Cucurella-Recuadro

Entre el amor, el sexo y la propiedad hay mucha relación y no porque quien tiene bienes, objetos, dinero, etc, con frecuencia se asegura también el sexo y eventualmente el amor, sino porque la persona amada y la persona que es nuestra pareja sexual, es considerada también como una propiedad.

A estas alturas de la difusión del conocimiento, cualquier persona sabe o puede saber fácilmente googleando el tema, que el amor, el sexo, la familia y las relaciones entre hombres y mujeres, no siempre fueron como las vemos ahora. En efecto, en los comienzos de la humanidad las maneras de asociarse para la mutua protección, el apareamiento y la crianza de los cachorros fueron muy diferentes a lo que se pretende hacer pasar por natural y consubstancial a los seres humanos: ha habido y aún  ahora existen en este planeta diferentes maneras de amor y sexo, que van desde la libertad escasamente reglamentada, al matrimonio por grupos, poliandria, poligamia, etc. hasta nuestra muy represiva y cuestionable monogamia para toda la vida, que para un alto porcentaje de los chilenos se convierte en realidad en una monogamia secuencial,  para para atenuar los desastrosos efectos psicológicos de esta camisa de fuerza a las pulsiones sexuales humanas y al crecimiento y cambio personal de cada persona a lo largo de su vida.

Y bueno, cuando una de estas formas de relación es la predominante, eso tiene efectos importantes en la organización social toda, como bien estableció hace más de cien años Engels en su obra El Origen de la Familia, la Propiedad Privada y el Estado. Y a su vez, esta organización social va imprimiendo maneras de ser, de sentir, de pensar, valorar y reaccionar frente a todas las cosas, especialmente frente a aquellas que amenazan a la estructura de esa organización social.

Y en nuestra muy occidental cristiana forma de organización social, el valor central es la propiedad, la propiedad y no la familia, como se ha pretendido que creamos: es la propiedad lo que el sistema protege y no la familia. Incluso más, la familia es una manera de proteger la propiedad.

¿Y por qué necesitamos tan desesperadamente la propiedad? Porque ella es una herramienta para exorcizar la angustia de la necesidad de sobrevivir y la certeza no menor de saber que por mucho que aventajemos a los demás, igualmente no sobreviviremos. La propiedad da el bienestar de la sensación de seguridad, toda esa seguridad que extraviamos al perder los vínculos cooperativos naturales que alguna vez tuvimos en los comienzos de nuestra especie.

Y si la familia es funcional a la propiedad, la propiedad sexual es funcional a ambas cosas, a la familia y a la propiedad misma: ese sentimiento que nos parece tan legítimo, de que quien amamos o con quien tenemos sexo de modo continuo, es una persona que nos pertenece, que es nuestra propiedad: decimos mi mujer, mi marido, mi amor, mi pareja. Y no es trivial lo que decimos al usar este adjetivo posesivo: estamos diciendo a los demás, a la persona poseída y a nosotros mismos, que es nuestra, que la cuidaremos, atesoraremos y defenderemos, incluso contra su propia voluntad si ello es necesario.

Como se puede ver, este hecho no es necesariamente abusivo o represivo, más aún, es con frecuencia una relación simbiótica, que si bien toma muchas veces la forma de una relación parasitaria, es en general una suerte de contrato de mutuo compromiso y beneficio. Por lo demás hay quienes por sus características psicológicas disfrutan mucho del poseer, poseer de todo, cosas, poder, sexo; y hay quienes, por el lado B de ese rasgo de carácter disfrutan lo contrario: van livianos por la vida, teniendo poco y poco de qué preocuparse, siendo poseídos mas que poseyendo, en las cosas y en el sexo. Y bueno, todos, absolutamente todos, tenemos ambos lados, aunque unos estén más cerca de un extremo que del otro y algunos vayan por el medio: de hecho, por muy posesivos o dominantes que seamos, también nuestra pareja nos considera suyos y si bien no nos vendemos totalmente al trabajar, al menos nos arrendamos, cedemos nuestro tiempo y nuestra vida por dinero durante varias horas diarias haciendo cosas que en general no son muy agradables (como decía un viejo amigo: “Si el trabajo fuera bueno para uno, no pagarían por hacerlo”, y el mismo origen de la palabra es tripalium , una palabra latina que nombraba un instrumento de tortura, y que se fue transformando en una manera de decir, dolor, tormento).

