SalvatNi los anuncios de la Presidenta a partir de las recomendaciones de la Comisión Anti-corrupción ni el cambio de gabinete, podrán solucionar de veras la crisis de legitimidad que se está viviendo en el campo económico y político en el país. Hay que decirlo: los medios de comunicación, controlados casi todos por el poder financiero-empresarial (de derecha y agradecido del pinochetismo), ha logrado posicionar la idea que el único cuestionamiento por abusos y corrupción correspondería a los antes llamados “señores políticos”. Y que, por tanto, el propio poder financiero y empresarial concentrado en pocas manos, nada tiene que ver. ¡Ud. sabe que para que exista corrupción o actos similares se necesitan siempre al menos dos ¡alguien que corrompe y alguien que se deja corromper!, por los motivos que sea.

Pero claro, la derecha empresarial es un poder fáctico. No los hemos elegido. También han logrado ocultar bien esos medios y periodistas, las formas de corruptela en el Ejército que dirigía don Augusto: la Corte de Apelaciones acaba de condenar a varios altos ex oficiales, y ¡calcula en más de 6 millones de dólares los montos malversados a favor del Capitán General! Como se va viendo, es el conjunto de las instituciones, dentro y fuera del Estado, las que se han visto corrompidas por el virus del neoliberalismo y sus prácticas mercantilizadoras. No se trata de actuaciones de individuos aislados y malévolos. Lo sabemos, hemos pasado hace rato de una economía de mercado a una sociedad de mercado, protegida por la Constitución del 80 “parchada”. Por eso mismo, con más o menos anuncios, con nuevos o viejos ministros u “hombres de Estado” –como pomposamente se autodefinen algunos–, no hay que ser muy “lince” para barruntar que nada cambiará demasiado, la verdad sea dicha. Salvo en el oropel y el arreglo escenarial. Los límites de lo posible entre nosotros están fijados hace ya tiempo y residen en la religión del modelo neoliberal y el mantra del crecimiento desde antes de los 90. Con más o menos penas judiciales; con más o menos normas restrictivas; con más o menos reinscripción de militantes de partidos, la vida nuestra de cada día seguirá igual. Es decir, seguiremos sin tener acceso a una salud como derecho y óptima en su prestación, una salud segura, puntual; seguiremos sin tener acceso a otro tipo de educación y cultura, más republicanista y no mediada por las posibilidades del bolsillo, los apellidos o el puro adorno propagandístico. Seguiremos sin tener un buen transporte público, que no sea ese engendro público-privado, sino de una vez, público-público. Seguiremos sin poder aspirar a pensiones dignas después de una vida de trabajo (los que han tenido la suerte de tenerlo). Seguiremos sin poder cumplir con el reclamo de un derecho a un trabajo decente, como lo sostiene la OIT por ejemplo. Tampoco, muy probablemente, tendremos una buena reforma laboral, es decir, una que se juegue por los derechos de la mayoría que trabaja, por la vida humana en primer lugar, y no por el capital y sus intereses. Una que, entre otras cosas, acceda a la negociación por ramas, y elimine la causal de despidos por “necesidades de la empresa”, creatura del Plan laboral. Seguirán esperando un trato digno los ex presos políticos de la dictadura; o el pueblo mapuche. Y quizá, lo más importante de todo, seguiremos teniendo una pseudo-democracia protegida. Es decir, seguiremos sin poder determinar y diseñar de forma autónoma y libre, la sociedad y las instituciones que queremos.

“¿Moralizar el capitalismo y el mercado? ¡Por favor! Esa es una tarea imposible. Son en sí mismos inmorales.”

¿Qué demócratas son los nuestros lector/lectora, eh? Le temen al pueblo. A la sociedad. Que reflexione, delibere, participe, se organice y decida sobre su propio destino. No pues. Este pueblo, y esta sociedad es incapaz; menor de edad, irracional. Mire que demandar una sociedad justa. Mire que pedir más igualdad. Más libertad y fraternidad recíproca. Mire que aspirar a mejores salarios. El duopolio de la política, de la prensa, y aquellos que concentran el poder económico/financiero, no creen para nada en la famosa aserción de A. Lincoln cuando decía que democracia era el “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. Creen en ellos mismos no más. Y además pretenden que los financiemos.

¿Moralizar el capitalismo y el mercado? ¡Por favor! Esa es una tarea imposible. Son en sí mismos inmorales: están al servicio de una minoría enriquecida; instrumentalizan a los trabajadores; niegan nuestra autonomía; depredan el medio ambiente; niegan derechos a los pueblos originarios, etc. Más que pedir moralización, lo que necesitaríamos sería la supresión del actual estado de cosas. Es decir, abrir paso a una nueva constitución y a una nueva figura de sociedad. Cualquiera fuese la dificultad de esta tarea.