Cucurella---RecuadroSi hay algo que ha sufrido los embates del aniquilamiento civilizador judeo cristiano del sexo, ha sido el olfato y los olores, llegando incluso a considerarse casi evolución biológica que el olfato se haya convertido en el pariente pobre de los sentidos cefálicos. Pero no es así, de biológico nada y de evolución menos. Involución en ese caso, eso sí.

En nuestros orígenes como especie, el olfato fue un sentido básico para la supervivencia y la vida social. Oliendo se sabía dónde estaba la caza, cuándo venía el temporal, si la fruta estaba madura, si la hembra estaba ovulando, si el macho era apto, etc. Se sabía también si aquel era de nuestro grupo o de un grupo enemigo, qué comía y dónde vivía.

Mucho más acá en el tiempo, nuestros antepasados se mostraban o se tocaban primero las manos para ver que no ocultaban armas y luego se acercaban casi abrazándose para olfatearse, ambos gestos precursores de nuestro actual saludo con las manos y de los besos al saludarse.

En la intimidad sexual y antes de ella, en el cortejo, los olores eran esenciales para el atractivo y la excitación. Uno de nuestros antepasados prehistóricos sin olor personal de su cuerpo y su sexo, u oliendo a flores o extraños aromas dulzones habría provocado una inmediata desconfianza y pérdida de interés en su pareja.

Considerar vergonzantes los olores corporales y casi inaceptables los olores genitales, es algo nuevo en la humanidad, es del todo cultural y de saludable poco tiene.

Veamos por qué huele tan mal este tema.

El rinencéfalo, la parte de nuestro cerebro que se encarga del olfateo, es una estructura arcaica, primitiva, una de las primeras en nuestra evolución… y ha permanecido casi inalterada desde entonces, manteniendo un significativo privilegio: tiene accesos directos a nuestras estructuras cerebrales emocionales y a comportamientos de supervivencia que no pasan por la corteza cerebral. Es decir, muchas de nuestras percepciones, emociones, sentimientos, comportamientos y decisiones vitales, están influenciadas por olores que no tienen presencia consciente alguna: estamos en esos momentos inconscientemente determinados por olores de los que ni siquiera nos damos cuenta, por mucho que después nos auto expliquemos racionalmente lo que sentimos o lo que hacemos.

La dificultad que sentimos al tratar de describir o de explicar lo que nos sucede con el olor de un perfume que nos gusta mucho o con el olor de ciertas personas que, sin saber por qué, nos generan sensaciones a veces muy intensas o desconocidas, es una muestra cotidiana del inconsciente poder de nuestro olfato y de la absurda distancia que hemos ido tomando de él.

El olor de las personas, el de ellas, no el del perfume que usan, juega un papel decisivo y pocas veces del todo consciente en la atracción física y sexual. Y si bien es frecuente que nos guste el olor de nuestra pareja sexual estable, no se debe ello solamente al afecto o al condicionamiento conductual obvio, sino que es muy probable que ese placer, ese atractivo olfatorio, haya sido el que determinó que hayamos elegido a esa persona como pareja sexual. Por qué? Esencialmente por dos razones: una, es porque pese a los esfuerzos de civilizar y cristianar a nuestro poco controlable sistema olfatorio, este tiene razones que la cultura, la religión y la buena educación desconocen y por lo tanto hace que nos atraigan y exciten algunas personas sin que sepamos por qué sucede; y la segunda, es que nuestro aún poderoso olfato permite que podamos “reconocer” a parejas sexuales con una cierta dotación genética compatible, determinante para una descendencia inmunológicamente más fuerte.

Los olores corporales son valiosa información sobre nuestro trabajo, nuestro nivel de actividad, el momento del ciclo sexual, el desbalance de ciertos alimentos, la presencia de alguna enfermedad o alteración estomacal, de riñones, urinaria, genital, la existencia de infecciones, etc. Sin embargo, se adiestra a los niños desde muy pequeños a no olfatear la comida con natural gesto de desconfianza, a no olfatear a los otros o a los animales de la casa, a no oler su propia caca, orina, sudor, genitales, etc. Y se les dice que eso es feo, que no se hace, que es mala educación, atrofiando sistemáticamente para su conciencia este sentido cefálico, bajo el mandato de una buena educación instalada hace más de mil años por la aversión religiosa cristiana a lo corporal y al sexo.

Así es como se ha llegado a un sexo desnaturalizado, light, desodorizado y lo que es peor, frecuentemente con extraños olores a productos cosméticos. Todo un sinsentido cultural que sólo sirve para empobrecer y entorpecer nuestro comportamiento y nuestro placer sexual, en circunstancias de que por nuestro rudimentario equipamiento cerebral, el olor corporal y del sexo podría ser una de las fuentes más intensas de atractivo y placer, el estímulo inicial y el marco de fondo perfecto para un sexo de intensidades desconocidas.

“La libertad nunca es regalada, pero es posible. También la libertad sexual. Y a veces se pasea burlonamente delante de nuestra nariz.”

Pero no todo está perdido: escondido en centro de nuestro cerebro, el rinencéfalo espera ser liberado de estas absurdas ataduras para ayudarnos a vivir y aparearnos más felizmente. Y no es tan difícil ayudarlo: para comenzar se puede partir con los propios olores, casi jugando, como cuando niños… el olor de nuestro sudor, nuestros rincones corporales, nuestros genitales. Olerlos desprejuiciadamente, aculturalmente, con cariño, aspirarlos profundo y reconocernos en ellos, porque son nuestros. Y luego, continuar esta nueva aventura con el cuerpo de nuestra pareja sexual. Se trata de abrir las pesadas cortinas de nuestra racionalidad para que entre la luz y el aire puro, trayendo de regalo el olor de esos rincones cálidos y húmedos, de flujos y efluvios intangibles, ácidos, salados, dulzones, marinos, especiados, fragancias de cocina sabrosa, olores esenciales, olores prohibidos, liberadores, olores de genitales y sexo… y tal vez olores del amor.

La libertad nunca es regalada, pero es posible. También la libertad sexual. Y a veces se pasea burlonamente delante de nuestra nariz. Como en el siglo XVIII escribía el filósofo y escritor Donatien Alphonse François de Sade: sólo aquello que nos provoca rechazo y repulsión, nos puede dar el gozo y los placeres más profundos e intensos.