La perplejidad y sus parientes cercanos, como el asombro o el pasmo, ocurren en nuestro encuentro con el mundo. Surgen cuando detectamos una torsión imprevista en aquello que llamamos “la realidad” y, en particular, con esa parte de la realidad que denominamos “social”, es decir, la de la convivencia con los otros, la de la vida en común.

La vida política reducida a un espectáculo de mala calidad, repetitivo y aburrido, es fuente de gran perplejidad. Las elites han producido, hasta el hartazgo, una forma degradada de vida en la polis. A fuerza de escándalos, descalificaciones y denuncias recíprocas, orientadas por una perversa lógica del “empate” (tu corrupción limpia mi corrupción) la han pisoteado y devaluado ad nauseam convirtiendo a la decencia en un bien escaso. La esfera pública se ha llenado de acusaciones cruzadas reproduciendo un sainete decadente que satura la cotidianeidad ciudadana llenándola de perplejidad y desafección. Las clases políticas y empresariales han entrado en un bucle neurótico y, aparentemente, suicida, de descalificación mutua cuyo primer efecto es la deslegitimación de todo el sistema institucional que las alimenta.

Se produce una desagradable adición de situaciones que “claman al cielo” por su evidente injusticia pero que no detienen su flujo putrefacto. Las gotas siguen indefinidamente rebalsando el vaso de la tolerancia ciudadana; las miserias políticas y empresariales se agolpan unas sobre otras. Las evidencias, lo que está “a ojos vista”, no son prueba de nada. La realidad pierde capacidad probatoria: se hace caricatura de sí misma. Todo “gira en banda”, todo está “pasado de rosca”. La perplejidad está cansada, débil, impotente.

Pero, una vez que todo está por los suelos los mismos que la han arruinado se ofrecen como sus aplicados reconstructores. Quienes durante décadas y con oficio preciosista la desprestigiaron, insisten en rediseñar la política desde la misma institucionalidad en crisis. Quieren repetir la jugada y nuevamente conciben la política como un espacio separado de la sociedad, algo a reparar por aquellos que saben: los técnicos, los constitucionalistas, los políticos “honestos”.

Ya se sabe, ninguna “transición” política es avara con las élites que la negociaron. Sus actores protagonistas negocian sus privilegios encubiertos como intereses de las mayorías. Una vez en el poder, alargan los tiempos hasta el letargo y construyen “democracias tuteladas”, en-la-medida-de-lo-posible. Por eso insisten en que, aunque pueden ser mejoradas, las cosas han sido hechas como deberían haberse hecho. Defienden con pasión el “marco institucional” vigente porque “ha demostrado su eficacia” y, acto seguido, piden ser ellos mismos quienes eliminen unas pocas manzanas podridas, excepción a una regla de probidad que no debería ser puesta en duda. Por eso apoyan Reformas que nunca impulsarán con valentía porque no son parte de su proyecto: las dejarán morir de inanición programática entrampándolas en discusiones “técnicas” estériles. Por eso le tienen pánico a una Asamblea Constituyente, recurso plebeyo y horizontal que abre la posibilidad de sustitución de hegemonías y prefieren “acuerdos políticos amplios” en un Congreso moribundo.

En las “transiciones”, las demandas sociales urgentes pierden la batalla y emergen verosimilitudes y voluntades blandas, propiciadoras de consensos timoratos entre actores políticos cada vez más mediocres, carentes de vínculos con la energía social a la que sin embargo, contra toda evidencia, insisten en representar. Para ellos siempre estamos en un eterno “todavía no” que demora la actualización aquí y ahora de la promesa democrática, esperando el mítico consenso que anestesie los conflictos. Pero, recordemos que “el poder neoliberal es una dominación que se disimula como consenso” (Jorge Alemán). La esperanza de estos reconstructores tardíos de los vínculos democráticos es poder ofrecer desde el mismo lugar de dominación las alternativas políticas que clausuren toda posibilidad de cambiar de verdad las reglas del juego.

La perplejidad genera un estado de desasosiego que nos deja incómodos e inciertos. Pero ese desasosiego puede ser fecundo o infecundo: puede ser el punto de partida de la indignación o de la resignación; de la rebeldía o del conformismo; el principio del grito poderoso o del silencio impotente.

La perplejidad se debilita y da lugar a la resignación cuando la tarea reparativa posible se divisa lejana e ingente. Pero también cuando las perplejidades se acumulan en exceso, cuando la producción social de situaciones desconcertantes se desboca; cuando las realidades insatisfactorias se añaden unas a otras en capas banales sin que nada pase. Cuando todo el lenguaje público se llena de eufemismos aparentemente inocuos: cuando a los delitos de los poderosos se les llama errores y a las demandas de los dominados se les llama extremismos; cuando al horror se le llama error, cuando a los rasputines palaciegos se les llama operadores políticos y también cuando un mismo dinero inmoral sostiene los lujos de moros y cristianos.

La actitud social dominante es el “aguante” y la pregunta es: ¿Hasta cuándo aguantaremos? ¿Qué tiene que pasar para que esta mala película se termine? Pero la capacidad de aguante también gira en banda, se agota: deja de ser una virtud y pasa a ser vivida como una claudicación frente a los poderosos. Aparece el abatimiento o su reflejo especular: la revuelta callejera ciega e impotente, igual de desquiciada que las dinámicas del poder.

Por el contrario, la perplejidad da lugar a la rebeldía propositiva, o al menos la anuncia, cuando encuentra la posibilidad de resonancia en la perplejidad de los otros; cuando se hace perplejidad común que incuba una voluntad colectiva de modificar las situaciones de agravio. Cuando deja de ser perplejidad rumiada y solitaria. La perplejidad es un campo energético cuando se imbrica con la indignación (indignación de cola de Consultorio, de enfermedad catastrófica, de jubilación miserable o de viaje matinal en el Transantiago, por ejemplo) y desde allí expresa tensión utópica creando grietas en las paredes del modelo: cuando se hace contrapoder, aquí y ahora.

No son tiempos ni del enfrentamiento dialéctico de totalidad contra totalidad, de clase contra clase, ni de posibilismos socialdemócratas o liberales. Son tiempos de ensayos libertarios y autónomos, de batallas constituyentes en los intersticios de la sinrazón neoliberal. Son tiempos para que emerjan nuevos actores políticos que aprendan a “mandar obedeciendo”. Son tiempos de buscar las intersecciones y acuerdos dialógicos, sin anestesias, entre los muchos, diversos y subalternos. Son tiempos para realizar una simultánea apuesta por la igualdad, la diferencia y la autonomía. Son tiempos de verdaderos procesos constituyentes vinculantes y no de simulacros participativos.

El aparente suicidio de la clase política deber ser interpretado más bien como una recomposición de las relaciones de poder entre sus diversas fracciones. De su juego perverso nada emergerá que favorezca el bien común de las mayorías.  El desafío en la actualidad es transformar la perplejidad en indignación, la indignación en utopía y la utopía en proyectos concretos restándole audiencia al espectáculo decadente. Es momento de desafección y de éxodo de la esfera estatal y mediática construyendo formas políticas, económicas, culturales, educacionales etc. diferentes de las hegemónicas.  La política puede salvarse a sí misma pero si cambia las reglas del juego, se hace comunitaria y vuelve a ser ética de la participación y la decencia común aquí y ahora.