El asesinato aleve de Exequiel y Diego nos recuerda en forma dramática que vivimos en un país de gatillo fácil, aunque no sea siempre una bala la que mate.

Dos jóvenes han sido abatidos por la ignorancia, brutalidad y falsos valores que la cultura que domina plasmó en un sujeto que bien puede corresponder al logotipo de todos estos años, en que ha dominado el precio por sobre el valor, el brillo de lo falso  y superfluo, por sobre lo verdadero de las cusas nobles y humanas.

Un sujeto que por las trazas de su brutalidad convertida en una forma de ser, es un hijo de esta época, parido en medio de una sociedad que valora la prepotencia, admira la arrogancia y desprecia al otro, solo por la diferencia que impone la otredad genuina y necesaria.

El asesino de nuestros camaradas es nieto de los presidentes, prepotentes por antonomasia, que han colaborado con un entusiasmo de encomio, para construir un país en que resulta no solo fácil, sino comprensible, confundir la fuerza de las ideas con la imposición brutal de sus convicciones egoístas.

Resulta falso e  injusto decir que en estos crímenes todos somos responsables. En la construcción de esta cultura que mata todos los días, concurren los poderosos de siempre, imbricados en una cópula que les asienta con los nuevos poderosos, quienes se desdijeron de sus antigua consigna son más sintieron el peso del dinero en sus faltriqueras y del poder en sus decisiones.

Son ellos los que deben cargar con el peso de sus obras, no sus víctimas. Cuando somos todos, ya se sabe, no es nadie.

La muerte de nuestros muchachos nos retrotrae a uno de los efectos más terribles de la tiranía: acostumbrarse a la muerte. Y responder al crimen con gestos que si bien tienen la solemnidad del duelo, desde el punto de vista de la cultura que nos impone este tipo de sacrificios innecesarios y dramáticos, no tiene ninguna importancia.

La muerte de nuestros muchachos nos retrotrae a uno de los efectos más terribles de la tiranía: acostumbrarse a la muerte. Y responder al crimen con gestos que si bien tienen la solemnidad del duelo, desde el punto de vista de la cultura que nos impone este tipo de sacrificios innecesarios y dramáticos, no tiene ninguna importancia.

No es lo mismo prender una vela que hacer arder una barricada.

Exequiel y Diego no son los primeros jóvenes que caen acribillados en lo que va de dictadura de baja intensidad, en esto que se llama, trampeando una vez más con el idioma, transición democrática.

Antes ya han caído muchos otros igualmente comprometidos con las cusas que intentan hacer de este país un lugar de una mínima decencia. Y no ha pasado nada. Nada que no sea la más brutal impunidad. Los asesinos se pasean libres, eximidos de puniciones, a salvo de sus conciencias, bendecidos y pensionados.

Y aún en este minuto  importantes extensiones de territorios mapuche de mantienen en una ocupación militar que, cuando sucede en otros países avergüenza y no se tarda en apuntarla como violadora de derechos y de vidas. Pero si se trata de  indios, la cosa no da para tanto y la reiteración machacona e interesada de los poderosos termina por acostumbrar al trasiego de tropas de asalto maltratando ancianos, niños y mujeres, y de vez en cuando matando a uno que otro mapuche.

La muerte parece ir con nosotros. Y nuestra parte en esta sociedad homicida es poner  los muertos.

Hay una pena muy extendida que busca la manera de expresarse de otra manera más decidida que el llanto, la congoja y el pesar. Y hay un miedo que nos obliga a pensar que de aquí a poco, quizás hasta antes del siguiente muerto, ya no recordemos a los que hoy cayeron.

Por eso hace falta una reacción mucho más decidida y radical ante este crimen. Se extrañó que solo se limitara a encender velas rituales que ya no alcanzan para mucho.

Porque estas muertes deben ser vengadas y debieran servir como un ejemplo que hay que tener en cuenta para que nunca más, como hasta ahora, siga saliendo tan barato asesinar.