber puesto la basura bajo la alfombra.

¿Cómo impactó eso a los artistas?

Después de que nos hicieron mierda, nos dejaron en estado sospechoso, porque el artista siempre lo es: anda buscando plata para algo, va a hacerse rico sin producir nada, porque es flojo (hay hueones así, como en todo, pero no hablemos de ellos). Yo no me meto con la derecha porque sé cómo es, pa’ qué voy a hablar de ellos si no hay nada en común; aquí hay que enjuiciar a la gente que vendió la pomada y que engañó a Chile, engaño que pasó por el alma, por el modo de sentir de un país. Chile cayó en el síndrome de Estocolmo, como escribió alguien por ahí. Estos tipos se enamoraron de los que los echaron del país. Es grave, es una sicología nacional y nos la traspasaron a nosotros. Ellos fueron exiliados, les mataron sus familiares, pero llegan acá y se enamoran de los hueones que les hicieron todo eso. Es una cuestión patética. En esa enfermedad estamos metidos.

¿Crees que hay cambios en curso?

Hoy las cartas están echadas; en los ‘90 tenían el poker en la mano, sabían cuáles eran los ases, qué se yo. Pero hoy el naipe está sobre la mesa y ya sabemos quién es quién. La política afecta directamente al arte, y por ende a la cultura, no podemos hacernos los locos y dejarla de lado. Hoy estamos en el suelo con esta crisis cultural. Siempre me decían es que tú eres un resentido, un amargado, pero lo decíamos y, claro, ahora lo dice gente más conocida que uno y los escuchan, son gurúes y está bien, pero para La Perrera esto era una muerte anunciada. Sin embargo, da la posibilidad de abrir nuevos surcos o afirmar los que ya están, organizados bien o mal, pero tienen identidad y como La Perrera hoy hay millones, también en regiones. Todo este terreno lo cimentó gente como Pedro Lemebel, que también trabajó acá. Una vez lo conversamos y me dijo: “sabís qué, el problema de las artes visuales es que son muy herméticas y los hueones son muy solos. Lo que hay que hacer es recorrer el país”. Ahora el Pedro se murió, pero fui a Bahía Inglesa y había dejado su huella.

Da para esperanzarse…

Sin esperar más del Estado, que es ciego, sordo y mudo, donde se hace democracia es en la cultura y en el arte. La gente que lee esto y lo nota, tendrá hoy su momento. En el ministerio de Cultura hay pequeños avances, han metido a gente que tiene vínculos reales, como el Pato González o el Bruno Bettati, que armaron sus propias productoras y tienen contacto con las bases. Yo no le tenía ni una esperanza, pero con todo el cagazo que hay, las desconfianzas y los robos, pasa lo que dijo Tomás Moulian: uno vuelve a creer en el hombre, luego de la decepción. Sí, todo se cae a pedazos, pero también estamos en el comienzo de una nueva época, en una especie de renacimiento, del que no nos damos cuenta porque estamos muy dentro del fenómeno, pero si te sales un poquito y ves la panorámica, ahí está.

¿En qué expresiones del arte y la cultura reconoces eso? 

Hay un avance enorme en el mundo del sonido, por ejemplo. Destaco el festival Tsunami, que se hace en Valparaíso y también en Santiago. El performance ha evolucionado, tomando muchas ramas. Hay muchos lenguajes que están evolucionando. El sonido llevado al experimento es alucinante. A mí me cargaba al principio, siendo artista. Pero cada obra, cada arte, tiene su propio su lenguaje y encuentra su salida. Eso no lo va a detener nadie; la evolución de las artes es como el musgo. Muchas han pasado por aquí por La Perrera y nosotros les llamamos “otras experiencias”, porque hay cuestiones inclasificables. ¿Qué es lo que es esto? ¿Un video?, ¿una performance?, ¿o un loco haciendo cualquier cosa? No voy a decirte que hay nuevos géneros, pero sí hay artistas que están agrupándose con tendencias absolutamente nuevas.

 

Una taxidermia para la política cultural

“Sí, todo se cae a pedazos, pero también estamos en el comienzo de una nueva época, en una especie de renacimiento, del que no nos damos cuenta porque estamos muy dentro del fenómeno”.

¿Cómo te imaginas que se organiza una política cultural capaz de abrir y desarrollar este renacimiento?

