“Toda la cuestión parece pasar por pensar otras figuras de la política en el principio del fin de la figura política”

Consignas

Consignas es un libro sobre política. Con la excusa de una conversación, Miguel Valderrama y Oscar Ariel Cabezas van dando forma a un pequeño diccionario para la política de izquierda. El diagrama que expone este diccionario para la izquierda es el usual, las palabras que lo recorren son las de militancia, democracia, resistencias, izquierda, emancipación, revolución y comunismo, entre otras. Lo que no es usual, sin embargo, para un diccionario y, menos aún, para una consigna es enunciarse desde el decline, desde cierto decaer de las certezas de las que se confiaba la izquierda.

Y es, precisamente, este lugar, desprovisto de la seguridad que daban los horizontes de la utopía y de la promesa en el que se enuncian estas consignas que no tienen otro umbral que ese fuera de tiempo monstruoso de lo que aun no acaba de terminar y aquello que no adviene todavía. Tiempo del clinamen, de la lluvia, de las cosas que penden aun de un hilo que no termina de cortarse, tiempo este, de la desaparición. Un tiempo de la melancolía, sin duda. Pero no aquella que se figura en el simple trayecto de lo que va de un pasado, que perdemos y añoramos, a un presente que rechazamos, pero que no tenemos los modos para transformarlo. La consigna de la política de la melancolía no es una que se diga en los extremos del inicio y del fin, tampoco es una que se acomode a aquella definición que hacía de ésta la metáfora perfecta para el abandono del cuerpo y proponía una vuelta a sí con el objeto de huir del desencanto de la vida que nos tocó vivir.

Lejos de ese aislamiento muy propio de la acidia, la política de la melancolía que recorre Consignas es aquella de las cóleras negras como la Démeter quien no descansa en una furiosa búsqueda de su hija arrebatada; la de Medea quien loca de desamor pone fin a su progenie; o la de Antígona, figura trágica más de una vez invocada en este libro, que desoye con obstinación el orden que impone la comunidad. Historias de mujeres, escritas por mano masculina, no lo olvidemos. Historias de locas mujeres que reivindican el espacio de lo privado de los afectos familiares por sobre los afectos de lo púbico. Historias que describen a las mujeres en tanto ironías de la comunidad que no solo desconocen las reglas del bien común sino que las desprecian. Historias, entre otras, que vienen narrando a las mujeres, desde antiguo, desde la esquina de la pasión, la inestabilidad y el cuerpo y, por lo tanto, poco confiables para la política. Ésta también ha sido la esquina que ha tomado tradicionalmente la izquierda. De ahí, que la traza melancólica que recorre Consignas no tenga mejor descripción que la de la interrupción de lo común de la comunidad, precisamente, desde el cuerpo, los afectos y la pasión.

Es por ello, la torsión, la lectura a contra marcha de Antígona que más que figurarse como adorno y oropel familiar, esto es, como síntoma de un orden filial, se describa como una política de la parafilia, una interrupción a la comunidad. En este sentido se señala: “la Antígona de Sófocles es portadora de la pulsión de muerte (…) sorda, obstinada, ciega, su resistencia es la del deseo puro (…) en su seno está el cadáver”[1].

Antígona loca de amor por un cuerpo que ya no late, por un cuerpo caído, sin heroísmo alguno, desnudo, vulnerable. Un cuerpo no viril. Este deseo frio que recorre las líneas de la tragedia de la hija-hermana de Edipo no hace sino que desbaratar, interrumpir, el dos con el que habitualmente se ha leído la trama de la política de izquierda escindida, siempre, entre estado y la familia, lo público, lo privado, lo activo y lo pasivo. Sabemos que parte de ese reparto corresponde a lo masculino y lo femenino. Antígona se opone al orden patriarcal del Estado, es cierto; pero se opone, también, al orden paterno de la familia. Ni estado, ni familia es al parecer la consigna de las cóleras negras. Entonces, de ningún modo, la política de la melancolía, cuya figura por excelencia es la de Antígona, puede ser descrita como un acto ético sacrificial y como tal restitutorio de un orden de la comunidad[2]. Por el contrario, su política es la de la resistencia no dialectizable. En este punto se indica: “la posición de Antígona es la del corte, del paso más allá, de la interrupción. Y no obstante, en tanto memoria inmemorial de un daño absoluto, su posición es también la de la desolación, la de la suspensión sublime”[3].

