Antes era Celia Punk y de repente, como si nada, se convirtió en Rey. Pasó de ser la estampa cómica en la que el desarreglado rostro de una cantante se cruzaba con los arreglos de tocador de un punketa de pichanga.

Pero el refinamiento no es caprichoso; el Rey se ganó su apodo a fuerza de arrebatarle en cada caso una idea precisa a sus piernas, de cabecear lo que vuele por el aire o devenir él mismo el caballero que sale con su coraza medieval (en su caso son tatuajes) a pelear a muerte una pelota en el mediocampo. El ingenio popular nunca descansa –como se suele decir- y se siente obligado a rotar en cada caso los nombres de fantasía que va aplicando a su figura. Los abulta o los contrae, según. Es propio del fútbol, forma parte de una historia repetida: la hinchada reconoce en uno de los suyos al hombre sencillo del pueblo que cambia un buen día su destino funesto por varias camionadas de euros en algún club de Europa. El hombre crece, se agranda, con el tiempo ya no sabe cómo dominar su salario y termina por invertirlo, entre otros objetos inútiles o suntuosos, en una máquina de cuatrocientos caballos de fuerza que maneja como un energúmeno por las pistas averiadas del país.

¿Tiene alguna culpa? En principio las autopistas de este país están tan poco preparadas para recibir la Ferrari del Rey, como lo está el Rey para recibir la presión de todo un país. Así que es una por otra. Por eso se toma un descanso, ablanda el stress con un número de copas poco calibrado y comete el error: pilotea sus cuatrocientos caballos con los reflejos de un burro anestesiado por la fatiga y el alcohol. Ahora no domina su coche ni las consecuencias de manejarlo ni se domina tampoco a sí mismo. Y es lógico, más aun cuando los medios, vigías parasitarios de una manía triunfante que en Chile ha empezado por fin a caer en pedazos, han convertido en Rey a alguien que no es tan tonto como para no saber que los reyes no existen. Es el drama de quien sabe que no es lo que le dicen que es y a pesar de eso debe cargar con la desdicha de simularlo.

Poco importa en este contexto el punto en el que se concentran los medios, si Sampaoli actuó bien o mal, si tenía que aplicarle o no una sanción disciplinaria. No estamos en la escuela, el carácter de un “Rey” es difícilmente modelable y, en caso de que lo fuera, no corresponde a la función de un técnico intentarlo. Por lo que el problema parece alojarse más bien en el desajuste, no sólo en el que se extiende entre el camioncito del conductor desprevenido y la nave alocada del ídolo (o en el hecho de que con todo el sueldo anual del primero no se alcanza a pagar el foco del coche del segundo), sino también entre la sed triunfalista de los medios –donde proliferan los “trovadores del gol”, los “perros de caza” o los “niños maravilla”- y la realidad de un juego en el que la roja alcanza hasta ahora los niveles moderados de cualquier selección sudamericana.

Si uno escuchaba hasta hace pocos días atrás a los fanáticos que comentaban en la televisión nacional la final de la Champions League, daba la impresión de que se jugaba entre el arquero Bravo y el Rey Arturo, pese a que el arquero tuvo que ver el partido desde la banca y al rey, después de sus reiterados desencuentros con el balón, lo retiraron de la cancha mientras un relator poseso gritaba: “¡Estoy enojado! ¡No puedo seguir! ¡Han sacado al alma del equipo!”.

Lo cierto es que la de Chile no es ni la mejor ni la peor selección del mundo ni tampoco son los mejores o los peores jugadores del mundo el pitbull, el niño maravilla, el mago, el fantasista o el Rey. Al parecer el síntoma está en otra parte, probablemente en un país que quiere ganar algo –da lo mismo lo que sea- con el fin de negarse irresponsablemente todo lo que ha perdido: lo mismo que una nueva generación ha empezado por fin a reclamar en las calles. Es fácil obsesionarse con la indisciplina de un Rey que los propios medios inventaron mientras el resto de la corte se lleva en carretilla los dineros del Estado, chantajea con retirar la inversión si los trabajadores no se arrodillan, escupe sobre reformas que no alcanzan siquiera el grado de elementales y corrompen desde dentro a los que se ganaron, en un rapto de distracción o injusticia, la confianza del pueblo.

Bachelet misma, si vamos a seguir con la jerga del fútbol, se erró un penal sola frente a un arco vacío. Tenía con el caso Penta a la derecha en el suelo, tenía el aval de la ciudadanía, se había ganado a un pueblo honesto que soñaba con un país distinto, enredó el debate y perdió la pelota. Aspiró a obtener la confianza de sus enemigos dándole la espalda a todos los que la apoyaban. Lo traicionó todo y se quedó sola, salvo que esta vez sin arco ni pelota. ¿A quién le pide ahora disculpas este chico cuyo único pecado consistió en beber unos tragos de más, atender a su rutina de ludópata, jugar a la pelota y manejar su flamante Ferrari en estado de evidente descontrol? ¿A quién dirige sus palabras en medio de un país en el que los curas violan niños, los políticos se corrompen, los partidos cuentan con un tres por ciento de aprobación y los ministros diseñan reformas a espaldas de una voluntad casi única en la historia por cambiar de una buena vez la injusticia de un país que a estas alturas es fama en el mundo entero?

Napoléon decía: hago mis planes de batalla con el espíritu de mis soldados dormidos. Es lo que intenta hoy una gestión política a la que esa estrategia le queda ancha, en parte porque una buena porción de este país está completamente despierta, en parte porque del Rey Arturo no se espera nada que no sean los goles ocasionales que ya metió y los que tal vez alcance a meter esta tarde. Vidal le debe a Chile una disculpa. Es la disculpa de un sueño desmedido construido a pulso por la estupidez de los medios. Se supone que está en deuda con nosotros; esa deuda es nimia comparada con la que mantienen quienes creen que estamos dormidos.


Escritor y profesor Universidad de Chile