La era de la transparencia ha llegado a Chile. Nos trae mas información, una mayor exposición de las élites al escrutinio público y deja al descubierto como funciona la conciencia ética y social de algunos empresarios. En pocos días- y sin mediar la intención maquiavélica de nadie- altos funcionarios sacan la voz, se desmantelan redes, se destapan expedientes archivados. Lejos van quedando los liderazgos basados en la comunicación sesgada, el falso pudor de autoridades que manipulan la información, las ganancias asociadas a la ignorancia del consumidor. Aunque siempre es mejor saber que no saber el “destape” está causando inquietud.

Es que la transparencia no viene sola. Trae consigo un efecto colateral que funciona como un velo cuando tanta luz se vuelve insoportable. Saber todo de las mentiras, de las lealtades rotas, de los mandatos traficados, no tiene por efecto acercar a las personas sino que las aleja. Como bien lo señala el filósofo coreano Byung -Chul Han tanta transparencia puede ser pornográfica. Cuando todo está expuesto se pierde el interés. No hay relación ni afectos posibles. La conversación se interrumpe. Situación delicada pues se corre el riesgo del repliegue en la esfera individual, privada, apática de la anomia. Situación que es también violenta pues nos muestra que los actores, se han vuelto hiper-operacionales, en cuanto se insertan en el torrente liso del capital, la comunicación, la información. En esta era positiva al extremo “Todo se alisa, es funcional, el hombre mismo se ha convertido en un elemento funcional del sistema” (La sociedad de la transparencia, 2013). Los acusados o procesados de hoy, públicos y privados, han sido por mucho tiempo piezas funcionales del sistema. Sólo que no lo veíamos.

El efecto colateral de tanta evidencia sobre valores rotos –o inexistentes- es el manto de desconfianza que se cierne sobre la clase dirigente, sobre las instituciones, sobre la vida en común. La desconfianza pasa a impregnar afectivamente las relaciones interpersonales. Es lo que ha ocurrido en países que han tenido “traumas” en su convivencia. El cielo se oscurece y hay que buscar nuevos claros en el bosque simbólico para tejer nuevas formas de convivir. Porque de eso se trata, de un daño afectivo que ocurre en el cuerpo, en las emociones y en la autoestima de quienes “confiaron”. Es la constatación de la propia vulnerabilidad, el saber que somos interdependientes y que, a la vez, tenemos en nuestras manos el poder de….desconfiar. Pero antes de buscar remedios y paliativos hay que afinar el diagnóstico.

El impacto de la desconfianza. El primero y mas evidente es el impacto en lo económico pues aumentan los costos de transacción. En nuestras sociedades de capitalismo tardío, el sistema social no opera mediante controles burocráticos y represivos como lo fue en los Estados modernos. El control social no es negativo sino positivo: el capitalismo mueve emociones, el mercado opera con satisfactores, los políticos hacen promesas. Todos los agentes económicos, políticos, sociales y culturales han pasado a depender del “me gusta”. El supuesto en que descansan las democracias de mercado es lo que se llama el “interés encapsulado” lo que quiere decir que está en el interés de aquellos en que se confía el comportarse de una manera que es beneficiosa y no dañina para quienes confían (Hardin, R. 1993). De lo contrario no habría contratos ni intercambios de ningún tipo tanto en la economía como en la política. North (1990) y el neo-institucionalismo en economía han demostrado el rol del Estado en mantener la confianza necesaria para que operen los mercados. Las corridas bancarias son una reacción casi inmediata a la pérdida de confianza. No es ficción imaginar un escenario en el que el consumidor/cliente, llevado por una súbita pérdida de confianza, se negare a cotizar en las AFP, en la ISAPRE, en el TV cable? En cierto sentido el bastón o joystick lo tiene el individuo: cada uno de nosotros se ha convertido en el regulador de las confianzas que deposita en las empresas, en los políticos en el Gobierno! Y como declaraba irónicamente Warren Buffet: puedes demorar 20 años en construir confianza y 5” en destruirla!

En el área política la desconfianza es endémica, es el telón de fondo de la disputa por acceder al poder. El tema de la relación entre democracia y confianza adquirió mucha relevancia académica en los años 90, lo que ha sido atribuido por Warren (1999) a la extensión de la democracia liberal en continentes donde no estaba presente (Europa del Este, África, América del Sur). Tema que reflota mas recientemente por la evidencia acumulada del deterioro de lo que se llama la confianza generalizada y que afecta la relación del ciudadano con el sistema político. Varios son los sociólogos que han resaltado la necesidad de la confianza en las sociedades complejas (Offe, 1996; Luhmann, 1998; Giddens 1990). Mientras mas diferenciadas son las sociedades, mas interdependientes, aumenta la vulnerabilidad del individuo. Siendo limitadas las capacidades personales para lidiar con las contingencias de la vida, está obligado a confiar en otros, en sistemas, en instituciones. Esto le permite potenciar y coordinar acciones en horizontes mas amplios de tiempo y espacio. Al hacerlo pasa a depender de un compromiso tácito: que sus intereses no serán vulnerados. Cuando una de las partes rompe el compromiso hay daño material y simbólico. Las personas, los ciudadanos se sienten abusados, pasados a llevar, engañados.

