Cucurella---Recuadro

Las palabras son la estrella de nuestra realidad, pensamos y sentimos porque existen las palabras, ellas nos determinan, nos encausan, nos hacen ser quienes somos. Pensamos en frases y esas frases convierten nuestras simples emociones en sentimientos complejos, nos mueven slogan, oraciones, gritos de combate, podemos dar nuestra vida por algunas palabras, por el significado que tienen algunas palabras.

Y en el mundo de las palabras, brillan con luz propia los nombres! Los mágicos nombres que se apropian de la identidad de las cosas, que las reemplazan, las abstraen y las determinan. Cuando al pasar en la calle miro una mujer y surge la palabra “rubia”, ya no la percibo solamente a ella, a esa mujer singular con lo que ella es en sí, sino a toda la cultura del rubismo que vive en mi, y en ese movimiento mágico esa persona se convierte en un significado. Y lo mismo si veo un hombre y surge la palabra “peruano” o “cuico” o “flaite”. Nada ni nadie será independiente de lo que mis palabras lo hacen ser.

Y todo lo que se refiere al sexo y a los genitales no es la excepción, por el contrario.

Desde el siglo XVIII o antes, en español se usa masivamente la frase “hacer el amor” para referirse al acto sexual, a la cópula. El origen de esto es omitir la palabra “sexo”, obviarla, soslayarla, aunque muchos quieran ver en ello un significado más elevado que pone al sexo en un segundo plano respecto del “amor”, especialmente cuando se está unido en santo matrimonio. Lo contrario tiene connotaciones mas bien feas: fornicación, prostitutas, no vínculos sagrados.

Ahora bien, aun cuando actualmente en Chile las relaciones sexuales sin estar casados son generalizadas, incluso en estos casos es frecuente diferenciar una simple cópula de “hacer el amor”, que supone la existencia de un sentimiento, al menos entre quienes tienen más de treinta años. Otra manera de evadir la palabra “sexo” es decir la curiosa frase “tener relaciones”, que en sutil contexto significa también cópula.

Y así, toda una serie de rodeos idiomáticos para no decir “sexo”.

Pero la realidad y la naturaleza sexuada de los seres humanos se rebela y surgen entonces una serie de expresiones alternativas, populares, democráticas y muy expresivas para decir lo mismo: “echar un polvo”, que al parecer tiene incluso un origen bíblico; “culear”, que alude expresivamente a los movimientos del culo “al hacer el amor”; “echar una cacha”, que tiene origen aimara; “follar”, que surge con los doblajes de las películas porno; “tirar”, etc. Pero nuevamente los comisarios de la represión del sexo se encargan eficientemente del asunto: estas expresiones son consideradas vulgares, de mal gusto, “ordinarias” y por lo tanto quedan excluidas del lenguaje público y privado correcto: sigue entonces sin haber una buena y clara expresión, que no sea sacada de un libro de biología, para referirse a la cópula o coito, porque en realidad nadie en la intimidad del cortejo o de una relación ya consolidada, invitaría a su pareja a “tener relaciones”, “hacer el amor”, “copular” o tener un “coito”, sin grave riesgo de una carcajada por respuesta. Así las cosas, parte mal el tema, porque es como si para invitar a alguien a comer, no pudiéramos utilizar la palabra comer, ni comida, ni comamos.

Similar absurdo se da con los genitales: el lenguaje más “culto” evita nombrarlos o permite sólo las impuestas palabras de los textos de biología y por otro lado desprestigió a las alternativas democráticas que espontáneamente surgieron y que bueno, por surgir de la experiencia son mejores, mas gráficas y claras que aquellas surgidas del latín.

Como resultado, sólo en los libros de biología y en la consulta del especialista, tenemos las palabras correctas adecuadamente usadas. Pero en la vida cotidiana tenemos esta suerte de esquizofrenia en el lenguaje: para hablar en público y aunque el contexto no sea médico o biológico, sino por ejemplo un chiste de salón o una simple conversación, hemos de usar palabras como pene, testículos, monte de venus, clítoris (que bien podría ser el nombre de una hija de Aquiles), senos o lo que es peor glándulas mamáreas o mamas, etc. Jamás “pico”, “bolas”, “zorra”, “choro”, “tetas”, “culo”. Como sucedáneo de palabras naturales, surgen otras, casi tontas, que infantilizan y encubren: pirula, pilin, coquitos, cosita, gigi, botoncito, pechugas, pompis, colita… o algo tan absurdo como no nombrar nada diciendo solamente “ahí”.

Afortunadamente, en la intimidad sexual muchas parejas ya se permiten libertad en este sentido y se atreven a decir las cosas por su nombre, especialmente entre las más jóvenes y las menos penetradas por la represión religiosa, tantas veces disfrazada de buena educación o buen gusto.

Incluso más, muchas parejas han comenzado a disfrutar en su cama el sonido transgresor y libre de las palabras “sucias”, vulgares y vedadas: pico, verga, zorra, choro, tetas, culear, tan chilenas y arraigadas palabras, sazonan casi en secreto y al oído o casi gritadas en la privacidad cómplice de la noche un sexo más libre y placentero, que sí tiene nombre.

Pero desafortunadamente la mayoría sigue con bozal a la hora del sexo: o no dice nada y lo hace en silencio o bien disfruta con mesura su helado de vainilla, en vez de estar saboreando lujuriosa y glotonamente la intensidad de un colorido sabor de fruta tropical… o chocolate, cuestión de gustos!