Por lo tanto, es muy claro y de escandaloso nada tiene, el ver y decir que hay mucho de natural y al mismo tiempo de atávico en esto de considerar que la persona amada o  aquella que es nuestro objeto sexual permanente, sea en lo profundo y más o menos inconsciente de nuestro ser, considerada nuestra propiedad privada. Épocas hubo y no muy lejanas, en que esto estuvo bastante legitimado, pero los tiempos van cambiando, al menos en deseos y en apariencias, pero cambian más lentamente y con dificultad en el fondo de nosotros. Y de estas fuerzas en tensión y relativo equilibrio, de lo que en un sentido somos profundamente y de lo que en otro sentido queremos ser como humanidad, del roce entre las placas tectónicas de lo que somos y podemos y queremos, surge permanentemente un conflicto intenso, desgastante y demasiadas veces mortal.

Así las cosas, por ejemplo, pocas personas pueden sostener en público, manteniendo la frente en alto y sin arriesgar algunos problemillas legales, que porque el perro es suyo pueden hacer lo que quieran con él: el sentido común, la empatía social y algunas tímidas leyes impiden el maltrato animal –excepción hecha de esa gran complicidad criminal que es la crianza industrializada de animales y aves para el consumo. Algo similar sucede con el uso de la tierra: el sitio, el fundo es una propiedad, pero no puedes dañar la tierra de modo irreversible o que dañe las propiedades vecinas, o al menos también existe alguna tímida tendencia social y legal a impedirlo. Con el agua, el aire y las personas está tendiendo a suceder lo mismo: la humanidad se da cuenta de que la propiedad irrestricta es, en el más tenue de los calificativos, tonta, cuando no francamente suicida.

Pero la propiedad del ser amado, de la persona con la que tenemos una relación sexual permanente, está en una esfera mas privada, menos sancionada socialmente, en absoluto legislada y aún legitimada de alguna manera. Tanto es así que aunque cuando cada vez se componen menos canciones que lo digan, todavía se escuchan por ahí algunas, como el bolero de amor “Propiedad privada”, compuesto por Modesto Lopez, amigo de de Victor Jara y hombre nada de retrógrado, al menos en sus posiciones políticas o latinoamericanistas y que habla justo de este considerar nuestra propiedad a quien amamos y sexuamos. Y Vicentico en su versión de “Algo contigo” trae a los ahora jóvenes la idea de “…controlar tu vida” en uno de los versos de ese tema.

Vale decir, poco se mete la sociedad con este tema, del cual bien podría pensarse que atenta contra la dignidad de las personas, contra su libertad, desarrollo, etc. Y es tan fuerte esto, que muchas veces, frente a la infidelidad de su pareja, con demasiada frecuencia las personas afectadas orientan su rabia, rencor, odio, celos o clara psicopatía, no contra su pareja,  que es quien tenía el compromiso de fidelidad, sino contra la otra persona, como si le hubiera robado algo. Sin poder aceptar que fue su pareja quien optó libremente por amar o sexuar con otra persona.

Esta patológica mirada, que no es sino producto de la adaptación a una sociedad enferma, lo cual nos convierte en lo mismo, es un severo problema en las terapias de  pareja o post separación, porque las energías del “afectado o afectada” no están orientadas a los temas adecuados, como el amor, el cambio, la comunicación, el compromiso, etc. sino a la propiedad , a quien nos roba y al infiel por robarnos de él mismo.

Y no son pocas las veces en que esta relación entre el amor, el sexo y la propiedad, termina con  el afectado por la infidelidad encerrado en una cárcel, a causa de su ceguera para entender que las personas no son ni deben ser propiedad de nadie.

Y es que en el amor y el sexo, como en toda propiedad, se trata en el mejor de los casos de un préstamo, aunque muchas veces haya sido en realidad una apropiación.