podemos españaDe reojo, como solemos informarnos por estos días, la irrupción de Podemos en España aparece como un milagro propio de las condiciones inéditas y novedosísimas de nuestra época. Un partido supuestamente ideado por un puñado de cerebritos iconoclastas que, a punta de un ingenioso discurso y el uso intensivo de los medios de comunicación, saltó desde los márgenes del cuadro político español hasta lo que ellos llaman el “centro del tablero”.

Pero la historia de Podemos es mucho más compleja. En realidad el proyecto acumula varios años de gestación, sólo que sus organizadores no se convencieron sino hasta hace un par de años de la necesidad de crear un partido. Tampoco esperaban que la crisis económica avanzara al punto de proporcionarles una oportunidad inmejorable para emerger como una alternativa de poder, ni menos que el sistema de partidos de la transición española se descompusiera a un ritmo tan acelerado.

El pasado 24 de mayo se desarrollaron las elecciones municipales y autonómicas, de las que Podemos participó sólo parcialmente. Con todo, las confluencias de candidaturas “ciudadanas” y de “unidad popular” de las que formó parte condujeron al partido y su área influencia a convertirse en la tercera fuerza política de España y la que más crece en identificación y respaldo popular.

Por estos días, sin embargo, enfrentan los retos propios de quien tiene éxito en política: nuevos y más desafiantes problemas. Optaron por hacer del PP y ya no del PSOE su principal adversario, con la esperanza de ampliar sus bases de apoyo hacias socialistas desencantados. En el campo propio, en tanto, intentan cohesionar al movimiento que se configuró a su alrededor bajo una táctica común. Nada fácil en el concierto de una izquierda a la que le pesan una cultura de la fragmentación, la defensa de las identidades locales y el rechazo a las formas centralizadas de organización.

Un régimen en aprietos

Podemos no habría sido posible, explica Concepción Martín, activista del círculo de la agrupación en Chile, sin la profundización de lo que sus líderes denominan, antes que “crisis”, el “agotamiento del régimen del ‘78, el sistema político dominado por el Partido Popular (PP) y el Partido Socialista Obrero Español (PSOE)”. De este proceso fue síntoma el 15M, el estallido social que en 2011 evidenció la fractura en las bases del consenso de la transición española.

La diferencia entre crisis y agotamiento no es una cuestión de mera interpretación para Podemos, sino de condiciones para la práctica política posible. Íñigo Errejón, secretario político del partido, lo explicó en un reciente debate advirtiendo que “lo que sorprende es que aquí nadie entre las élites tiene la menor capacidad hegemónica para darle alguna solución (al agotamiento) al interior del sistema de partidos. Si la hubieran tenido, hoy no estaríamos en la situación que estamos”.

Las decisiones de la dirección de Podemos, las velocidades que le imprime al movimiento y la intensidad de la confrontación que establecen con el PP y el PSOE, están en buena medida basadas en la convicción de que el quiebre que posibilió su aparición en la escena es, en palabras del máximo encargado orgánico del partido, “más una incapacidad por arriba que una virtud por abajo”.

Más allá de las dos Españas

Otra consecuencia práctica del agotamiento del régimen es que han cambiado las formas en que las y los españoles se identifican políticamente. “El 15M fue una manifestación que negó las banderas, porque eran partidistas”, cuenta Martín, pero las que se veían eran contradictorias. Habían pocas banderas con morado, rojo y dorado, la usada históricamente por el bando republicano, y muchas con sólo rojo y dorado, una señal que la indignación era más amplia que la tradicional protesta de la izquierda.

Podemos tomó nota de este fenómeno, por lo que “no se define como un partido republicano, que es como siempre se había definido la izquierda tradicional en España”, relata Martín. Por ello es que “Podemos trata de superar el discurso de ‘las dos Españas’, entre la que ganó y la que perdió, e impone un nuevo discurso”. Pasa que “la clase obrera, que fue la base social histórica de la izquierda, fue completamente desarticulada por el franquismo y así se mantuvo durante la transición”, cuenta Hugo, otro español emigrado a Chile.

Hoy en España, un tercio de la fuerza de trabajo está desempleada o gana menos que el salario mínimo anual de 9,080 euros. En las grandes ciudades, la gente hurgando en la basura por comida o vendiendo lo que puede en las calles ya es parte del paisaje, como también lo son los niños hambrientos en ciudades más pequeñas y empobrecidas del sur. Así, en ausencia de las bases de sustentación del viejo clivaje y sobre la desigualdad creciente que produjo la crisis económica, nuevas polaridades surgieron. En esa línea, una de las consignas más reproducidas durante el desborde del 2011 rezaba: “No somos ni de izquierda, ni de derecha. Somos los de abajo y vamos por los de arriba”.

Un imaginario para los nuevos tiempos

En esta nueva España una parte relevante del trabajo de Podemos pasa por construir nuevos discursos e identidades colectivas. Convencidos de que las personas ya no se definen políticamente a partir de su lealtad con ciertos partidos, los dirigentes de Podemos se volcaron a leer los elementos que componen “el sentido común de la época”, asumiendo el papel central que desempeñan los medios de comunicación de masas en su configuración.

