raul zarzuriLa muerte de dos jóvenes ha conmocionado al país y movilizado sentimientos de pena, rabia e ira y motiva también algunas reflexiones sobre lo que somos como sociedad.

Sabemos que estamos en una sociedad violenta tanto en su dimensión física como simbólica. La violencia se manifiesta en los altos índices de violencia hacia niños, niñas y adolescente. También existe violencia hacia los jóvenes, las mujeres, los inmigrantes, quienes tienen una identidad cultural perteneciente a pueblos originarios o una identidad sexual distinta de la heterosexual, los pobres. Tendríamos mucho más ejemplos que mencionar.

Hemos construido una sociedad del no respeto. Es la sociedad del NO ME GUSTAS que facilita y estructura condiciones de intolerancia y estigmatización. El estigma, vieja palabra griega que alude a signos corporales que exhibían algunos sujetos y que remitían a algo malo o poco habitual socialmente y, que servían de advertencia para no acercarse a ciertos sujetos, evitándolos, lo que construía un sujeto que no era apetecido socialmente. Esto, era la antesala del destierro y lo es actualmente para un grupo significativo de personas como las que hemos nombrado anteriormente, cuestión que observamos cuando decimos: tienes ‘cara de nana’, eres ‘un flayte’, o cuando usamos un tono despectivo usando palabras como: ‘mapuche’, ‘indio’, peruano, ‘boliviano’, ‘pobre’ o joven, entre otros.

Somos también una sociedad que ha desarrollado un cierto tipo de patología social del espacio público que origina una patología de la negación del diálogo con aquellos que son distintos, sustituyendo el enfrentamiento y el compromiso mutuo por las técnicas del escape, surgiendo así esa máxima que todos los padres dicen a sus hijos: “no hables con extraños”. Así, hemos construido un culto a la homogeneidad, desechando a los distintos. Esto es la base de las políticas de seguridad ciudadana que tenemos, como si se pudiese alcanzar la plena seguridad. Esto ha llevado a implementar medidas punitivas, como intentar reponer la ley de detención por sospecha o de control de identidad como quieren llamarla ahora, o los intentos de penalizar el grafitti, entre otras cosas, que muestran la violencia que ejerce la sociedad. Se adora así, la seguridad, no entendiendo que lo que debería primar, es el respeto a la diferencia, la diversidad, al otro.

Todo lo que ha venido sucediendo en nuestro país, cuyo corolario hoy en día, es la lamentable muerte de Diego y Exequiel, nos muestra entonces la incapacidad que tiene en estos momentos la sociedad de generar cohesión social y de conducir la vida social. La capacidad para esto, siempre ha estado puesto en la política. Pero ésta ya no tiene o ha perdido parte de su capacidad para generar esa cohesión y conducción. Así, se ha perdido y se ha dejado de creer en la capacidad del sistema político para modificar la vida de las personas. Esto ya no es privativo de los jóvenes, sino hoy es parte de sectores más amplios. Basta ver las últimas encuestas.

Esto nos ha llevado a salir a la calle, a estar en las calles, exigiendo mejor redistribución, mayor equidad, mejor educación, mejores sueldos, mayor protección social, una mayor ética pública, entre otras tantas demandas. La pregunta es, ¿por qué debemos estar en la calle o porque debemos seguir en la calle? Porque precisamente, nuestra sociedad y la política actual, no es capaz de satisfacer esas demandas. Así, han sido los jóvenes lo que han tenido que salir. Lo han hecho desde el 2001 con el mochilazo, después con el movimiento pingüino y posteriormente el 2011. Pero, ¿por qué deben ser los jóvenes? Por qué no es la sociedad toda la que por una vez por todas sale y exige con mayor fuerza que no queremos una sociedad y una democracia en la medida de lo posible o construida entre unos pocos, sino que, queremos una sociedad y país, más humano, igualitario, solidario, sin discriminación y realmente democrático.

La muerte de Diego y Exequiel, y también de quién los asesinó, nos interpela sobre lo que hemos construido. No debemos dejar que los jóvenes o sólo ellos lleven la mochila de la lucha por mayor justicia, equidad, solidaridad, democracia. No debemos permitir que otros jóvenes tengan que morir.

Por esto, es terrible lo que ha pasado. Es terrible y lamentable, que tanto víctimas como el victimario, son jóvenes. Los primeros, militantes por construir una sociedad con más justicia. El otro pensando que se debía defender a toda costa la/su propiedad y hacer justicia si esta era violentada. Dos sentidos de justicia totalmente distintos pero que circulan en nuestra sociedad, quizás una más que otra: la segunda.

Así, el problema no está en los jóvenes u otros individuos que estigmatizamos. El problema está en la sociedad que hemos construido. Como señala Jesús Martín Barbero, uno de los notables intelectuales de la comunicación, los jóvenes como Diego y Exequiel y otros, ‘están haciendo visible lo que desde hace tiempo se ha venido pudriendo en la familia, en la escuela, en la política’.

*Centro Estudios Socioculturales (CESC)