En coyunturas críticas para la confianza pública se abren las clásicas alternativas planteadas por Hirschman: retirarse, reclamar o ser leal (exit, voice or loyalty).
¿Cuál de estas vías están mas vigentes hoy? Las conductas de retiro ya las conocemos en cuanto se expresan en la baja intención de voto. El reclamo también, pues se viene expresando en las manifestaciones callejeras mas variadas que van desde la “indignación” en Twitter, a la “funa” , hasta las movilizaciones mas organizadas. La menos frecuente parece ser la lealtad a las instituciones a menos que se interprete el silencio y el “dejar que las instituciones funcionen” como una adhesión al sistema. En este último caso ¿quiénes estarían por esta salida sino los actores que viven y participan de la normalidad institucional? Lo que hay que mirar de frente es que esa “normalidad” suena mas a viejas formas de control social, a la Foucault, y que en todo caso es una normalidad que se ha roto al menos en el plano subjetivo y simbólico. Cuando la confianza el daño ya está hecho hay que pasar a hacerse cargo del costo.

Daños a la cultura compartida. El costo mas lento y difícil de reparar es el que afecta la cultura compartida. El tema de fondo es que no se puede remontar la caída de la confianza sin modificar el ethos que ha confundido lo económico y lo político, lo público y lo privado, lo individual y lo colectivo. Y ese ethos es la legitimidad de que goza la persecución del interés individual al menor costo. Este lema penetra en forma transversal a todos los agentes. En la medida en que las reglas del mercado se introdujeron en casi todas las esferas de la vida social – no solo la política sino también la salud, la educación – el dinero es el medio por excelencia del acceso a una buena vida (Sandel, 2013). Y eso trae consigo ciertas formas de pensar, ciertos valores. La mercantilización de cada aspecto de la vida no favorece la democracia. No sólo porque introduce fisuras entre los mas acomodados y los menos favorecidos sino porque desplaza valores, actitudes y normas básicas para la vida en común como el preocuparse del otro, la solidaridad. Que las farmacias se coludan par obtener mas ganancias, que los políticos y/o parlamentarios persigan intereses personales, que una empresa contamine, que la autoridad ponga su interés por sobre su función, que se evada el pago de impuestos…la lista es larga de conductas sino legítimas al menos validadas en el sentido común de una economía de mercado con enclaves patrimoniales como la nuestra, la que por décadas ha puesto el interés privado por sobre el bien común.

Estos comportamientos no son privativos de la élite. ¿Que significa que la gente sea favorable a un cambio del sistema de pensiones? La razón principal es que está detrás es la de conseguir algo vital para una anciano: un aumento de su pensión. Interés legítimo pero que soslaya por completo el elemento de solidaridad. Y lo mismo ocurre en la salud, la educación, el transporte, los medios, los servicios básicos. El sistema está construido de tal manera que unos cuantos conglomerados financieros definen las condiciones de vida de todos los chilenos. Con la participación y subsidio del Estado. ¿Cómo se le podría pedir a la gente común que confíe, que ponga algo de su parte en pro de un bien común que carece de sentido? Ya lo decía Alfredo Sfeir: vivimos en una sociedad materialmente rica y espiritualmente pobre. ¿Qué mas pobreza valórica que el despliegue de intereses privados que han pasado a llevar lo público? El broche de oro lo acaba de poner el jugador estrella de la selección nacional de fútbol.

Los Gobiernos pueden construir/destruir confianza. Si la desconfianza ha aumentado, si lo que era “normal” ya no parece tanto, está claro que la reparación no puede venir de declaraciones mediáticas, de gestos populistas ni de comisiones de estudio. El rol del gobierno es crucial en establecer (y también en destruir!) niveles de confianza básicos que hacen posible una amplia gama de transacciones sociales, políticas y económicas. Lo central es que demuestre competencia y justicia en la administración del Estado. Una prerrogativa del Estado es justamente la capacidad de monitorear –mediante la burocracia-el comportamiento de quienes están sometidos a leyes y regulaciones públicas. Una burocracia honesta y competente reduce los incentivos para la corrupción y la búsqueda de rentas al tiempo que aumenta la adhesión y el cumplimiento de las normativas estatales.
Esta confianza se puede perder si la ciudadanía percibe que el gobierno no es eficaz, que no ha sido imparcial, que ha fallado en sus promesas políticas o…se ha coludido con quienes tiene que supervisar. De hecho el juego entre oposición y Gobierno, entre mayorías y minorías parlamentarias, se centra en demostrar que no lo están haciendo bien con lo cual se nutre la desconfianza. Los líderes de un gobierno pueden intentar recuperar la confianza mostrándose personal y políticamente vulnerables. Como cualquier líder esto supone tener carisma, demostrar eficacia y la disposición a asumir una postura consistente y ética a pesar de los costos potenciales en que pueda incurrir (Levi, 1998). En cualquier caso la democracia se beneficia en la medida en que revitaliza la relación representantes/representados.

