Presidenta Bachelet, conforme a los reportes de prensa, usted habría declarado, e insistido luego, que …“nunca tuvo conocimiento o autorizó”… la recolección de fondos para financiar su precampaña presidencial, a Peñailillo, a Martelli, a quien ni siquiera conoce, o a nadie.

A estas alturas, parece claro que esa declaración no convence siquiera a los miembros de la coalición de Gobierno, exacerbando aún más la sensación difusa y generalizada en la ciudadanía de que las autoridades le intentan ocultar cosas feas, ilegítimas o directamente ilegales. Las declaraciones de Jorrat y de Cristian Vargas sobre las presiones que recibió el Servicio de Impuestos Internos por parte del Gobierno para no cumplir con su mandato técnico sólo han contribuido a intensificar esa sensación de engaño y decepción con el Gobierno y los políticos.

Le escribo como un ciudadano corriente, defraudado con la basura en que ha sido convertida la política por sus practicantes, demasiados de ellos transformando el mandato de servicio público en una oportunidad para servir sus propios intereses y los de quienes los financian desde las sombras, en perjuicio y defraude de los miles que creyeron en ellos y los eligieron para oficio público.

En mi opinión, y me atrevo a agregar, en la de miles de compatriotas, usted era la excepción, porque transmitía honestidad, decencia, genuino interés por el servicio público, sin claudicar ante ningún tipo de las presiones a que se está expuesto en su alta magistratura. Y era la excepción porque yo y millones como yo, percibíamos que hablaba con la verdad, siempre. Era la excepción a la norma de la política mafiosa, componedora, de sus predecesores, que renunciaron a la verdad por excesos de soberbia, por temor a los poderes fácticos o por simple y triste mediocridad.

Hasta ahora.

¿Ha mentido usted al afirmar lo que insiste en afirmar? … Estoy seguro de que no miente con lo que afirma. Pero, y este es un inmenso pero, no basta solamente con decir la verdad, menos aún una verdad irrelevante como en este caso. Tal como lo comprendió la judicatura anglosajona alrededor del siglo XIII, para asegurar que la verdad prevaleciera, era necesario que el testigo jurara decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Condiciones que se mantienen hasta nuestros días para protegernos de la mentiras y falsedades y de sus nefastos efectos para la convivencia. El compromiso con la verdad es fundamental para poder mantener la confianza en el otro, y sobre ella se construyen las relaciones humanas y se organiza la sociedad.

Usted estaba al tanto que había muchas personas, encabezada por Peñailillo, que se encontraban trabajando para que aceptara la nominación que la llevaría eventualmente a la Presidencia. La evidencia más clara es que usted se reunía, conversaba y discurrió con ellos hasta el día que “decidió” oficializar su candidatura presidencial, el 27 de marzo de 2013. Nadie esperaría (ni creería) que usted tomó esa decisión el mismo día que decidió postularse, sin ningún proceso previo de reflexión y socialización al menos con sus seguidores más inmediatos o cercanos. Todo lo cual indica que, llámese precampaña o como decida llamarle, hubo infinidad de actividades de muchas personas conducentes a su decisión, que necesariamente requirieron financiamiento. Sin duda muchos perfectamente razonables, como los gastos de cualquier jefe/a de hogar que debe alimentarse, pagar cuentas, trasladarse, etc., dentro y fuera del país, por las necesidades de su agenda. Probablemente también, muchos gastos cuestionables.

Aunque usted no haya financiado ningún gasto, tiene un grado de responsabilidad sobre ellos por el simple hecho que usted no cuestionó ni vetó las actividades de Peñailillo et. al., en su empeño de convencerla a postular. Y todos fueron gastos incurridos con el propósito de que usted tomara la decisión de postularse a la presidencia. Y usted lo sabía.

En ese escenario y con todos esos antecedentes, no parece razonable que usted  entregue como única respuesta que “no autorizó ni supo de platas” ante cuestionamientos sobre su precampaña. Parece mucho más la respuesta que daría cualquiera de los indeseables que han hecho de la política un negocio cuyo norte principal es el propio beneficio y la lealtad a conveniencia, que una respuesta suya, cuya integridad ha sido a la vez inspiradora y esperanzadora para la gente que mira desde muy lejos los afanes de los políticos.

Como el ciudadano anónimo y corriente que soy, tengo derecho a exigir de mi Presidenta, de la máxima autoridad civil de mi país, el más alto estándar ético posible, en todo momento y pese a toda adversidad. Ello implica que tengo derecho a exigirle, y así lo hago con gran respeto y determinación, que se ponga una mano en el corazón, se coloque en el lugar de sus 15 millones de conciudadanos y vuelva a hablarles, a hablarnos con la verdad entera, a secas, no con las verdaditas y semiverdades que sólo les sirven al club de los mafiosos al cual usted nunca ha pertenecido.

Si usted restaura su propia credibilidad cumpliendo con el triple mandato, restaurará también algo aún más valioso que la confianza de la gente en su persona: la credibilidad de que convivimos en una sociedad donde prevalece la decencia y la confianza como argumento básico de relación entre nosotros, en lugar del señoreo de los ventajeros, de los tramposos, ladrones y oportunistas