La desconfianza de Barrantes surge ante el liderazgo emergente de Alan García en la década de los ‘80, quien condujo paulatinamente a la Acción Popular Revolucionaria Americana (APRA) de ser un partido que en 1985-1990 se opuso a las directrices del Fondo Monetario Internacional, a ser un partido que a comienzos de este siglo se transformó en un instrumento político eficaz para llevar a cabo reformas neoliberales al sistema económico peruano. Por su parte, Boric recientemente sentenció que los socialistas chilenos deben devolver la franquicia, pues el Partido Socialista chileno ha perdido todo pudor ideológico para administrar el modelo económico neoliberal: ahí sólo habitan los intereses personales, los egos y la instrumentalización de sus militancias.

El carácter antiimperialista y latinoamericanista que ligó ideológicamente a los socialistas chilenos y a los apristas peruanos  durante los años ‘30, a lo largo del tiempo fue consumándose en un instrumentalismo político que derivó en militancias arraigadas en la pragmática política. Estos partidos, con potentes militancias que forjaron debates doctrinarios para imaginar un horizonte trasformador durante el siglo XX, perdieron aquella voluntad política y se acomodaron con rápida astucia a las exigencias del modelo neoliberal. Su repentino pragmatismo político durante los años ´90, no sólo responde a la posibilidad de implementar respuestas ante la llamada caída de los metarrelatos; también hay en ellos acciones políticas zigzagueantes en que predomina el oportunismo político por sobre la convicción ideológica. En otras palabras, podríamos señalar que son partidos políticos de “encaje” ideológico, en que determinadas coyunturas político-electorales son justificadas utilizando la historia monumental de estos partidos, acomodándolos a un discurso de la conveniencia: el “encaje” opera como justificativo de un contexto político que obliga a actuar de esa manera.

Por cierto, el actual Partido Socialista de Chile nada tiene que ver con aquel socialismo concebido en su fundación en 1933. Grove, González y Snake imaginaron una corriente política latinoamericanista y antiimperialista, cuyo entusiasmo permitió concitar la voluntad de militantes con vocación política de trasformación social. Los socialistas fueron creciendo durante esos años y sus posiciones políticas se acercaron a los proyectos ideados en los frentes electorales articulados con el radicalismo, e incluso con el Partido Comunista: en cada una de las participaciones en los gobiernos de Aguirre Cerda, Ríos y González Videla, sus definiciones políticas causaron controversias ideológicas que lo llevaron a sufrir divisiones internas.

Fue parte del sello ideológico de los socialistas zigzaguear en sus definiciones políticas ante las diversas coyunturas ocurridas en el período 1938-60. Podemos ver, por ejemplo, la ambigüedad de algunos de sus militantes frente a la proscripción de los comunistas a partir del gobierno de González Videla, o la participación de militantes en el gobierno de Carlos Ibáñez del Campo entre 1952-58; coyunturas políticas que sometieron al socialismo chileno a profundas divisiones orgánicas durante esas dos décadas. Sin embargo, a pesar del zigzagueo político, sus militantes nunca descuidaron su vocación por el debate ideológico dentro del socialismo. Salvador Allende, distanciado de Clodomiro Almeyda por su participación en el segundo gobierno de Ibáñez, forjaron corrientes socialistas distintas; sin embargo, aquello de ningún modo canceló la discusión doctrinaria.

El socialismo chileno mantuvo en sus lógicas partidarias internas, la frescura del debate doctrinario y, pese a que sus divisiones persistieron en el tiempo, nunca se extraviaron los ejes del afán ideológico que les dio origen en el alba de los años ’30: el antiimperialismo, la transformación social-política de la sociedad y su carácter latinoamericano. Quizás, su afinidad por el debate de ideas dentro la estructura partidaria permitió que los militantes socialistas consiguieran una relativa unidad para apoyar el proyecto de Salvador Allende a la presidencia en 1970. Sus disonancias político-ideológicas –como era de esperar– persistieron dentro del gobierno de la Unidad Popular respecto de la velocidad que debía tomar la vía democrática al socialismo.

El golpe de Estado de 1973 y la violencia política aplicada a los militantes de los partidos de izquierda, provocó en los socialistas una multiplicidad de divisiones orgánicas que dieron paso a una veintena de corrientes de pensamiento durante la década de los ‘80. Entre ellas, por ejemplo, destacaban vertientes del socialismo renovado cuyos militantes en el exilio, habían madurado la derrota hacia la flexibilización ideológica de sus postulados marxistas-leninistas, y con una impronta crítica a la experiencia desarrollada por los socialistas en la Unidad Popular. Por otra parte, socialistas históricos y otras variantes, agrupados bajo la figura de Almeyda, se configuraron en un eje de izquierda con otros partidos de oposición al régimen militar. La lucha contra la dictadura en los ‘80, reavivó cierto debate ideológico-doctrinario en los militantes, que perduró hasta la realización del plebiscito de 1988. En aquella oportunidad se transitó hacia un congreso de convergencia socialista que no sólo integró a las corrientes socialistas, sino también a sectores políticos cristianos (MAPU, Izquierda Cristiana), del MIR y comunistas. Sin embargo, a partir de la década del ’90, el Partido Socialista se desangraría ideológicamente, perdiendo potencia doctrinaria. Durante los últimos 25 años –salvo honrosas excepciones– los militantes socialistas han tendido a una instrumentalización de la política y a acomodarse a las vertientes ideológicas del modelo neoliberal sin demasiados complejos.

