Alejandro Grimson. Foto: Archivo UNSAM.

Alejandro Grimson. Foto: Archivo Unsam.

Alejandro Grimson es un antropólogo bonaerense con una nutrida trayectoria en estudios sobre cultura y sociedad. Acumula influyentes trabajos sobre migraciones, culturas políticas, identidades e interculturalidad. Entre sus libros destacan La cultura y las crisis latinoamericanas, Los límites de la cultura. Crítica de las teorías de la identidad y su reciente Mitomanías argentinas, en el que desarma los mitos del sentido común del país trasandino para favorecer un debate más complejo y transparente sobre la sociedad argentina.

Enseña en la Universidad Nacional de San Martín (Unsam), de cuyo Instituto de Altos Estudios Sociales es decano. : las escuchas telefónicas que muestran al fallecido presidente de la Asociación de Fútbol Argentino, Julio Grondona, amañando el arbitraje del Boca-Corintians de la Libertadores 2013, y el ataque con gas pimienta de los hinchas de Boca a los jugadores de River Plate.

El esplendor del juego está en peligro, piensa Grimson, y lo peor es que no se trata de cualquier juego, sino de uno que ha influido de manera notable en la construcción nacional latinoamericana.

Hay quienes reducen el significado cultural del fútbol al sentido que tiene para ellos; opio para el pueblo, nacionalismo patriotero, triunfalismo irracional y esas cosas. ¿Qué papel ha jugado el fútbol en la construcción de nuestras costumbres y modos de mirarnos como naciones en América Latina?

Creo que en general pensar que las cuestiones de la cultura popular o masiva, no sólo el fútbol, también la religión o las telenovelas, son el opio de los pueblos es una mirada fuertemente rebatida hace por lo menos 30 años por muchos trabajos e investigación. Si los ciudadanos de un país son capaces de festejar un triunfo futbolístico en una copa del mundo, eso no los inhabilita para votar o movilizarse en contra de un gobierno que los perjudica. No son cosas contradictorias. Tomemos el caso de Brasil el año pasado; la movilización contra la copa del mundo fue muy fuerte. Ahora bien, la inmensa mayoría de los que participaron al mismo tiempo, durante los partidos, se sentaban frente al televisor para torcer por Brasil. ¿Por qué? Bueno, si alguien considera que lo racional es estar en casa escuchando una ópera o leyendo un libro, es una opinión personal, válida, pero yo no le doy ninguna relevancia. Tiene derecho a comportarse así, pero no para creer que el resto nos comportamos de modo irracional.

¿Es el fútbol una forma de “imaginar” la nación, como lo planteaba Benedict Anderson, en tanto práctica simbólica que construye ese “nosotros” nacional?

Sí, en el deporte, todas las naciones, y en el fútbol muchas naciones entre otras las latinoamericanas, encontramos un modo de construir parte de nuestra pertenencia nacional. De la misma manera en que otras naciones lo hacen con el beisbol, el básquetbol y otras cosas. Por ejemplo Maradona y Argentina. Comprender quién fue Diego Maradona para los argentinos es imposible sin entender algunas cuestiones muy fuertes para Argentina: qué es una villa miseria, dónde nació Maradona, dónde triunfó en Argentina. Maradona no llegó, al estilo Messi, desde el Barça; salió de Villa Fiorito, luego Argentinos Juniors, Boca y Nápoli, que no es de la zona rica de Italia, llevando a un club popular y estigmatizado de Italia al triunfo. Además, no podés entender el gol a los ingleses sin entender la Guerra de las Malvinas. A qué voy: no están desconectadas las cosas, son parte de narrativas que nosotros vamos haciendo colectivamente. El día que Maradona hizo ese gol a los ingleses yo tenía 18 años. Miles y miles de argentinos salimos a las calles a gritar como locos, ¿por qué? Porque a los ingleses no podíamos ganarles una guerra, pero once varones nuestros contra once de ellos en una cancha de fútbol sí podíamos y sí pudimos. Además, no queríamos la guerra, fue un invento de los militares y las víctimas fueron soldados y ciudadanos. Entonces Maradona nos reivindicó, y eso sí está vinculado al relato nacional.

Y en la narrativa de la Argentina de hoy, ¿qué lugar ocupa su selección de fútbol?

