Un espectáculo. Ese es el concepto más adecuado con el que se podría resumir el paso de cada uno de los parlamentarios de derecha que se encuentran participando del proceso de formalización en el Ministerio Público por el bullado caso Penta. Desde la puesta en escena de la UDI hasta la descompensación de salud de Jovino Novoa, todo ha sido parte de un espectáculo, cuyos principales espectadores seguimos siendo nosotros, los chilenos.

Y, por cierto, este espectáculo como tal, debe ser poseedor de un desarrollo argumentativo y remate épico. El mejor ejemplo de lo expuesto anteriormente es el momento en que los acusados llegaron y se retiraron del Ministerio Público, siendo recibidos por un grupo de manifestantes que las emprendieron con golpes e insultos a los políticos-corruptos en la primera jornada de formalizaciones. El presidente de la UDI, Hernán Larraín, no tardó en salir a responsabilizar al Partido Comunista por esta supuesta “puesta en escena”, mientras que el timonel del PC, Guillermo Tellier, desmintió las acusaciones, lanzando en su habitual estilo, sendas ironías. Otra prueba más de la paranoia en la que ha incurrido la derecha nacional.

Pero más de allá de los hechos anecdóticos, triviales y sabrosos que dejan formalizaciones de estas características (sobre todo cuando hay poderosos de por medio), la pregunta de fondo que habría que plantearse es qué tipo de recibimiento esperaban los militantes del gremialismo. En momentos en que la clase política de Chile vive uno de sus peores momentos, tras destaparse un sinnúmero de casos de corrupción, ningún parlamentario podría esperar que alguien alabe alguna de sus acciones. La mayoría de las encuestas de opinión arrojan resultados que evidencian el estado de catástrofe y emergencia en el que se encuentran los partidos políticos, sean de derecha, sean de la Nueva Mayoría. Corrupción, dinero, negocios truchos, coimas y una larga lista negra de características propias que definen a muchos políticos (actuales, claro) era la antesala para que los denominados “Pentaboys” tuvieran un recibimiento de aquella magnitud. Y, por si fuera poco, cada uno de ellos sigue persistentemente negando los hechos, lanzándose culpas de lado a lado, sin asumir los costos que han dejado ante la ciudadanía. Entonces, expuestos los antecedentes anteriores –sigo preguntándome– qué recibimiento esperaban los imputados.

La UDI, durante todos los meses que ha durado este proceso, se ha preocupado la mayor parte de su tiempo en diseñar el mejor plan comunicacional para revertir la gravedad de los hechos, extendiendo la culpa a otros políticos y partidos, en vez de asumir las culpas que se les imputan; como si el oficialismo no se preocupara de sus propios casos de corrupción y anduviera realmente interesado en enviar a militantes a hacerles guardia en las puertas del Ministerio Público; como si los fiscales hayan emprendido una campaña en contra del partido más conservador de Chile; como si el Fiscal Nacional, Sabás Chahuán y el fiscal Carlos Gajardo fueran militantes de la Nueva Mayoría y lo único que quisieran es verlos tras las rejas; como si todo Chile estuviera en contra de las “santas palomas” del gremialismo.

Porque si los políticos-imputados fueran realmente conscientes de todo el daño que han provocado, no estarían optando por montar este espectáculo desde el papel de víctimas.

El caso de Moreira es aparte. Férreo defensor de Pinochet, ultraconservador y acérrimo opositor a todo tipo de derechos a la paridad de género, Moreira afirmó que asume el “reproche moral” que pudieron causar sus acciones y enfatizó que “no me van a arrebatar lo que me costó ganar, a través de una secretaría”. Esto, sobre la posibilidad de que se le pida el desafuero para su formalización. Las palabras del parlamentario no hacen más que confirmar su desafiante y característica personalidad dejando en evidencia que poco y nada entiende sobre el perjuicio que causaron sus acciones. Como en los años en que Moreira defendía con fuerza el legado del dictador, el parlamentario habló con la misma ceguera de aquellos años en que simplemente no quiere –y aún peor– no puede ver. Por cierto que sigue siendo “leal y consecuente” al modelo que ha defendido durante todos estos años.

Y para todo espectáculo sea exitoso, no olvide aplicar un final épico; por eso, nada mejor que una descomposición de salud de Jovino Novoa, “el recaudador”, tal como ocurrió en enero pasado con los controladores de Penta. Evadir las responsabilidades arguyendo causales de salud, muchas veces pueden ser efectivas, pero no en casos tan mediáticos como éstos. Entonces, si el diseño comunicacional incluía originalmente esta descompensación, no parece ser el camino más adecuado y efectivo para que todo este espectáculo que intenta montar la UDI llegue a buen puerto. Mejor sería seguir el libreto y dejar que todo siga su curso, es decir, los pocos días de cárcel para quien corresponda y luego que todo quede en nada, como en el caso de las farmacias. Así, comprenderemos que el espectáculo de la corrupción seguirá su trama infinitamente, mientras nosotros continuaremos siendo meros espectadores. Triste final.