En una concentración convocada por Podemos, su principal cuadro y secretario general, Pablo Iglesias, le recordaba a los simpatizantes del partido que el enemigo “nos quiere pequeños, hablando en un lenguaje que nadie entiende, en minoría, escondidos detrás de nuestros símbolos tradicionales”. Superar los símbolos tradicionales ha significado romper drásticamente con el imaginario tradicional de la izquierda, así como abrir una pelea simbólica sin tregua contra las elites político-económicas gobernantes, a la que han encerrado en el concepto de “casta”.

Todo lo que hace Podemos tiene una fuerte carga discursiva de rebeldía e iconoclastia. “¿Por qué las monjas votan a puteros?”, se llama una edición sobre las paradojas de la derecha española de La Tuerka, el programa de televisión que catapultó a sus principales líderes a la escena pública. “Ser socialdemócrata y que se te note”, se titula otro sobre la deriva neoliberal del PSOE. Pero también les preocupa inspirar confianza y alegría. “Ser felices es nuestra única venganza” fue una de las frases preferidas de Manuela Carmena, a quien lograron convertir en la nueva alcaldesa de Madrid. También gozan con la ironía. Iglesias, que también es eurodiputado, le hizo un especial regalo al rey Felipe VI: la saga de Game of Thrones, diciéndole: “Me salto el protocolo para hacerle un regalo que creo que le va a gustar. Para que aprenda mucho para la política”.

Pensarse como periferia

Un núcleo de académicos-militantes de la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid (del que pertenecen Iglesias, Errejón y otros cuadros importantes como Juan Carlos Monedero y Carolina Bescansa) se convirtió en el destacamento fundamental de la actual dirección política de Podemos.

Se trata de un grupo cohesionado en torno a la necesidad de darle un comando centralizado a la agrupación, pero también de su principal fuente de pensamiento teórico-político. El “laboratorio de ideas” y orientación estratégica de Podemos reconoce deudas en este sentido con Antonio Gramsci, la dupla que conforman Ernesto Laclau y Chantal Mouffe y Boaventura de Sousa Santos, pensadores que tienen en común la distancia con la izquierda ortodoxa y una vocación por formular teorías útiles para realidades nacionales no centrales.

“Iglesias, aunque ya no lo diga públicamente, siempre se ha reconocido como un marxista gramsciano”, recalca Concepción Martín. “También ha sido muy influyente el trabajo de Boaventura de Sousa, porque entrega una perspectiva sociológica diferente desde las epistemologías del sur, a partir de la cual España se empieza a caracterizar también como un país del ‘sur'”.

Pero es Laclau a quien se identifica como la figura intelectual más influyente en la dirección de Podemos. Errejón acaba de publicar un libro con Chantal Mouffe y realizó su tesis doctoral sobre cómo se puede comprender el movimiento que llevó a Evo Morales al poder en Bolivia a la luz de la obra teórica de la pareja. El secretario político ha sido un entusiasta promotor de la idea según la cual los conflictos derivados de la desigualdad que produce la crisis en Europa, constituyen la base para irrupciones populistas como las entendía Laclau.

Según Hernán Cuevas, doctor en Ciencia Política de la Universidad de Essex (en la que fue estudiante de Laclau), la principal contribución del intelectual argentino y Mouffe es que a diferencia de “casi todos los enfoques que asumen que los actores están dados, que tienen una identidad y unos intereses dados, su pregunta es cómo se gestan esas identidades. Para ellos la primera lucha política es por la constitución de un sujeto”.

Nunca un paso para atrás
El camino abierto hacia las elecciones generales de noviembre de este año no se ve fácil para Podemos. Su incursión a través de candidaturas de confluencia en los comicios de mayo, aunque parcial, reabrió una disputa que ya había sido superada al interior de la formación. Y es que la plataforma de unidad popular que promueve IU, sostienen los dirigentes de Podemos, se parece demasiado a la idea tan vieja como infértil de la “unidad de la izquierda”. Mientras que la disolución de Podemos en una articulación de agrupaciones locales y sectoriales amenaza con desandar lo avanzado en la construcción de una propuesta política y no un mero traspaso del activismo social a las elecciones.

Juan Carlos Monedero lo ha advertido con insistencia en sus últimas intervenciones, que han sido numerosas a pesar de haber renunciado a los órganos de dirección hace sólo semanas. Se corre el peligro, cree, de producir una “balcanización” de las fuerzas de cambio en el Parlamento. Su propuesta es la de reconocer el positivo peso simbólico de la marca “Podemos” y agregar a las listas de agrupaciones locales a una sola propuesta nacional. Lo que está en juego no es tanto la preeminencia del nombre como el darle continuidad a la expansión de las bases de sustentación de la política de Podemos.

En el círculo de la agrupación de Chile, un domingo a mediodía, a 11 mil kilómetros de España, la discusión es candente. Hay que abrir Podemos, sostienen algunos. Hay que recuperar el espíritu del 15 M y reconocer la diversidad que hay fuera de nosotros, dicen. De acuerdo, plantean otros, ¿pero no es acaso precisamente lo que hacemos?, ¿no es acaso Podemos abierto hoy mismo? ¿Qué más se puede abrir? Se suman más voces y la decisión es casi unánime: sí, la ventana es ahora.

Al otro lado del Atlántico, el mismo ánimo inflama a Iglesias: “La política no tiene nada que ver con tener razón. La política es sobre triunfar”.