Chile es una mentira, de pé a pá. Muchos coinciden en la noción de ilegitimidad, que como una membrana epitélica envuelve y encierra toda la cosa institucional no sólo de la sociedad, sino que, también, de la Nación y de la República. ¿Y por qué? Porque, por ejemplo, la Constitución que nos rige y amarra es ilegítima. Sólo por esto, todo lo que producen los que dicen que trabajan por el bien del país, es ilegítimo, y si lo es, significa que no es legítimo, y si no es legítimo, significa que es falso, y si es falso, es mentiroso, es decir que no es verdadero, y como lo verdadero también es dudoso, significa que nada es lo que pareciera ser. En suma, una realidad que es pura apariencia; una forma sin contenidos.

Esta conclusión, producto del escepticismo más consolidado, proviene de la lectura y aprendizaje de los hechos que conforman la historia institucional y formal de la república, cuyas verdades inventadas tampoco coinciden con la realidad de los hechos. La sociedad chilena fue pensada, bocetada, diseñada, instalada y puesta en marcha por la permanente confrontación de dos fuerzas negativas de la naturaleza: conservadores y liberales. Estas dos corrientes ideológicas se confrontaron y se enfrentaron con ferocidad digna de mejor causa durante los primeros ciento cincuenta años de vida de la novedosa República de Chile. Siete guerras civiles, entre 1812 y 1891, dan cuenta de la fantástica capacidad de generar odios sistemáticos y permanentes entre las dos clases sociales –aristocracia y burguesía- que se turnaron para gobernar estas tierras, mediante feroces golpes de estado, llevando las instituciones a sus extremos más agudos, poniendo de punta a los parlamentos contra el ejecutivo y viceversa, sin tregua, sin misericordia para nadie.

Si alguien quiere saber quiénes instalaron la violencia en los modos de hacer política en Chile, tiene que revisar las historias de liberales y conservadores. Las fuentes están allí, esperando ser visitadas por los verdaderamente interesados. A liberales y conservadores, la sociedad chilena les debe el nunca solucionado conflicto con la nación Mapuche. Hay nombres propios emblemáticos comprometidos, ministros de Estado, generales del Ejército, diputados y senadores, connotados empresarios, en fin, intereses de todo tipo y magnitud. Decenas de miles de muertos les debe Chile, y los chilenos, a liberales y conservadores. El asesinato de Portales, líder indiscutido de los herederos de aquellos que planearon su desaparición, hasta las generaciones más recientes. Todo ello como resultado de una gigantesca y monstruosa mentira instalada en la sociedad chilena e incrustada en el inconsciente colectivo mediante la sistematización programada, con la feroz complicidad de los medios de comunicación, en plan desinformativo. Hoy estamos siendo testigos de una estrategia similar. No es original, pero sí lo fue en 1823, cuando derrocaron a O’Higgins y lo exiliaron para siempre; también lo fue en 1829; después en 1837, asesinando a Diego Portales; también en 1850 y en 1860, al inicio y cierre del gobierno de Manuel Montt; en 1876, durante las disputas entre agricultores y mineros, y en 1890, cuando en la oficina de Valparaíso del Banco Edwards, iniciaron las reuniones conspirativas para derrocar al presidente Balmaceda. En el curso del siglo XX volvieron a sus aventuras extra parlamentarias en numerosas ocasiones para ligarse nuevamente en 1970 y planificar, esta vez con el apoyo económico y el financiamiento institucional del gobierno Nixon, de los Estados Unidos, del que fue nexo el Agustín Edwards de turno y que culminó con lo que la historia contemporánea ha recogido: la falacia democrática, la ilusión republicana y la legítima “ilegitimidad” autoritaria neo-liberal. Todo lo demás, que ha sido recogido en los archivos institucionales, demuestra que es falso, mentira. Pero una mentira hábilmente organizada, una mentira sistemática.

458px-Libro_Blanco_3edEl objetivo estratégico de la actual puesta en escena fue siempre, desde mediados del año pasado, desmoronar la solidez de la señora Presidenta. En una entrevista al pasar, a la salida de una reunión de empresarios, el saliente capataz de la CPC, un señor Santa Cruz (no se preocupen, ya será crucificado cuando le investiguen sus yayitas, igual que a todos los otros, incluso los intocables), advirtió a la señora “B” que si quería hacer un gobierno “parejito parejito”, se olvidara de sus reformas, “porque si no…” Esta es la aplicación de la etapa “porque si no”. Si se mirara a la republiqueta con una lupa o un macroscopio, podría llegar a verse que toda la parafernalia dispuesta como una puesta en escena no es nada más sólido que algodón de dulce. Pura tinta impresa en papel de diario y en revistas de oscuro pasado (recordar el Plan Z, inventado por Gonzalo Vial Correa para la misma revista Qué Pasa y que luego él mismo reconociera que fue una forma de “desinformar” a la opinión pública, del mismo modo en que lo hacía Goebbels, su admirado modelo de ética informativa). Mucha gente murió en manos de los esbirros de conservadores y liberales, como consecuencia directa de ese artículo, amparados por su ya paradigmática vista gorda. Conviene recordar que Ricardo Claro Valdés pagaba los salarios de los agentes de la CNI en la nómina de Elecmetal, una de sus empresas. Curiosamente, se dice que el director de ChileVisión no es empleado del Canal sino de Banmédica, y que es pagado por SQM. Bueno, dicen…

Así que si la señora B tiene el coraje de soportar estos embates, y yo creo que sí lo tiene, saldrá airosa y refortalecida. Lo peor que les puede pasar a sus enemigos de hoy, es que nadie se olvide de quiénes son y de qué son capaces. Una fría exposición pública, con sus prontuarios descriptivos en grandes carteleras visibles desde todo punto de vista, como un recordatorio permanente a la sociedad de cuáles y quiénes son sus verdaderos enemigos, debería ser un buen castigo. Eso y nada más. Como dijo Hamlet a punto de irse ya: “lo demás es silencio…y a otra cosa, mariposa”.