Jorge Cucurella 2Esta semana, la serie de doce publicaciones sobre Sexo y Política llega a su fin. Se habló casi nada de política en el sentido más usual, el de política contingente. Pero se trataba de mostrar las profundas y estructurales relaciones entre ambas cosas y las raíces políticas, por ideológicas, e ideológicas, por religiosas, de la principal enfermedad sexual de los chilenos: la represión.

La represión sexual no es sólo no tener sexo con la frecuencia que sanamente se desee, sino que es no atreverse a pensar, a desear, a sentir cualquier manera de sexo que nos guste, pudiera gustarnos o quisiéramos que nos gustara. O bien atreverse y luego sentirse sucio o culpable por ello. El simple, natural, sano y espontáneo acto de masturbarse en la niñez o en la adolescencia, sintiéndose luego mal, es referido frecuentemente en las consultas de los Psicólogos, especialmente por las personas constreñidas por una educación familiar donde lo sexual está ausente o que estudiaron en colegios de formación religiosa. Qué decir de otras cosas, también naturales y de tipo exploratorio en la niñez, como los juegos sexuales con pares o la atracción por pares del mismo sexo, por los hermanos o por los propios padres: haber sentido estas cosas genera con demasiada frecuencia conflictos y dolores mucho más profundos. Y no porque en sí sean “cosas malas que perturban a quienes las sienten”, sino porque una cultura que está  enferma y las represiones sexuales introyectadas entran en grave conflicto con esos deseos y es ese conflicto el que genera el problema profundo, la neurosis, el malestar psicológico, el agotamiento, etc, que todo conflicto prolongado genera.

Y bueno, desde Freud y Wilhelm Reich que para la Psicología es un dato que la represión y el consecuente sentimiento de frustración, generan agresividad. La privación de las necesidades básicas y naturales como comer y dormir, p ej, provocan “mal humor”, cierta rabia, agresividad. Y la privación de sexo genera lo mismo. E insistamos con algo: no se trata solamente de la privación de la frecuencia deseada, sino del sexo deseado –aunque el proceso represivo que comienza en la infancia ya lo haya recluido a las prisiones del inconsciente. Pero esta agresividad ha de ser expresada de alguna manera, cada cierto tiempo, para disminuir el malestar psicológico y el desgaste de energía que conlleva. Y se expresa, de eso no hay duda, ya sea como agresión hacía afuera, hacia los demás, o hacia adentro, hacia uno mismo.

La enfermedad de la cultura en relación al sexo, se presenta de modo casi esquizofrénico, porque por un lado sobre estimula mediática y publicitariamente el sexo con imágenes que van desde un delicado erotismo, hasta bocas fruncidas que simulan besos pero que parecen anos o mujeres golpeadas como hizo una tienda de Santiago hace algunos años, y por otro lado considera pecaminoso y sancionable, incluso legalmente, cualquier deseo o expresión sexual que no corresponda a la que el sistema impone. Pero, como cantaba Paco Ibáñez, “Poderoso caballero es Don Dinero…” y la actividad mediática en torno al sexo genera dinero, maneja masas, las hace consumir. Y la represión sexual, los mantiene agresivos, competitivos, deseosos de sublimar y satisfacerse de otras maneras… qué mejor que comprando, comprando y comprando? Pero de felicidad, poca. La represión sexual que provoca el sistema es un fuerte factor de infelicidad en la población. Lo ha sido desde hace dos mil años y lo sigue siendo.

Sin embargo, no existe ninguna política de estado al respecto, salvo en cuanto a la prevención y cura de enfermedades sexuales o a los delitos sexuales.

Pero no hay preocupación alguna en los partidos o movimientos y menos en el estado por garantizar a las personas el derecho a una sexualidad sana y feliz, libre de represiones, adecuadamente estimulada sin fines comerciales, protegida en la infancia del terrorismo y la distorsión fundamentalista de cualquier religión, etc. El sexo está ajeno al devenir social, como no sea en los temas mencionados del comercio y las enfermedades, o más recientemente de los derechos de las minorías sexuales.

Y aunque tal vez se considere un tema privado, no lo es tanto. Porque la felicidad de la población no debiera ser un tema exclusivamente privado, como no lo es actualmente la salud o la educación, aunque no siempre fuera así. Por ejemplo, no se tiene desde hace muchos años el derecho de enfermar de tuberculosis sin tratarse, porque se considera malo no sólo para la persona, sino también para la sociedad. Tampoco pueden los padres, como antaño, retirar a sus hijos del colegio y para que trabajen junto a la familia, porque el estado considera que eso no es bueno. La salud y la educación son un derecho, que el estado se preocupa de cautelar. Y no siempre fue así.

Creo que ya es tiempo de que la salud y la felicidad sexual deje de pertenecer al ámbito privado exclusivamente y que el estado cautele ese derecho. El derecho de los niños a crecer sin ser programados sexualmente de modo rígido, el derecho a sentir y desear un sexo diferente, sin sentimientos de culpa, el derecho a expresarse libremente, en equilibrio y cuidado con el resto de las personas. Es tarea de los legisladores y del estado identificar los factores socio culturales que traban e impiden la salud y felicidad sexual, pero de un modo conceptualmente independiente de posiciones ideológicas y religiosas que sesgarían cualquier análisis al respecto.