Cucurella---RecuadroAunque el hecho no es tan nuevo, en los últimos días en Chile muchos usuarios de Facebook han encontrado en sus muros, con sorpresa, desagrado, vergüenza o en algunos casos diversión, fotografías, vídeos o links hacia sitios de pornografía compartidos aparentemente por algunos de sus amigos, conocidos o contactos indirectos, sin que estos supieran y eventualmente con serio daño a su imagen pública o entre amigos y conocidos. Singularmente, un falso video porno que esconde en realidad un virus troyano que después se envía a sí mismo como si fuera el usuario quien lo hace y además deja el computador o el dispositivo expuesto al robo de otros datos más sensibles. Pero no sólo lo que es evidentemente inusual se usa para estos turbios fines, sino a veces bellas imágenes, campañas de bien público, etc. Se les da un like o se comparten y con eso dejamos instalado un extraño en nuestro computador o smartphone.

Facebook, la red de redes y portal de entrada para miles de nuevos sitios y redes sociales, ha visto vulnerada si no su seguridad, al menos su lógica, una lógica que por ser sobre la interacción de seres humanos, contiene todas las buenas y malas sorpresas que se puedan esperar.

Esta red, como muchas otras, como toda la internet si se quiere, tiene la gran virtud de la democracia, la transparencia, el acceso fácil a sus beneficios de sectores que han sido históricamente desposeídos de participar en los medios de comunicación. Y tiene también, como toda nueva creación e invento humano, el mal uso, el servir a la delincuencia, el servir para la falta de respecto, para el abuso, especialmente desde el anonimato, algo que si es fácil en las grandes ciudades, es infinitamente más fácil y potente en internet.

El mayor uso de las redes sociales es positivo o al menos no dañino, pero hay quienes, como encapuchados ocultos en las marchas, se dedican a molestar, abusar o delinquir amparados en la impunidad de un falso email, en la confianza excesiva de los usuarios o en el desconocimiento de estos sobre normas de seguridad en internet. Un nuevo concepto surgió entonces: el cibercrimen. Muchos lo sufren, otros lo practican y las policías de todo el mundo han creado unidades especializadas sobre el tema, que atienden desde temas de seguridad nacional hasta intromisiones de amantes despechados o extorsiones y amenazas de divulgación de secretos robados o simplemente inventados.

Todo esto, la manera de relacionarnos fácilmente con cientos de personas al mismo tiempo, de abrirles las ventanas y las puertas de parte de nuestra intimidad y la facilidad con que extraños pueden atisbar o entrar por esas ventanas o nosotros hacer lo mismo, significa un cambio crucial en uno de los conceptos centrales de nuestra cultura: la vida privada.

El concepto de vida privada no siempre ha existido y claramente no siempre existió como ahora. En primitivas tribus, algunas aún existentes, la idea no existe. Lo que siempre ha existido es un lugar donde protegerse, un hogar, una casa, pero eso no implicaba la idea de vida privada. Por ejemplo, en la antigua Roma los esclavos podían presenciar la intimidad sexual de sus amos sin que esto significara invasión de su vida privada. Mucho más acá en el tiempo, reyes y príncipes tenían a quien les limpiaba el culo luego de defecar –Enrique VIII tuvo para tal oficio a un noble, un Sir que se sentía honrado por ello. Y bueno, en las aldeas y pueblos pequeños el concepto de vida privada es hasta nuestros días muy diferente al de las ciudades grandes. Como se decía antes: pueblo chico, infierno grande.

¿Y por qué puede un pueblo chico ser un infierno grande? ¿O por qué puede internet, la aldea global vaticinada por McLuhan, ser también un asalto a la vida privada en determinadas ocasiones?

Descontando los hechos claramente delictuales, que por cierto quienes los cometen necesitan mantener ocultos y sin considerar tampoco esa sensación difusa de amenaza con que muchas personas viven, nuestra internet puede a veces convertirse en un problema, un atentado a la vida privada, porque la cultura reprime y considera vergonzantes cosas que son naturales y necesarias para las personas, si no para todas, para muchas. Es decir, porque para ser aceptados es muy difícil mostrarnos tal y como somos, y hay entonces cosas que esconder… o porque habiendo introyectado dichas normas represivas estamos identificados con ellas.

Una de estas grandes cosas reprimidas es el sexo. El sexo placentero, no meramente reproductivo, ese que se vive usando todos los sentidos, ese que desafía las normas sociales del buen comportamiento, el que gusta de mirar, mostrar, olfatear, saborear. El sexo que explora no solo los genitales, sino el cuerpo, la mente y el alma humana, ese sexo que libera, expande, que es sanador, que da alegría de vivir y que ahorra visitas al Psicólogo.

Entonces, cualquier expresión de cercanía, práctica o deseo de un sexo mas intenso, diferente, de mirar fotografías eróticas, leer relatos de sexo, etc. es algo que hay que mantener oculto, en el ámbito de la vida privada y por lo tanto se convierte en una debilidad explotable por quienes quieran por cualquier razón ofender, perjudicar, avergonzar, vengarse o dañar la imagen pública de alguien. Y con mayor razón por quienes quieran chantajear o manipular a otra persona.

Y más aún, aunque nada haya para avergonzar, siempre es posible inventar, sacar de contexto fotoshopear, etc. Total, la ofensa siempre es más potente que el descargo.

Eso de que quien nada hace nada teme nunca ha sido verdad. Lo supieron miles de personas durante la dictadura y lo saben con frecuencia las personas públicas, más aún en esta época de fácil acceso a todo, privado o público.

¿Cuál sería la manera segura y definitiva de que este uso acosador o delictual de Facebook o de otras redes, no se hiciera?

Bueno, nadie podría ser avergonzado en Chile por comer carne de vacuno, por ejemplo. Pero en la India si podría ser ser un problema que alguien pusiera en el Facebook de una persona que le gusta comerse de vez en cuando un buen filete. Lo mismo con el sexo: si el sexo fuera mas libre, amplio, sano y normal, sin las represiones misionéricas que le han impuesto, no serviría para molestar ni extorsionar a nadie inventándole situaciones o gustos sexuales, ni tampoco exponiéndolos si ellos son verdaderos.