Fernando PairicanUno de los desafíos sociopolíticos más importantes desde el retorno a la democracia solo ocupó un párrafo del discurso presidencial, algo así como diez segundos en la larga perorata de anuncios del segundo tiempo que abrió la presidenta. “Desde que asumimos -sostuvo-, hemos dado voz a los pueblos indígenas”, poniendo en relieve las consultas previas efectuadas por los ministerios de Desarrollo Social y de Cultura. Como se sabe, la forma de realización de la primera de ellas ha sido abiertamente criticada por los pueblos indígenas por su forma de llevarse a la práctica. No pocos señalan que el fracaso de esa consulta nubló en gran parte la realizada por el ministerio de Cultura que, a partir de una metodología descentralizada, puso en el debate la concepción de cultura que debe tener el futuro ministerio.

El Ministerio “de las Culturas” -como señalaron los indígenas que debería llamarse la nueva institucionalidad- y el Consejo de los Pueblos Indígenas, fueron los dos anuncios que dio a conocer la mandantaria, lo que ella consideró como “un paso fundamental, para garantizar los derechos sociales, económicos y políticos de los pueblos indígenas, para erradicar fuentes de conflicto y avanzar hacia la paz social”. Bonito, sacó aplausos entre sus adeptos, pero resulta incongruente con la realidad. ¿Por qué? Porque a reglón seguido señaló ambos proyectos se enviarán durante el último trimestre de este año. A todas luces, en base a la experiencia de 25 años, lo más probable que no de a luz en está administración. Los indígenas no somos “tema país” en este periodo. Una vez más.

Seguramente esta certeza no causó revuelo en los actores políticos del movimiento, lo más probable es que fueron indiferentes a los anuncios presidenciales. “Más de lo mismo”, estoy seguro que deben haber asegurado no pocos. Y ahí me parece que está el punto.

La presidenta habló como este fuera el país previo a las movilizaciones del 2011 -precedida por la extensa huelga de hambre mapuche del Bicentenario-. Habló como si los casos Soquimich, Penta y Caval no hubieran fracturado la credibilidad de la clase política. En verdad, si uno toma su discurso y lo coloca en el contexto del año 2006, hubiera calzado a la perfección.

Estas palabras están manchadas con tinta de molestia. Porque llevamos 25 años con la misma retórica, que ocupa la misma cantidad de tiempo. La cuestión radica en que en la vieja frontera seres humanos han sido asesinados por la incapacidad del Estado para abordar la problemática que se resume en ser actores con derechos políticos. Mientras ello no se observa, la violencia se acrecienta y la retórica de los agricultores sube en niveles que son abiertamente racistas. La aparición pública del llamado grupo de autodefensa “Húsar”, prometiendo erradicar ellos mismos a los mapuche en conflicto, tal vez sea el prólogo de una historia por narrar. Espero equivocarme y que no veamos en pleno siglo XXI ver nacer un Ku Klux Klan.

Mientras en la frontera los mapuche luchan por conquistar su derecho humano a la autodeterminación e intentan avanzar sobre derechos civiles para vivir en una sociedad como sujetos portadores de ellos, la otra parte de la frontera dice en la práctica que no cederá. Las palabras de la Concejal Solange Carmine son en ese aspecto simbólicamente terribles: “confunden cultura mapuche con una nación mapuche. Acá somos todos chilenos, no existe un Estado dentro de otro (…). Este es un Estado unitario, el cual tiene sus emblemas patrios de los cuales es nuestra única y gloriosa bandera chilena”. Así aleonaba en un Consejo de su municipio en Labranza. Aquello fue apoyado por las esquizofrénicas palabras del diputado Germán Becker, quien hace poco tiempo no titubeo en señalar que la “autodefensa” es comprensible ante la ausencia de un Estado de Derecho. Un comentario, viniendo de una autoridad política, que hace un llamado a romper la institucionalidad.

“En la práctica, la voluntad que refleja el mensaje le da la razón histórica a para que los sectores más rupturistas del movimiento sigan desconfiando de la institucionalidad.”

El mensaje presidencial es deficiente, porque ignora un contexto de polarización que se viene constituyendo en La Araucanía. Es más sencillo pronunciarse someramente sobre la ética y la corrupción, sobre los problemas de credibilidad que afecta a la clase política que sobre las problemáticas indígenas. Es más fácil abordar por el costado las demandas indígenas, ello responde a que son problemáticas complejas, históricas y estructurales. En el caso particular de la vieja frontera, se da un combate por la historia y la memoria. Ello lo hace ser potentemente ideológica, y en momentos pareciera que ello se resuelve destruyendo a la otra, como puedo inferior de las palabras de la Concejal Carmine y el diputado Becker.

Como era de esperar, nada se habló de los derechos políticos que demandan con más fuerza naciones originarias de Rapa Nui, Kawesqar y mapuche. Nada se habló de los escaños reservados. Menos de autonomía. En la práctica, el mensaje presidencial, le da razón a los postulados de los sectores más rupturistas del movimiento para que sigan desconfiando de la institucionalidad, y continúen por tanto con sus estrategias políticas para conquistar los derechos civiles negados, incluyendo entre ellas, la violencia política como método, lo que no generará más que la misma respuesta de parte de los opositores a los derechos políticos indígenas. Con todo ello, podríamos estar ante el inicio de un cóctel étnicamente explosivo.