Nunca es fácil ni totalmente conveniente definir qué es cultura. Pese a esa dificultad, el recientemente nombrado Ministro de Cultura ha dicho al menos dos cosas: “Cultura tiene que ser el sinónimo de ´alegría de vivir´”. “Tengo un estilo de trabajo que tiene que ver con la gestión y eso significa poner en la discusión política a la cultura”.

A propósito de esto último, recordaba una publicación que un reconocido académico escribió en su muro de Facebook el mismo día que conocimos el nombre del sucesor de Barattini. Se hacía allí un par de preguntas que condensan cierto grito de hastío que intelectuales o actores vinculados con las culturas críticas experimentan cada vez que se conocen este tipo de anuncios, preguntas que no se dirigen a las personas que ocupan esos cargos sino a las definiciones de cultura que los subyacen: “¿Por qué tenía que ser un gestor por otro gestor en el Ministerio de Cultura? ¿Cuándo nos convencieron de que un ministro del sector debía necesariamente ser un gestor cultural o alguien “que sepa de números”?  ¿Por qué no un académico, un investigador, un novelista, un arquitecto? ¿Por qué no Grínor (Rojo), Pablo (Oyarzun), Nelly (Richard) y un largo etc.? ¿Por qué no un poeta -ya que la poesía es un arte mayor en Chile- por qué no un Zurita, un Hahn? ¿Por qué no un cineasta, un artista visual, un Premio Nacional en Humanidades y Ciencias Sociales, un Premio Nacional de Artes, un músico popular, un músico docto? ¿Cuándo será su turno? ¿Nunca?”

Nunca, si lo que predomina es un Estado empresarial y regulador de la cultura. Nunca, si lo que queda fuera de la discusión política es un llamado a inventar la cultura.

Cuando en el año 1959 se crea en Francia el Ministerio de asuntos culturales, el artista Jean Dubuffet declaró ácidamente: “La única imagen que yo tengo del estado es la de la policía. Sólo puedo imaginar un ministerio de la cultura como un departamento de policía, con sus comisarías, sus inspectores, sus agentes…”. Para Dubuffet, quien escribió en 1986 un texto titulado Asfixiante cultura, las instituciones culturales trabajarían sobre la idea de una comunidad brutalmente definida, categorizada y jerarquizada para luego sobre ella gobernar y arbitrar. La cultura así entendida, dice el artista, esclerotiza el pensamiento y nos obliga a percibir el mundo desde un “prisma concreto mayoritario y desde un modo de pensamiento único”.

 Un Estado policía, según la fórmula de Dubuffet, es un Estado que teme activar nudos de pensamiento emancipador, ocupándose más bien de inhibirlos por medio de la gestión de los modos de ver, pensar y decir ya existentes. Asfixiante cultura se escribe precisamente cuando la Gestión Cultural comienza a constituirse como disciplina en Francia, momento que a su vez coincide con los albores de una Democracia que terminó por profundizar y armonizar los intereses globales de la libertad económica. Se trata también del desplazamiento de una democracia sustantiva o participativa por una democracia de los consensos. Y consenso no significa solo un acuerdo, sino como señala Jacques Rancière, “significa un modo de estructuración simbólica de la comunidad que evacúa el corazón mismo de la comunidad política, es decir, el disenso”. En cualquier caso, una democracia del consenso implicará siempre reducir la fuerza de lo múltiple y heterogéneo en favor de la unidad, recreando con ello la ficción de una comunidad reconciliada y pacífica.

La Gestión Cultural emerge entonces asociada a esa mutación epocal. Por eso no es extraño que su institucionalización se haya producido en la mayor parte de los países europeos y latinoamericanos en contextos de post-crisis y, más específicamente, en contextos de consolidación del capitalismo transnacional. Cabezas maniáticas del orden, instrumentos ya afinados con la amnesia colectiva, quienes condujeron las transiciones se impusieron una búsqueda renovada de las identidades culturales y las tradiciones después de décadas de crimen y violencia y, al mismo tiempo, de patrocinar el pluralismo de formas de vida propiciadas por la ficción multiculturalista. Peligroso mea culpa, más parecido a un secreto familiar vergonzoso o a un truco defensivo.

El caso chileno no se distancia mucho de la descripción recientemente realizada. Durante los densos años de Dictadura, la crítica cultural (no se hablaba todavía de gestión cultural) que animaban sobre todo intelectuales y artistas que circulaban en espacios para-universitarios, tenía que ver con producir subjetividades emancipadas o rebeldes respecto del aparato estatal represor. Se hablaba entonces de contracultura, de cultura de los márgenes o los bordes, de politización de la cultura y el arte.

El año 89 marcará el inicio de la llamada Transición a la Democracia. Como ha sido señalado por la crítica de izquierda, lo que allí hubo no fue una transición sino una profundización y radicalización del modelo neoliberal. Muchos de los que mantuvieron una postura de oposición básica y una inteligencia despierta, optaron por ejercicios de adaptación en nombre de la estabilidad económica y política. En su rearticulación, el Estado tuvo que reinventar un concepto de sociedad civil leído esta vez en clave de democracia y mercado. Palabras como desarrollo, planificación, fomento, difusión, financiamiento comenzaron a repletar el léxico de las políticas culturales, palabras mezquinas y apáticas que siguen funcionando hoy como sinónimos de cultura.

Este paso, que podríamos signarlo como un paso de lo político en cultura a la acción de la política en cultura conlleva un problema crucial: en nombre de una gestión de la cultura, la cultura deja de ser comprendida como un espacio que posibilita reconfiguraciones sensibles inéditas. No creo, sin embargo, que una salida a este dilema pase por el giro neo-conservador del que hemos sido testigos durante las últimas dos décadas. Con giro neo-conservador me refiero a ciertas posiciones que han defendido la idea de un retorno a la autonomía de las disciplinas con el fin de evitar su fusión con la asfixiante e inmunda cultura.

No me convence esta especie de asepsia. Que todo lo cultural es económico y que todo lo económico es cultural parece ser el arranque obligado, el dato de realidad que constituye nuestra trama actual. A propósito de la creación en Argentina de una secretaría de Estado vinculada con la promoción cultural presidida por el filósofo Ricardo Forster, el Director de la Biblioteca Nacional, Horacio González, escribió una columna donde se preguntaba por la posibilidad de un Estado capaz de pensar la emancipación de la sociedad que lo constituye, un Estado que sea capaz de pensar incluso contra sus propias lógicas. Y acota lo siguiente: “en el Estado debe haber un agenciamiento de fuerzas sociales que puedan resolverse en su presencia en empresas productivas apartadas tanto de la reproductibilidad meramente capitalista como de la globalización compulsiva. De ahí que una política económica emancipada es, en el fondo, una verdadera política cultural; y una política cultural puede iniciar una época, poniéndose en actitud crítica o denegatoria de las mismas instituciones públicas que le dieron origen. Parece difícil, pero al fin esto es lo decisivo”.

Y entonces, ¿a qué se refiere el Ministro cuándo dice que una política cultural debe traducirse en “alegría de vivir”?  De cualquier forma, cualquier organización social de la felicidad encontrará dificultades para desplegarse si se pone del lado de su gestión o de algún tipo de consigna o programa de vida.

En fin, pienso que la discusión debe darse sobre todo en el plano del tipo de democracia que tenemos y que queremos. No se trata de condenar de plano la democracia ni las políticas públicas culturales, sino de volver a pensar el vínculo entre política y pasión, entre política e invención de la libertad. En ese sentido, la gestión es el manto con que se cubren las actuales estrategias culturales, pero su forro precario asoma por todas partes.