Joan-de-Alcazar-recuadroHa finalizado una época. No es solo que el mapa político español se ha hecho mucho más complejo por la irrupción de nuevos actores partidarios, sino porque la cultura política que ha imperado desde hace décadas ha dado muestras inequívocas de estar mutando de manera incontenible e incontestable.

No solo ha saltado por los aires el bipartidismo PP-PSOE, no solo han aparecido Podemos y Ciudadanos, sino que han surgido una extensa nómina de movimientos de matriz popular que ha disputado con éxito parcelas de poder fundamentalmente en los ayuntamientos. Se trata de colectivos en los que se pueden encontrar asociaciones cívicas o sociales, pequeños partidos más o menos radicales y, fundamentalmente, ciudadanos indignados, -unos, descreídos de los partidos tradicionales y otros empujados a la acción política por sentirse sin representantes confiables-, que han encontrado así unas vías de acción política efectiva.

Es cierto, no obstante, que el cómputo global dice que el PP y el PSOE mantienen la mitad de los votos emitidos, pero no lo es menos que esa cifra es tan solo una aproximación grosera a la realidad. El PP dijo en la noche electoral, y sigue repitiendo patéticamente, que ellos han ganado porque tienen más votos que nadie, pero es una tesis tan ridícula que quienes no son afectos a sus siglas se ríen a mandíbula batiente. Lo cierto es que ha perdido más de dos millones y medio de votos, así que si eso es ganar habría que revisar el significado del verbo.

El PSOE sigue cayendo pero a menor velocidad, y anuncia a todo volumen que está en fase de retorno a la competición política. Será así, pero está muy lejos de haber recobrado la credibilidad perdida en los últimos años, y no solo en los de Rodríguez Zapatero.

Podemos ha entrado con fuerza en las instituciones, pero no ha asaltado los cielos como anunciaban. Ciudadanos, por citar al segundo de los nuevos partidos, también ha mostrado músculo joven, pero no se ha convertido en la llave de gobierno imprescindible que daban por segura.
La primera conclusión del 24M es, pues, que donde había dos partidos a repartirse alcaldías y parlamentos regionales, ahora hay cuatro. Sin embargo, está es una verdad a medias. Pongamos dos ejemplos: la alcaldía de Madrid y la de Barcelona.

En la primera, la máxima responsabilidad municipal ha recaído en una jueza jubilada de gran prestigio desde los años de la lucha antifranquista, Manuela Carmena, al frente de una candidatura denominada Ahora Madrid. En Barcelona ha resultado la más votada Ada Colau, líder de la plataforma Barcelona en Comú, una activista social joven pero con muchos años de militancia, muy particularmente en la Plataforma Antidesahucios, que ha luchado con gran coraje contra esa gran banca inmisericorde que no duda en expulsar de sus casas a personas que, -por culpa de la crisis y el desempleo-, se ven impedidas para hacer frente a los pagos de la hipoteca de sus viviendas. Carmena ha vencido en Madrid no solo al PP, sino también al PSOE, que ya le ha ofrecido su apoyo. Colau ha vencido a la todopoderosa Convergència i Unió, que gobierna la Generalitat de Catalunya. El PSC y el PP son, respectivamente, la quinta y la sexta fuerza del Ayuntamiento de la Ciudad Condal, casi irrelevantes. Ambas candidaturas, la de Carmena y la de Colau han contado con el apoyo de Podemos, pero las dos son mucho más que la organización que lidera Pablo Iglesias.

La dimensión de la derrota del PP puede valorarse, además de por los dos millones y medio de votos que ha perdido, porque algunas de sus más emblemáticas figuras van a ser desalojadas del poder, local o regional, que ostentan desde hace décadas. La alcaldesa de Valencia, Rita Barberá, en el sillón municipal desde 1991, de la que Rajoy dijo pocas horas antes de la jornada electoral que “era la mejor”, será expulsada del poder gracias al extraordinario crecimiento de Compromís, una coalición que reúne a lo más granado del valencianismo político y social, que ha alcanzado un resultado que se recogerá en los libros de historia. Esperanza Aguirre, emblemática líder del PP de Madrid, destacada e irreverente opositora interna a Rajoy, ha sido humillada por Manuela Carmena, y eso tras una sucia campaña electoral en la que llegó a acusarla de simpatías hacia la ETA. María Dolores de Cospedal, secretaria general del PP y presidenta de la región de Castilla-La Mancha, perderá el poder a manos del PSOE pese a haber modificado a su antojo y sin consenso, gracias a su anterior mayoría absoluta, el estatuto regional y la organización electoral. Lo más significativo de estas elecciones, sin embargo, es el cambio que, como hemos dicho, parece estar produciéndose en la cultura política española. La ciudadanía ha emitido un mensaje claro de repudio al mal gobierno, a la corrupción, al despilfarro de los recursos y a la insensibilidad social. La respuesta a ese estado de la opinión pública no podrá consistir en un mero reparto de los cargos entre los partidos, que necesariamente habrán de pactar para formar mayorías de gobierno estables.

El mandato de las urnas, para quien quiera entenderlo, es que el simple reparto de partidas presupuestarias, asientos de representación y canonjías varias no será aceptado. Las urnas han exigido programas de buen gobierno, uso adecuado de los recursos y eficacia social de los órganos de representación, tal y como cabe esperar de la situación de emergencia social y moral que vive el país.

Menos el PP, que comienza a debatirse entre el autismo de su presidente, las críticas más o menos veladas y los anuncios de dimisión de algunos barones regionales, el resto de los partidos dicen haber entendido el mensaje ciudadano. Ya veremos.

“El reto principal… es inaugurar… Una nueva época en la que la democracia española adquiera unos niveles de calidad homologable a la de los países más avanzados de la Unión Europea, particularmente en su eficacia social.”

Rajoy es un hombre que ni siente ni padece y que, ante la debacle del 24M, solo ha admitido que la crisis ha sido muy dura y que no han comunicado bien su acción de gobierno. Se trata de una de las peores expresiones de una españolidad tópica y castiza, la del sostenella y no enmendalla. No son pocos sus conmilitones que reconocen que por ese camino no se llega más que al abismo, y aunque -como decimos- comienzan a escucharse voces levantiscas, no será fácil que en un partido tan jerárquico y presidencialista como el PP se produzca algo parecido a un motín. No será fácil, pero tampoco debiera descartarse una revuelta interna que hiciera que Rajoy adelantara las elecciones legislativas previstas para noviembre.

El reto principal, pese a todo, en el escenario que se ha definido tras el 24M, es el que han de asumir las fuerzas políticas de progreso que han sido conminadas por una mayoría cualificada de ciudadanos a inaugurar una nueva época política en España. Una nueva etapa en la que prime una nueva cultura política. En la que la decencia, la honestidad, la claridad, la transparencia y la participación sean las palabras clave que describan una nueva realidad en la que lo central de la acción política sean las personas, los ciudadanos. Una nueva época en la que la democracia española adquiera unos niveles de calidad homologable a la de los países más avanzados de la Unión Europea, particularmente en su eficacia social.