Puede haber un heroísmo seco y falto de elocuencia como el de tantas mujeres que la historia no califica, pero los héroes masculinos se engrandecen con un buen llanto. Desde el lamento ambiguo de Aquiles por la pérdida de su amigo al llanto narcisista de Vidal por la pérdida de su Ferrari, las lágrimas no solo lavan los pecados sino que encienden la compasión del público.

Es de esperar que los políticos no saquen cuentas alegres de los débiles estándares éticos que mostramos en el tropiezo del héroe. Nuestros políticos deberían aprender de la literatura heroica que ellos no califican en ninguna escala de los códigos de la grandeza. A nadie le interesan sus discursos pero pueden llamar nuestra atención válidamente, con muestras sencillas de humanidad y de desprendimiento. Esperamos su arrepentimiento. Aunque sea como reconocimiento de su desidia o ejercicio de rehabilitación de sus impedimentos visuales, sería bueno que empezaran a ensayar las distintas declinaciones y vocalizaciones de la disculpa. La emoción reemplaza con ventaja la oratoria razonable e insignificante. Sin el dolor que evidencian las lágrimas, el arrepentimiento no alcanza a tocar la pasión de los otros. Una política sin llorar no es de machos sino de impostores y de marionetas.

Ahora, hay que tener la gracia de Arturo y que no tiene la reina para el llanto. No basta vacilar, carraspear y bajar la cabeza para que la pena pase de uno en otro. Lo contrario del llanto es el lloriqueo del que se queja de un daño fingido y que a falta de sinceridad debe exagerar su gesto o apelar a la infaltable sensiblería. El mismo Vidal es maestro en el arte de dejarse caer fulminado por una falta que no le han cometido y que permite encubrir un error propio. Pero en esta vuelta su desconsuelo pareció sincero.

La impostura todavía es el homenaje del cálculo sentimental a la emoción verídica. Hay toda una corriente política de llorones opuesta a una cultura de machos inconmovibles, que juegan a oponer los reflejos secos y húmedos en la política. Hay culturas, amadas por nuestro pueblo, que han profesionalizado a las lloronas y donde los empleos de medio tiempo se ejercen en el asesinato. Ellos comen bailan y se ríen de la muerte de una manera que hemos perdido de vista en nuestro lio amoroso con la modernidad. Nosotros creemos ser inmunes a estas inclinaciones del cuerpo y preferimos negarlas y participar secretamente de su vértigo.

Somos conservadores. Esto no quiere decir reaccionarios, sino disponibles para la negación y el rechazo de todo aquello que no se controla ni por su tradición ni por su inercia. Concebimos la política y la vida social desde un ideal aséptico y aburrido del espacio público. Pero nos reservamos la clandestinidad y el resquicio. Vivimos parados sobre la ebullición de la vida y lo único que se nos ocurre es juzgarla.

En el drama chileno, la tristeza y el desprecio se presentan subsumidos en la austeridad y la supuesta objetividad de la técnica. Llorar y maldecir están asociados en el mal gusto por una política descreída y sin promesas. En este páramo del desapego, las vidas ilustres se nos presentan pero no alcanzan a configurarse y desaparecen en medio de la total indiferencia del mundo ante su pérdida. El bien común, aquí es una apelación a la tradición, una generalidad o, en el mejor de los casos,  una concesión a los inocentes. Las misiones épicas en la política, la liberación de las opresiones, la salvación del dolor o la reacción sanadora son, cada vez más, sustraídas a la gente y entregadas a la inercia de la burocracia. Si solo aprendiéramos a ejercitarnos en el baile.

La banalidad de la vida pública se rompe cuando aparece herido uno que cabalga en un Ferrari, tatuado y peinado como Maorí y que nos ha salvado clavando a los adversarios con su lanza de fuego. Ese, se merece nuestro perdón y, a condición de perseverar en el heroísmo, se merece incuso nuestra simpatía.