Yo creo que en el Mundial se dio una situación bastante particular, porque Argentina es un país que atraviesa desde hace muchos años una división política muy fuerte. Muy difícil de imaginar en Chile, porque es muy a la argentina, con niveles de confrontación muy altos. Y cuando veía al equipo antes del Mundial, parecía un equipo muy dividido, porque tenía una delantera tremendamente potente con Messi, Higuaín, Agüero, Di María -acá se hablaba de los 4 Fantásticos-, y una defensa muy débil. Todos pensábamos que la Argentina iba a hacer muchos goles, pero también le iban a hacer muchos goles. Pero pasó todo lo contrario, el equipo se unió y equilibró. Fue menos efectivo en el ataque de lo que creímos, pero también menos frágil en la defensa. Y bueno, llegó a la final. Ganando por un puro gol, por penales, nunca cinco a cero. Aunque acá en Argentina se decía ‘y bue, estos países que nos tocaron en la primera ronda no existen y tal’, pero después cada partido fue un parto. Todo eso es muy argentino, creer que con el que competís no existe. Ahora, en la Copa América algo de eso hubo, ‘uh, mira la zona que nos tocó, Jamaica, y bueno Uruguay y Paraguay son viejos rivales pero les vamos a ganar’. Bueno, Paraguay nos empató. En Argentina, como en Chile de otra forma, hay una tendencia nacional a la soberbia, pero también lo contrario, a la autodenigración; no, este país es una porquería, nos van a desrtruir a goles. Pero la selección no cayó en ninguna de esas trampas y para un argentino eso es difícil. Manteniéndose más reflexiva sobre su lugar, logró avanzar. Pero tengo mis temores acerca de cómo puedan ir evolucionando las cosas. Tenemos el desafío de retomar esas cosas del Mundial.

En Chile pasa algo parecido desde el sello que le imprimió Bielsa a esta generación. Significó una revolución futbolística, pero también un sacudón a la sociedad. La dupla Bielsa-Bonini traficó eso desde Argentina. ¿Qué hay allí?

Mira, todos los años que Bielsa fue director técnico de la selección chilena viajé a Chile. Y una gran sorpresa para un argentino que llega a Santiago es, ya en el taxi, encontrarse a los chilenos hablando bien de un argentino. Es algo impactante. Los chilenos lo vivían como algo sorprendente, porque Bielsa indicaba que no todos los argentinos eran como el estereotipo. Ahora, yo tengo que ser sincero con vos: Bielsa es una gran excepción. Yo lo admiro, lo aplaudo, lo sigo, me alegra que le haya ido bien en Chile y en cada lugar al que va. Pero Bielsa no representa al fútbol argentino, lamentablemente. A mí me alegra mucho que a Chile haya idolo mejor de Argentina, pero este señor se fue de la selección argentina por razones muy similares a las razones por las cuales se fue de Chile. O sea, porque el negocio, las transas y todo eso eran superiores a la capacidad del proyecto que él estaba desarrollando. Y esto va más allá del personaje, habla de los límites del fútbol y de algunos de sus valores básicos.

En Chile la privatización del fútbol ha avanzado mucho y rápido. Sus consecuencias son perceptibles no sólo en el juego, también al momento de vivirlo. ¿Cuán global es esto y cuál es su impacto en Argentina?

Es evidentemente un problema, aunque hay una particularidad en el caso argentino. No hace que los negocios sean menos turbios, pero sí establece una diferencia con el pasado y con lo que sucede en Chile, que es esta decisión política de transmitir el fútbol en televisión abierta y, por lo tanto, de pagar con dineros públicos los derechos de transmisión televisiva del fútbol. Eso no resolvió el problema económico de los clubes, pero alivianó el de varios. En ese sentido, la dinámica de privatización está acotada a equipos relativamente periféricos, no afecta a los grandes equipos nacionales. Algunos equipos tuvieron crisis graves, como Independiente y Racing, pero tendieron a solucionarse por vías tradicionales, no a través de más privatización. Ahora, muchas veces el fútbol en sus dinámicas comerciales de un capitalismo transacional manejado por los negociados de la FIFA acerca la destrucción de todas nuestras ilusiones. Uno de los problemas más graves del fútbol es que solamente puede celebrarse realmente un triunfo o aceptarse honradamente una derrota cuando hay justicia dentro y fuera de la cancha. Y cada vez que encontramos tráficos de influencias, llamadas y presiones, o hinchadas pagadas que actúan con violencia, el fútbol ve amenazado su esplendor, se va manchando de mugre de corrupción. Para los que queremos el fútbol eso es la irracionalidad.

Es entonces la amenaza a algo más que un deporte, es una amenaza a una forma de construir comunidad. ¿Cómo debiéramos reaccionar?

Hay un tema que es crucial y delicado por lo siguiente. Los clubes nacen como organizaciones civiles, de ciudadanos que deciden organizar actividades deportivas y culturales. Entonces, hay una pregunta que tiene que ver con la instancia republicana, la instancia liberal, como tradición de las democracias, que es hasta qué punto puede el Estado entrometerse en organizaciones de ciudadanos. Es una pregunta relevante, porque si uno dijera bueno que el Estado haga lo que quiera, ahí terminamos en formas autoritarias. Ahora, en función de ese problema no pueden establecerse dinámicas de corrupción, de evasión impositiva sistemática, de engaño a millones de personas, de privatización de los derechos y royaltys de imagen, etcétera, que hoy se dan en torno al fútbol. Es decir, hay una distancia abismal entre el derecho de los ciudadanos a organizar un club de fútbol y el de convertir eso una empresa atravesada por negocios capitalistas que violan la previsibilidad de todos lo públicos porque distorsionan los resultados, organizan o admiten situaciones de violencia y tanto más. Entonces, me parece que, con todos los cuidados que se deben tener, el Estado debe tener un papel protagónico para impedir que unos pocos se apropien del fútbol, de un deporte que abarca al conjunto de la ciudadanía de nuestros países.