foto marcha cutLa ideología parece estar de vuelta. No en la forma de consignas o decálogos de principios, ni siquiera en esgrimir la oposición izquierda/derecha.  La carga ideológica aparece en el estilo con que se está argumentando en pro o en contra de las reformas que están ad portas o comenzando a debatirse. Ya no es época para campañas del terror. Hay maneras mas sutiles  que se están usando para defender intereses y valores: la descalificación y los falsos dilemas. Cito dos ejemplos. Hace un par de semanas el ex ministro Felipe Morandé se lamentaba de lo que él llamó “la derrota de los economistas”. Se refería a que al diseñar la Reforma Laboral el Gobierno no habría escuchado  a los expertos, economistas de renombre internacional, sino a otras voces. Entre estas últimas caerían   “sociólogos,  politólogos, antropólogos y otros ólogos” que se desvían respecto del sentido común.  Con lo cual oponía, abusivamente, a unos y otros.

Con otro estilo, Carlos Peña, en comentario acerca del anuncio del proceso constituyente, erige otra oposición ideológica que estaría atravesando al Gobierno. El dilema sería entre  quienes siguen confiando en las políticas públicas fruto de la fría racionalidad y el saber y quienes piensan que es el momento de volver al momento originario de la política, previo a las instituciones. Tal como él lo formula: o se subordina la política a las políticas públicas o la política debe estar por encima de las políticas públicas.

Ambos comentarios reflejan el excesivo poder que han adquirido las élites tecnocráticas en el sistema de decisiones.  El saber de los economistas no es superior al de otros científicos sociales. Ni tampoco detentan la racionalidad pura quienes formulan políticas públicas. Y si así fuere, ¿porqué calificar de irracional la expresión de los intereses ciudadanos?

En ciertos momentos históricos, de legitimidades cuestionadas, la democracia representativa necesita respirar aire fresco para que la ciudadanía pueda recuperar la confianza en sí misma, es decir, en su facultad de delegar. Cuando la desconfianza está instalada, el daño ya está hecho.

Que estos dilemas se planteen es una muestra del vértigo que produce la urgente necesidad de renovar ya no solo a nuestras élites dirigentes sino también los métodos que han utilizado para formular las sacrosantas políticas públicas.  ¿Por qué tiene que ser el Banco Mundial quien inspire los asuntos públicos? La participación del ciudadano en las grandes decisiones viene de la polis griega, en ella se integran de forma armónica los intereses del individuo con el Estado, gracias a la ley, y  con la comunidad.

En ciertos momentos históricos, de legitimidades cuestionadas, la democracia representativa necesita respirar aire fresco para que la ciudadanía pueda recuperar la confianza en sí misma, es decir,  en su facultad de delegar. Cuando la desconfianza está instalada,  el daño ya está hecho. De nada sirven los esfuerzos por “recuperar la confianza” porque ésta no se recupera. A lo más se puede reemplazar por otra, sentada en otras bases. La confianza es algo que ocurre en el cuerpo vital de las personas, la tienes o no la tienes. No se mejora o empeora por un esfuerzo de la mente. Si alguien te decepcionó, el daño quedó en tu memoria por muy buena voluntad que le pongas. Las reparaciones que ocurren a nivel simbólico: los juicios, las condenas, las disculpas, buscan restablecer una reciprocidad rota. Yo me disculpo para poder seguir conversando contigo.

Es lo que los ciudadanos esperan: sentarse a conversar para definir juntos un nuevo sentido común compartido. El desafío va mas allá de la Nueva Constitución, es construir una nueva cultura.