Cien horas después de lo anunciado, se produjo el esperado cambio de gabinete comunicado por la presidenta Bachelet en un programa de televisión. Algunos ministros y ministras salieron de sus cargos; otros y otras participaron de una suerte de enroque mientras que algunos permanecieron. Fue la noticia de cobertura inexorable para todos los medios de comunicación.

Como ya parece ser una tendencia, con perplejidad, asistimos a la cobertura de la noticia del vespertino La Segunda. En el foto-reportaje destacó a las distintas autoridades que participaron de la ceremonia, en su mayoría varones: palmetazos, abrazos y gestos de apoyo con rostro conocido. Para ellas, para las ministras, para representar a las mujeres en el poder sólo se dejan ver, sin pudor alguno, sus piernas.  Una primera mirada se transforma en camino obligado para revisitar el texto en la búsqueda del por qué de esas fotos. La primera observación que tenemos es que bajo esas piernas-fotos, se encuentran los nombres de las ministras Ximena Rincón y Javiera Blanco.

Un par de piernas, sin cuerpo, sin rostro, sin humanidad. Sólo un par de piernas.

Un par de piernas, sin cuerpo, sin rostro, sin humanidad. Sólo un par de piernas.

Fue imposible encontrar un sentido diferente de esa publicación que no fuera un acto directo e intencionado de violencia. Un acto violento sin sentido, gratuito, que refleja lo peor de una sociedad patriarcal como la chilena, haciendo gala de un ejercicio reduccionista: dos mujeres, ministras de Estado, menguadas a un par de piernas.

Este hecho es inaceptable.

Es inaceptable que un importante medio de comunicación del país agreda y descalifique de esa manera a las mujeres, incluyendo a aquellas que ostentan el cargo de ministras. Es inadmisible porque reproduce la reducción de las mujeres a un cuerpo – o partes de él – en un gesto de fetichismo perverso que avergüenza como sociedad y que cobra vidas a diario.

Una segunda mirada demuestra cómo esa información periodística se transforma en el hilo conductor entre la violencia que se ejerce en lo privado y lo público, dejando en evidencia que la participación política de las mujeres, su representación en espacios de toma de decisiones y protagonismo en el ejercicio de la democracia, también acarrea costos invaluables para el reconocimiento de los derechos de las mujeres.

Es inaceptable, porque deshumaniza, des-subjetiviza y denigra a las mujeres que, sin lugar a dudas, no tienen su valor volcado en el cuerpo. A las ministras, a las mujeres, se les niega su identidad y con ello, se las invalida y se las borra del quehacer político, insinuando una vez más que son los hombres quienes poseen garantías como sujetos plenos, dignos de manejar el destino de un país, de la democracia y el sino de las mujeres. Son ellos los que merecen ser retratados, considerados, identificados. Las mujeres, situadas en el lugar del objeto decorativo, sólo tendrían lindas piernas.