¿Qué política podría ser ésta? ¿Qué izquierda se podría decir en este nombre? Tal vez una que ponga en entre dicho las categorías con que la propia izquierda se ha venido, cómodamente, definiendo. El modo ensayado en Consignas a esta interrupción es la de una política de la literatura. No es casual que a las voces de resistencia, militancia y democracia, por mencionar algunas, sean confrontadas con las figuras de Antígona, Bartleby o Roy Batty, el androide. Una política de la literatura que vuelve explícito los modos en que la oralidad autoriza, establece límites y fija los posibles e imposibles de un orden de lo común. Más que el gesto activo de la voz, se opta por el trazo moroso y, y por qué no decirlo, parasitario de la escritura. La letra como lugar de interrupción de las certezas y verdades demasiado luminosas con las que se ha guidado la izquierda. El después en el antes con el que la escritura detiene las jerarquías impuestas por el orden de la oralidad no busca la simple visibilización de historias de lo que ha quedado ausente o al margen de los relatos del poder; o la reivindicación de los contrarios: la oscuridad, lo privado, lo femenino. Caminos tomados, como sabemos, por la izquierda del bajo pueblo o los feminismos de la diferencia. Distinto a ello, el redoblamiento de la voz por la letra, en su detención, busca proponer otra materialidad, otros cuerpos. He aquí la alteración de la política de la melancolía: el artificio del “después” en el antes de la vida. La monstruosidad de un tiempo fuera de quicio, como se indica en Consignas, implicaría poner atención en los modos en que narramos lo común de la política de izquierda y, desde ahí, desde aquella interrupción, describir otros cuerpos, otras políticas.

Y todavía cabe la pregunta ¿cómo la política de izquierda podría hacer esto? ¿Cómo dar con el tiempo para la demora de la letra frente a la urgencia de la vida? Por mucho tiempo estas preguntas, que no son otras que las de la eficiencia y la productividad, nos han hecho creer que la manera más adecuada para cuestionar y transformar el privilegio y la desigualdad que nos rige y despoja es confiar en la acción que se organiza en la inmediatez del presente, en la urgencia, y se nos insta a dejar para un tiempo futuro la respuesta a estas cuestiones toda vez que se perciben como secundarias, parasitarias de la verdad de la acción. Ya habrá tiempo para cuestionar el régimen filial que los feminismos portan, ahora es urgente aprobar un proyecto de ley para la legalización del aborto bajo las causales de la victimización, la eugenesia y la protección de la vida, sin siquiera mencionar una vez, la autonomía de las mujeres. Ya habrá tiempo para cuestionar el vínculo entre amor romántico, propiedad y derechos, por ahora es urgente extender el lazo del contrato a las parejas homosexuales sin siquiera cuestionar la familia heterosexual que le sirve de base. Ya habrá tiempo de cuestionar, los modos en que las diferentes disciplinas reproducen un orden sexista y colonial, por ahora es urgente dar con los criterios que imponen la excelencia, la acreditación, la evaluación continua y la indexación en la producción de conocimientos sin siquiera notar que parte de la precariedad contemporánea proviene de aceptar dichos criterios.

Es frente a esta política de la urgencia de la acción que se enmarca  en un “eterno presente, de un presente absoluto que se dilata conjuntamente hacia el pasado y hacia el futuro”[4] que estas Consignas proponen una detención, una sustracción, una militancia post-militante figurada en Bartleby el escribiente que se resiste a copiar una letra más. He aquí nuevamente el recurso a una política de la literatura. Bartleby, entonces, no tanto como alegoría de “un sujeto” que palidece en el espesor de su melancolía[5], sino más bien como interrupción necesaria de los sentidos comunes que constituyen a la política de izquierda anudada en los nombre de una militancia siempre activa, heroica y masculina. Es por ello que este momento de la interrupción, esta cólera negra, de ninguna manera se deja describir en alguno de los costados de la dualidad de lo pasivo y lo activo, de lo masculino o lo femenino, de lo público o lo privado, es más bien un volver la mirada detenidamente sobre las narraciones, mitos y relatos que han constituido letra por letra los cuerpos y las políticas de la izquierda. Consignas para una política por venir, Consignas para una izquierda que se narre de otro modo.

 

[1] Ibíd., p. 78

[2] Ibíd., 81.

[3] Ibíd., p. 82.

[4] Ibíd. p., 27

[5] Ibíd., p. 29