MAURO SALAZAREl año 1997 tuvo lugar la primera edición del célebre “Chile Actual, anatomía de un mito”. Bajo el expediente del ensayo crítico se cuestionaban los vicios fundantes del pacto transicional. Sin perjuicio que han transcurrido casi dos décadas de su publicación, este “cuerpo de ideas” vuelve a retomar una inusitada vigencia cuando nos permite interrogar y descifrar el envilecimiento de nuestra elite política. No podemos soslayar que antes de este “boom editorial”, y bajo otra escena intelectual, Móulian había intervenido decisivamente en la evolución de la izquierda chilena. Incluso tuvo un rol protagónico en la llamada renovación de izquierda. Hay títulos imborrables que debemos consignar, “Discusiones entre Honorables”, “Democracia y Socialismo”, “La forja de Ilusiones”, que fueron análisis predecesores que configuraron el circuito y los códigos de un mapa crítico que hacia dialogar sociología, literatura, historia y marxismo. A diferencia de algunos ilustres compañeros de ruta (Brunner, Garretón, Lechner) que experimentaron diversos procesos de institucionalización bajo la Concertación, Chile Actual repuso –a contrapié- el ejercicio moderno de la distancia crítica. No es necesario abundar en cuestiones más prosaicas, aquellas referidas a una comunidad académica (sociólogos, politólogos y otros personajes de ocasión, muy ávidos de indexación) que se sirvieron de este imaginario, de un espacio de relaciones, que tiene “domicilio conocido”, para proyectar sus trayectorias académicas (particulares) en las diversos vitrinas del circuito universitario nacional. La capitalización y las cofradías no estuvieron al margen de este comercio entre academia y política.

Convengamos que Chile Actual no representa una crítica más proveniente de la sociología política. Fue concebido como una escritura pública que buscaba distanciarse del consenso politológico y remecer la consciencia disciplinaria de la sociología. Dista de ser un ensayo más en la biblioteca de la transición chilena. A poco andar quedo en evidencia que no se trataba de un cuestionamiento vulgar al sistema de partidos, a los compulsivos consensos, al consumo como experiencia cultural. En cambio, se trataba de una deconstrucción radical a todas las formas de vertebración mercantil que asedian al Chile contemporáneo: las tecnologías de gobernabilidad quedaban al descubierto. Ello incluye la liberalización del mercado educacional que hizo crisis el año 2011 –LOCE mediante. A pesar de lo anterior la clase política mantuvo una relación de doble filo con este trabajo. Este ensayo fue observado de reojos por las implicancias éticas de la denuncia al tejido neoliberal. Era un análisis acusador de las impudicias del neoliberalismo de izquierdas. Sin perjuicio del actual reinado de la “opinología teórica”, y en abundamiento de sugerentes sofistas, bien vale repensar si aquel ensayo, a la manera de un J’accuse, aún nos permite iluminar nuestro paisaje político e interrogar si las afirmaciones fronterizas allí expuestas fueron “superadas”, “contrastadas”, “complementadas” o “derogadas”. Nuestra sospecha es que a pesar del tiempo trascurrido, el análisis en cuestión ha fomentado un conjunto de “posibilidades hermenéuticas”, de intelecciones, que hoy mantienen una vigencia trascendental.

