insurgencias libroEl mismo año que Sarmiento publicó el Facundo, en 1845, Karl Marx se la ponía difícil a los filósofos, intelectuales y pensadores de todo tipo que vendrían después de él. Luego de una larga caminata, en un día para variar gris, que lo había llevado a la famosa plaza central en Bruselas, un tanto cansado y con algo de sed, contrario a su costumbre, entró a una de las tabernas de por ahí y pidió una pinta de esas cervezas que solo los monjes trapenses saben preparar. Mientras bebía pausadamente y, cual Cid Campeador, se mesaba la barba, reflexionaba sobre lo que estaba escribiendo. Era el boceto de un libro más grande. Ideas claras y fuertes. Tesis que después desarrollaría. Pobre Feuerbach, sonrió. Un buen tipo a pesar de todo. Repasó las tesis en la cabeza. Pidió otra cerveza: sí, esta es cierta, musitó cuando llegó a la onceava, más allá de la razón había algo que se lo decía (si hubiese sido chileno, habría dicho que lo sentía en la guata). Gente como Feuerbach, genios como Hegel o Platón, se han dedicado a explicar cómo son las cosas, a darles un sentido, a interpretarlas. Y eso está bien, porque tenemos que entender y descifrar cómo funciona nuestra sociedad y lo que Anaximandro llamaba la realidad. Pero eso no basta. Es cosa de ver cómo está el mundo –hizo una pausa en su pensamiento, dio un sorbo y se le vino una expresión que había aprendido en Londres—fucked up. De lo que se trata es de transformar el mundo. Ni más ni menos. Cambiar el mundo. Por difícil e imposible que parezca.

Insurgencias invisibles –libro-memoria-crónica-entrevista-historia-ensayo-autobiografía-diatriba-poema—es prueba que el llamado de Marx sigue vigente y es más importante hoy que nunca. Aquí, en la Quebrada del Ají y también en los Estados Unidos.

Publicado en España por Oveja Roja, el autor de Insurgencias invisibles es Luis Martín-Cabrera, comunista sin partido, romántico no declarado y profesor de literatura y cultura latinoamericanas, españolas y fronterizas en la Universidad de California en San Diego. Actualmente se encuentra viviendo en Santiago de Chile. Y fue desde estas calles que redactó las páginas de este libro tan urgente como preci(o)so. Digo de paso, que el autor ha publicado en estas virtuales páginas de eldesconcierto.cl, es editor de rebelion.org y, lo que me enorgullece, amigo mío. Valgan estas advertencias para lo que sigue.

Insurgencias es muchas cosas. Es una novela de formación política de su autor: nos narra la historia de su llegada a los Estados Unidos, y cómo poco a poco fue dándose cuenta que en todas partes se cuecen habas: que incluso en el corazón de la bestia hay mucho por luchar y por hacer. Para salvarse uno y justificarse también; sí, es cierto. Pero la justificación a través del descubrimiento de una realidad diferente; la salvación desde la transformación del mundo.

Es también un poema de amor a los Estados Unidos; al país que no aparece en las noticias, el que no se conoce, el que lucha –porque en todas partes se lucha—por un mundo mejor. Al país terriblemente segregado, pobre, de los Panteras Negras y del movimiento Chicano, de la Unión del Barrio, de los incipientes (y a veces insipientes) sindicatos de estudiantes graduados. Más que nada, desde su historia vital, Martín Cabrera, coloca en el centro la relación entre teoría y practica. Entre escribir y marchar. ¿Cuál es la tarea del académico? (y al revés: cuál es la teoría necesaria para los y las que marchan por las calles de Santiago, de Oakland, San Diego y Ann Arbor?). La respuesta es clara: no basta con la escritura; no basta con vociferar. Ambos son imprescindibles; y más allá.

Insurgencia es también la historia de luchas. A través de la voces de sus protagonistas, aprendemos de los Panteras Negras y su complicada relación con la participación de las mujeres (la entrevista con Roberta Alexander es impresionante, ya por sí sola vale el libro); Enrique Dávalos nos cuenta de sus luchas en la frontera San Diego-Tijuana; y Rommel Díaz, Adriana Jasso y Harry Simón nos llevan a la historia del Unión del Barrio, de su organización democrática centralista (una sólida crítica a los movimientos sociales recientes que se plantean como horizontales, a la vez que un reconocimiento a la imperiosa necesidad de la solidaridad entre quienes tienen el mismo sueño aunque lo expresen en diferentes colores).

Estas entrevistas son un intento por responder a una de las angustias del texto y de su autor: ¿Qué derecho tiene uno de contar las historias de estas personas? Si yo no puedo ni debo hablar por ellos y ellas, ¿qué hacer? Darles lo más posible una voz, pero hasta dónde incluso en ese gesto no hay un control por parte mía? Ah, ¿cómo puede hablar el subalterno? En un pasaje notable, el narrador recrea un diálogo con una estudiante de San Diego, inmigrante indocumentada, quien lo increpa por contar él su historia. El diálogo no tiene una resolución, el problema queda colgando en el aire, porque sabemos que hay que hablar de todos modos, pero sabemos que no podemos hablar y aún así lo hacemos.

El recorrido de Martín-Cabrera continúa con el acercamiento a movimientos de pobladores y de deudores habitacionales en Chile. Es una trayectoria que sabe y que repite, como lo dijera Rolland y Gramsci después, que tenemos que seguir a pesar de (y con) el pesimismo que nos da la inteligencia y con (y a pesar de) el optimismo que nos regala la voluntad.

Quizás el protagonista de esta historia de descubrimiento y alumbramiento como diría el gran Nicomedes, tenga demasiadas pocas dudas. Quizás el protagonista solo parece enamorado de la política y la revolución (amores que, me consta, son ciertos; mas no los únicos); tal vez. Pero Insurgencias invisibles es también un alumbramiento para los lectores y lectoras; nos abre las puertas a un mundo de lucha que suele pasar desapercibido y que nos acerca a y nos devuelve un sentido de comunidad al mostrarnos que las batallas de ellos son también las batallas nuestras (y viceversa).