Alfonso Barrantes, el alcalde de Lima entre 1984 y 1987, gobernó la ciudad con tintes socialistas y con ello marcó distancia respecto de las élites políticas de la época. Izquierda Unida –la coalición que lo lleva a la alcaldía– había sido fundada en 1980, después de la renuncia de Barrantes al APRA, tras sentenciar que este partido había perdido su vocación trasformadora y que en un futuro sería absorbido por los sectores dominantes de la sociedad peruana.

El partido Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA) fundado en 1930 por Víctor Raúl Haya de la Torre, se configuró en su origen como un partido político latinoamericano y antiimperialista. El mismo Haya de La Torre en 1931 postuló a la presidencia del Perú, perdiendo aquellas elecciones ante el coronel Sánchez Cerro. Desde la década del ‘30 hasta fines de los ‘50, sus militantes sufrieron persecución y la proscripción del sistema político. Así también, en 1945 participaron de un frente democrático nacional apoyando a José Bustamante, quien intentaría llevar a cabo transformaciones al sistema económico y político del país, lo cual fue interrumpido en 1948 por un golpe de estado encabezado por el general Manuel Odría, quien  repone la medida política de proscribir al APRA.  Haya de la Torre sufriría el encarcelamiento que lo mantendrá a lo menos 5 años privado de libertad.  Tras el hostigamiento que sufrió el APRA durante esos años, en los siguientes decenios sus acciones políticas fueron zigzagueantes dentro del sistema político peruano.

En 1959, sufre una importante migración de militantes jóvenes que se adscriben a los postulados fundacionales del aprismo, y que llevan a fundar un APRA-Rebelde. Posteriormente estos militantes serían la base de la fundación del MIR peruano en 1965. Sin embargo, un hito importante en la década del ‘60 es el retorno a la escena política peruana de Haya de la Torre, quien participa en la elección presidencial de 1962 y gana por una mayoría relativa del 33%, lo que no garantiza ganar la presidencia, ya que se debe superar el 50% de los votos. Haya de la Torre decide negociar con el candidato nacionalista Manuel Odría para que éste asuma, y un militante del APRA asuma la vicepresidencia. Este acuerdo no se llevaría a cabo pues se produce un nuevo golpe de estado, que duró hasta 1963. Detrás de esta práctica del APRA se comienza configurar la noción de un partido instrumental que decanta sus postulados ideológicos.

A partir de esa experiencia, el APRA adquiere protagonismo político dentro del sistema parlamentario, consiguiendo cierto predominio en el Congreso; pero tras el golpe de Estado sufrido por el presidente Belaúnde Terry y la asunción de la dictadura populista de Velasco Alvarado, los partidos perdieron presencia en la escena política y social peruana. A fines de los’70, con la dictadura de Morales Bermúdez, se convocó a una asamblea constituyente, en que un joven militante del APRA destaca por su vocación progresista y su florida oratoria: Alan García comenzaba a perfilarse como el nuevo líder del aprismo, y en 1985 ganaría las elecciones superando en votos a la Izquierda Unida de Barrantes.  Pese a no tener mayoría absoluta, García alcanzó la presidencia pues Alfonso Barrantes decidió no participar en el balotaje.

El gobierno de García intentó llevar a cabo medidas progresistas moderadas y fortalecer una política pública estatal. A pesar de ese esfuerzo, su gobierno terminó con una muy baja aprobación debido fundamentalmente a una hiperinflación galopante. Posteriormente, el gobierno de Alberto Fujimori impulsaría la neoliberalización del Perú, a través de un gobierno autoritario que incluso llevó a cabo un autogolpe en 1992, para concentrar los poderes del Estado en el poder ejecutivo. En la debacle del proyecto fujimorista y su desprestigio a comienzos del siglo XXI, se revitalizaría el protagonismo del APRA con Alan García, que en 2001 disputaría la presidencia del país con Alejandro Toledo: perdería aquella elección, pero en la del 2006 tendría su revancha y volvería al gobierno. Sin embargo, en este segundo período el APRA ya se había convertido en un partido puntal de las trasformaciones neoliberales para la economía peruana, y su derivación hacia el instrumentalismo político configuró una militancia con una clara vocación funcional, donde los debates doctrinarios e ideológicos aparecen como cuestiones del pasado.

Socialistas chilenos y apristas peruanos se han convertido en partidos instrumentales, en que sólo opera el pragmatismo ideológico y la conveniencia política. Sus políticas del encaje son estrategias que de vez en cuando se utilizan para justificar sus acciones, enhebrando un pasado monumental nostálgico con un presente que les obliga a redimirse: ambos apelan a una memoria sin contenidos y a una nostalgia que ya no tiene momento ni lugar.