Lo que pasa es que se les pasó la mano con el tema de las industrias culturales y la gestión, desapareció el creador. Hay que volver al único lugar que no puede ser conquistado por las grandes producciones donde sólo se maneja dinero. Porque el dinero caló en todo lo antes intocado, hasta en las religiones. Esta cuestión debilitó al creador, lo dejó en un estado de inseguridad. Entonces ahí hay una cuestión sicológica colectiva. Hay que volver a confiar en los creadores y el creador tiene que tener confianza en sí mismo también. Hay que volver a confiar en que el artista es un personaje que es, para la sociedad, sanador y liberador. Es un tarea lenta, por cierto, pero debe tener apoyo del Estado.

Con el Fondart hay que hacer una nueva taxidermia. Porque se trata de mostrar el punto más que de esconderlo, como las cirugías estéticas de las viejas que se operan. No, aquí hay que mostrar dónde está el punto, dónde está la costura. Por ejemplo, deberían haber fondos asignados a gente reconocida, porque el artista es un profesional, pero a su vez gente que tiene grandes productoras y recursos no deberían poder postular al Fondart, como alguna gente del cine, no toda, la que factura mucho dinero. No se trata sólo de fondos y repartijas de plata para tapar vacíos o de  gastarse todo un dineral en eventos  masivos. Los artistas no son bufones de entretención. Lo principal, creo, es la falta de identidad cultural, el alma del ¡¿para que y por que?!

¿Qué impide que esto opere hoy día? Está el mercado, pero también la desarticulación del mundo de los artistas…

Claro, ese es justamente el desencuentro. El tema es que hoy tú vas a hablar con funcionarios y el funcionario sólo ve números, no entiende esto. Un pintor para pintar necesita un taller, necesita esparcir los pigmentos sobre una superficie para que se arme la obra; ya, pero eso requiere un estado de ánimo, requiere pagar un arriendo, comer. Las personas hoy a cargo no perciben eso. Hay una distancia más allá del escritorio. Hay artistas que no sobrevirían en el mundo como está. Armando Uribe no lo entiende, la Violeta Parra se mató antes, pero tampoco habría resistido una cuestión tan indolente, tan grotesca.

El diseño del modelo cultural está pensado y articulado para evitar el enfrentamiento. Todo es políticamente correcto y aceptado en la cultura del espectáculo, de este modo los festivales y espectáculos masivos, donde se gasta mucho dinero, funcionan como lugares comunes para justificar el nombramiento de la palabra cultura pero anular la diferencia y la crítica. El modelito es eficaz en tanto hay aislamiento e individualismo. Los trabajadores del arte se vieron presionados a sobrevivir cada uno por su lado al truco del exito y el mercado. Es cierto hay una desarticulación y guerrillas absurdas que impiden algún intento de colectivo o agrupación. Pero ningún artista es mi enemigo, por eso junto a otras agrupaciones y colectivos formamos la primera Union Comunal Cultural de Santiago.
Chile no se ha tratado médicamente como proyecto colectivo en términos culturales, por eso siempre está en riesgo de caer aún más. Solo una visión cultural integradora que lidere el ministerio de Cultura asociado a pensadores, artistas, gestores consecuentes, municipalidades y gobiernos regionales podría ser sanadora. Hasta ahora los gobiernos de turno sólo han improvisado con personajes conocidos que no arriesgan nada sino la continuidad de un modelo en descomposición.
¿Habrá una relación conflictiva entre los artistas y el Estado, en la medida que el arte, cuando es arte, es rebelde?

El arte en sí es rebelde, porque no calza y es dudoso. Pero lo que sí tiene que ocurrir, es que el Estado comience a reconocer el trabajo sólido. Ojalá llegaran aquí y dijeran oye, reconocemos lo que han hecho estos 20 años, les queremos inyectar recursos para que funcionen mejor. ¿Por qué no? ¡Sería la raja! Nosotros dentro de nuestra situación de marginalidad, entre comillas, nunca le hicimos el quite al Estado, siempre nos tratamos de acercar porque creíamos que iba a haber una identidad cultural, pero no fue así. Nos apestamos y nos retiramos porque vimos que la hueá iba a ser una farsa. Y fue una gran farsa. Esa es la dura de lo que ha ocurrido con la gente que trabaja en el arte.

Los artistas (no digo fantoches ni farsantes, sino que artistas de tomo y lomo), con reflexión, con obra, con acción, tienen que salir a la cancha. Los tuvieron sentados 30 años en la banca. No es menor que los Electrodomésticos lleven dos conciertos en el Teatro Municipal, es algo genial e impensado; yo expuse el verano pasado en el Museo Nacional de Bellas Artes, también era impensado. Fui a ver lo de Quilapayún, me gustó. De algún modo hay un ajusticiamiento, pero todavía son sólo algunos personajes. Entonces puede ser un gran momento si va de la mano de personas que pueden inyectar recursos y crear una identidad cultural.