Fernando-Balcells-recuadroSoy de los que creen que todas las autoridades que no han entendido su responsabilidad con el público deben irse a descansar para no seguir abriendo camino a la violencia.

El señor Ministro Burgos ¿Tiene algo que decir sobre la política en nuestro país? ¿Tiene algo significativo que aportar sobre la violencia en nuestro país? Si no tiene nada que decir es que no tiene nada que hacer, escuche; su silencio es lo que promueve la violencia.

Se ha producido un quiebre en la promesa de justicia de la democracia. No es un vacío de un par de meses. Es una acumulación de abusos, bajezas y elusiones que debilitan toda autoridad –incluida la de la ciudadanía- sobre los que se esconden en la violencia.

Ya es hora de que hablen los políticos. Ya es tiempo de que las autoridades de Gobierno, los parlamentarios y los jefes partidarios respondan operativamente a las necesidades de verdad y de responsabilidad política.

Pero claro, las autoridades no responden a emplazamientos públicos. Entre otras razones porque no los entienden ni comprenden para quien trabajan. Están ahí, puestos por otros pasajeros del mismo bote, para contener las demandas de la gente con tranquilo ademán y gravedad en su gesto ausente.

Se nos viene la Copa América, el jolgorio y la postergación de las responsabilidades principales de las autoridades que siguen esperando que la providencia y el circo resuelvan los problemas.

En el circo ser chileno parece evidente. Nos hemos preparado para la fiesta y nos reuniremos para la catarsis, para empujar las rejas de un estadio hasta reventarlas y perder la vida si es necesario. Todo por el delgado y oscuro momento de euforia que, a falta de lenguaje, es la suma de lo que nos queda en común.

No podemos seguir escondiéndonos en los eventos y en los hechos.

Los dirigentes políticos deben saber que todas las medias verdades que nos han concedido se contabilizan como medias mentiras en el expediente imaginario de nuestra convivencia.

Ya es hora de dejar el secreteo y las alusiones indirectas con las que se sondea a la opinión pública. Les hemos dado nuestra representación y les hemos delegado la palabra. No tienen derecho a permanecer en silencio y permanecer en sus cargos. De lo único que tienen que hablar, es de la responsabilidad que les corresponde asumir; a cada uno y a las instituciones en las que participan.

El silencio amurrado de las autoridades incomprendidas y la evasión de la palabra son parte de una política de fuerza y de la ilusión tecnocrática que sustituye al discurso público. No es que la demagogia no haga su contribución, que la hace, pero ambos abusos, el elitista y el populista, son argumentos a favor de una dignificación de la palabra como acto de justicia y lugar de la política.

A la ciudadanía no le sirven los culpables ni le bastan los escándalos. Necesita cambios que le otorguen capacidad de fiscalización y de corrección de las prácticas institucionales.

Nos gusta decir ‘que la justicia hable por sus fallos’. ¿Pero que pasa en sus fallas y en sus silencios? No podemos olvidar que buena parte de lo que la justicia investiga se lo debemos al azar de algún arrepentimiento, a alguna indiscreción casual y a una pequeña suma acumulada, lejos de una imagen de envergadura verdadera.

“Los dirigentes políticos deben saber que todas las medias verdades que nos han concedido se contabilizan como medias mentiras en el expediente imaginario de nuestra convivencia.”

Estamos hasta el borde de hechos de corrupción y todavía no tenemos ninguna explicación razonable, abarcadora y práctica. No es que necesitemos ‘un relato’ que pudiera repetir o duplicar el afán de elusión en que vivimos atrapados. Necesitamos buscar el lenguaje en el que las responsabilidades puedan ser descritas, debatidas y puestas sobre la mesa para ser exigidas.

Un senador que recibió dineros privados en el ejercicio de su cargo no puede permanecer en él. Pero tampoco puede simplemente renunciar y refugiarse en el silencio y las medias verdades que dirán sus amigos. Su responsabilidad es darnos su palabra, su narración y su compromiso. Su responsabilidad no se termina en sus amigos ni en la justicia sino en la ciudadanía.

Un ministro actual, que recibía pagos de Luksic siendo parlamentario no puede seguir en su cargo.

A algunos les gusta tanto hablar de responsabilidad: Este es el momento de hacerla efectiva.