Participación ciudadana. Una de las salidas que los gobiernos tienen a mano para recuperar la confianza de los ciudadanos es involucrando a estos últimos en el proceso de toma de decisiones. En la literatura sobre gobernabilidad se cita el caso de Australia en los años 1970 cuando un Primer Ministro tuvo que llamar a una convención constitucional para redefinir la política tributaria y así detener la evasión y la revuelta contra los impuestos (Levi, 1998). Aunque el tema tributario es bastante mas acotado el ejemplo puede servir de referencia a l ahora de comprender los beneficios que podría tener una consulta ciudadana en materia constitucional.

Durante la década de los 90, en plena fase de democratización, los estudios colocaban a Chile en el grupo de países que tenía altos niveles de confianza en sus parlamentarios y bajos niveles de confianza social, ubicándose junto a democracias recientes de países del Este. Estos datos, levantados por el World Values Survey, fueron interpretados como una expresión de fe en los principios y en el potencial de la democracia como forma de gobierno mas que como una evaluación del trabajo práctico del Parlamento (Newton, K. 2001). Veinte años mas tarde la situación ha cambiado radicalmente pues los índices de desconfianza respecto de los parlamentarios se han disparado. Razón que está estimulando, que duda cabe, el que no se deposite en ellos la exclusividad de reformas tan sustanciales como una Reforma Constitucional.
Todo lo cual nos permite abrir la hipótesis de que una cuota de desconfianza puede tener efectos positivos para la democracia pues introduce correctivos en las instituciones, en la forma en que se distribuye el poder y pone en evidencia la vulnerabilidad de la representación política.

Cuidar la reciprocidad El destape que develó irregularidades en el manejo tributario de algunas empresas y en las conductas de políticos y funcionarios no ha hecho sino mostrarnos la relación que se había establecido entre la política, los negocios y el Estado. Que la mayor transparencia haya hecho aflorar las desconfianzas respecto de los actores de estos tres sistemas no es ni bueno ni malo. Lo que ha demostrado es que quienes operen en ellos no pueden estar ajenos a sus mandantes: la ciudadanía. Lo que subyace al relato de los eventos y a las reacciones que suscita es el principio de reciprocidad. Quienes confían en las personas e instituciones esperan comportamientos acordes con lo pactado, tácitamente. El consenso es contingente, cada uno contribuye en la medida en que los demás también lo hacen! La conducta del ciudadano no es sólo racional, estratégica, es también ética. Y esto es lo novedoso. La desconfianza es un reclamo de reciprocidad.

Sería lamentable ceder a la tentación de desplazar todo lo ocurrido del ámbito político exclusivamente al plano penal. La sobrerregulación, la coerción como herramienta para proteger el bien común, puede generar una falsa sensación de seguridad que no es de larga duración. Transferir el problema a las instancias judiciales no nos exime de hacernos cargo de cumplir con los deberes que implica la vida en común. El no cuidar la reciprocidad en las relaciones es lo que genera desigualdad y resentimiento. Todos, cada uno a su nivel, tenemos tejado de vidrio en esta materia sólo que ahora es la elite la que ha quedado expuesta.
Lo que corresponde es atizar la capacidad de control de los ciudadanos, verdaderos detentores del poder, para exigir una organización de la vida en común que no vaya en desmedro de las mayorías. El escándalo puede ser el antídoto a la irresponsabilidad organizada a la que nos acostumbró el lenguaje de la “transición a la democracia”. Indignarse, exigir, hacerse cargo, participar, son verbos saludables en el Chile de hoy.

REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS

Braithwaite, V. and M. Levi (eds) (1998). Trust and Governance. New York: Russell Sage Foundation.

Byung-Hul Han (2013), La sociedad de la transparencia, Herder, Barcelona.social, armado de ese saber, puede deshacerlo.” (Pierre Bourdieu)
Coleman, J. S. (1988). “Social Capital in the Creation of Human Capital.” American Journal of Sociology, 94: 95–120

Giddens, A. (1984) The Constitution of Society

Hardin, R. (1998) Trust in Government, en Braithwaite, Levi. M eds Trust and Governance

Hirschman, A. O. 1970 Exit, Voice and Loyalty

Newton, K. (2001) Citando el World Values Surveys (1991–95) en “Trust, Civil Society and Democracy”, International Political Science Review.

North, O. (1990) Institutions, Institutional Change and Economic Performance, Cambridge University Press.

Offe, C. (1990) Theory of the Welfare State.

Sandel, M. TedGlobal 2013.

Warren, M.E. (ed.) (1999). Democracy and Trust. Cambridge: Cambridge University Press.