La bullada elitización de la política chilena fue un hito sin precedentes que se consumó en 1990. A raíz del “arte de lo posible” esa década puede ser catalogada como el “largo bostezo” de la movilización social. Ello se tradujo en acciones muy concretas que eran parte del ´costo transaccional´ de la gobernabilidad. Marcelo Schilling, la oficina y la desactivación de los grupos de izquierda. De otro lado, inspirados bajo el “sacrosanto” principio de la gobernabilidad institucional, la coalición del arco-iris contribuyó a reforzar una tecnología de políticas públicas que debilitaron los modos de acción colectiva. Pese a esto último, y sin mayores pudores, la coalición transicional gobernó por dos decenios y casi al final de la “dominante neoliberal” ¡en hora buena¡ se adaptó “velozmente”, ladinamente, a las reivindicaciones del movimiento estudiantil ¡fin al lucro¡ sin perjuicio que nuestra elite sigue reclutando a sus grupos parentales en colegios de “excelencia”, validando los mismos rituales que condena públicamente -2011 mediante-. Ello nos permite constatar, una vez más, que se trata de una ‘casta política’ que se “mimetizo” en la protesta social (2006-2011) y “simulo” enarbolar un programa de reformas cuya invocación sería el “principio de igualdad”. Por último, sin perjuicio del alicaído “relato igualitarista”, debemos recordar –una vez más- que su clase dirigencial adhirió a los códigos de la “boutique de los servicios”; paneles de expertos, juntas de accionistas y directorios de empresas privadas terminaron por validar una razón gestional (privada). Los fenómenos de “nepotismo” durante el Laguismo, la duda sobre los presupuestos regionales, dan cuenta de una especie de burguesía fiscal, G90, cuya permisividad contribuyó en la producción de “sociedades anónimas ficticias”, de licitaciones inducidas, bajo la propia modernización concertacionista que ahora se hace extensiva a toda la clase política. De una u otra manera, tanto PENTA como SQM son fenómenos que un político ubicuo del PPD, Jorge Schaulson, calificó como una “ideología de la corrupción” tramada en pleno “apareo transicional”. Tras el aluvión de operadores concertacionistas el balance es conmovedor: ahí están para el anecdotario las recetas doctrinales de Eugenio Tironi sobre la inviabilidad de una política de comunicación estatal. Ahí está Pato Navia y la mistificación de exhibir la expansión de los grupos medios como señal de gobernabilidad. Ahí está Enrique Correa y su devoción por el lobby al empresariado pinochetista (Ponce Lerou, 1993). Ahí está Otonne y el realismo en el segundo piso de Palacio. De este modo, y por traumático que resulte, no podemos agotar el debate invocando el feroz fraude al patrimonio estatal que consumaron una serie de empresarios, civiles y militares en la década de los 70’ y 80’, sino que debemos fijar la mirada en un tipo de modernización donde el clientelismo y la prebenda se enquistaron tempranamente en la escena transicional -léase transaccional. Ello sin negar los nefastos nexos que están en el origen de las privatizaciones. A la luz de este diagnóstico muchos hitos resultan inescrupulosos. Pero contra todo lo previsto por estos días –a contrapelo del diseño de reformas prometidas- la clase política tiene la “osadía” de “blufear” por el regreso al “partido del orden” (PS-DC) donde los consensos de gobernabilidad sirven como bitácora del neoliberalismo avanzado. En este caso se trata de conspicuos actores de la Concertación que hoy hacen alardes de las virtudes republicanas de la estabilidad institucional y el crecimiento por puntos de empleabilidad. Todo nos lleva a postular que la regresión nos mueve hacia una nueva forma de transformismo.

Todo indica que la doctrina Boeninger se encuentra irremediablemente arraigada en el seno de la clase política que llevó a cabo la transición. Por estos días, los transitologos de la ex/Concertación han sentenciado un agotamiento del ciclo de movilización social –y ello sin subestimar el rol mitigador (moderador-inhibidor) del PC en la movilización social. Cual sea el caso resulta inédito este fervor por reponer una “cultura de consensos” que le permitió al “escalonismo” en plena contienda electoral 2013 -desestimar sin contrapeso cualquier exabrupto de Asamblea Constituyente proveniente de una “izquierda anarquizada”. Convengamos que se trata de una premisa inamovible e inconfesa de la izquierda institucional: la Concertación y su culto por el orden. Y a no olvidar las paradojas que aquí están en juego: todo ello ocurre sin perjuicio que en el trasfondo de los problemas de probidad que afectan a la Nueva Mayoría, existe un indiscutible prontuario que se arrastra desde la misma modernización concertacionista que Chile Actual ponía en cuestión. Pese al cumulo de reclamos ciudadanos durante dos decenios de pactos transicionales ahora se inaugura una compulsiva nostalgia por la gobernabilidad transicional. Ello nos obliga a subrayar un dato de la causa: el conglomerado del arco-iris se sirve de un “capital humano” –inserto desde luego en la Nueva Mayoría- que en los últimos dos decenios participó entusiastamente de una razón privada. Ello tarde o temprano haría compleja la tarea de los cambios sustantivos que la misma coalición dice reivindicar. El fervor inicial da lugar a nuevos espasmos, a un escenario de frustraciones colectivas y la Nueva Mayoría devela su inquebrantable pasión por el orden social. El año 1997 Móulian “deslizo” explícitamente o por la vía de aseveraciones intuitivas buena parte de las cosas hasta aquí señaladas. Si me permiten una inevitable “pachotada”, el propio Mayol, en su ejercicio de “incontinencia crítica”, puede ser un ejemplo de cosas –un apéndice de dudas ventiladas-, que fueron globalmente expuestas en el Chile Actual. A poco andar Camilo Escalona –el Zar del realismo chileno- respondió con descargos remediales para enfrentar los vicios de la impunidad (Una transición de dos caras). Quizás el PC de Gladys Marín (repito, el de Gladys) fue el único conglomerado que tuvo mayor consciencia crítica de las afirmaciones programáticas de este gran ensayo -al punto de convertir este mapa crítico en una suerte de “Manifiesto Comunista” de los años 90’. Por fin, es la hora de discutir a fondo el tenaz gatopardismo, la vigencia crítica de su diagnóstico, o bien, su eventual crisis de temporalidad.