La querella por la seguridad no entró en la escena pública nacional sino hasta  principios de los años noventa y siguiendo la tendencia de países como Estados Unidos se ha instalado en la agenda pública como un problema insoslayable. En las ultimas elecciones que se realizaron en el continente, el problema de la inseguridad fue presentado como uno de los temas de mayor importancia para la ciudadanía a la hora de decidir por quien votar.

Esto ha convertido el problema de la inseguridad en algo fundamental para las campañas políticas y ha reinstalado el tema del miedo en centro del debate político. Como se sabe, el miedo es un tema clave para la teoría política moderna desde sus inicios. Ya en Hobbes el miedo era el núcleo sustantivo que movilizaba a la sociedad en busca de seguridad al amparo de un soberano fuerte y capaz de señalar los limites instransigibles del orden social. Paralelamente, los problemas del miedo, la inseguridad y incertidumbre fueron dando forma al núcleo de preocupaciones que formaban  opinión pública. Fue así, como la dificultad de la seguridad que afectaba al hombre moderno vertiginosamente se torno en un problema de las clases populares y en uno de los ejes constitutivos de la llamada “cuestión social”.

Con  el arribo del siglo XX el problema de la seguridad social se tornó aún más importante y las sociedades capitalistas vieron con cierta perplejidad cómo la sociedad soviética parecía más eficiente y audaz para resolver estos problema. Para cuando llegó la “gran crisis”, no vacilaron en mirar con cierto asombro las eficacia de las fórmulas socialistas para resistir a la crisis. Fue en ese contexto en el que a partir de la elección del presidente Rossevelt se elaboró el “New Deal” (el nuevo trato), es decir la formulación de un “nuevo contrato social” que se basaba en el auxilio a los pobres y desempleados; la recuperación de la economía a niveles de normalidad y reformas al sistema financiero para evitar una nueva depresión.

La consecuencia política más relevante de este nuevo contrato que, rápidamente se diseminó por el mundo occidental, fue una alta inferencia política en el mundo de la economía o como señala Clauss Offe, una politización de la economía. Esta subordinación de la economía a la política, en países como Chile, se tradujo en una matriz política que operó hasta 1973 y que consistió básicamente en la subordinación de la clase empresarial a un contrato social  que privilegia la seguridad social por sobre el crecimiento económico.

Con la llegada del presidente Nixon al gobierno de los Estados Unidos, las políticas del New Deal alcanzaron su fin. Rápidamente se puso en marcha un plan de reformas económicas inclinadas a su desregulación. Y una de las consecuencias políticas más relevantes de este nuevo periodo es la transición de una economía gobernada por la política a una política gobernada por la economía, es decir la política mercantilizada. En Chile esa tendencia económica, que hoy conocemos bajo el nombre de Neoliberalismo, fue implementada por la dictadura de Pinochet y los predicadores civiles que gobernaron y se enriquecieron junto con él.

Desde ese entonces, los chilenos hemos ido comprendiendo en cuerpo y concepto rápidamente la redefinición y el giro semántico del concepto de seguridad. Pasamos raudamente de una política de la seguridad que sustentaba  la salud, la educación, el sistema de pensiones, la cultura y el deporte a un sistema que mercantilizó rapazmente el antiguo sistema. Emigramos subjetivamente de ciudadanos a competidores y en el tramo de esa competencia, nos fuimos quedando solos, aislados y temerosos. Es precisamente, en este trayecto, en el que se hizo común la desconfianza, la sospecha, la suspicacia, la aprensión,  el escrúpulo, el miedo, el escepticismo, la indiferencia, la incredulidad, y el temor hacia el otro.

En los últimos días hemos visto a las mujeres de Vitacura, Las Condes y Lo Barnechea protestar con sus cacerolas y no podemos dejar de recordar el llamado “cacerolazo” de 1971  que fue convocado por la agrupación Poder Femenino, agrupación de mujeres de derecha. El problema era el mismo, se trataba del otro. De aquel que no pertenece a la comunidad y el temor que este provoca. En aquel entonces Quilapayún compuso una canción que tituló: “Las Ollitas”. Dos son los recursos que utiliza y que en conjunto componen una alegoría, la canción dice: “La derecha tiene dos ollitas, una chiquitita y otra grandecita”. La canción hace alusión a las dos agendas políticas que tenía la derecha. La primera, es pública y la segunda encubierta. La primera hace notar la supuesta falta de alimentos, de ahí que las ollas estén vacías. La segunda olla, la grande, alegoriza las políticas de acaparamiento y boicot que realizaban para desestabilizar  y hacer caer asolapadamente al gobierno. En ella se cocinaba la política como complot. Aquella a la que no tiene acceso el pueblo y el escrutinio público.

Después de 45 años la historia se repite. Todo esto en el contexto de los casos de corrupción, colusión de farmacias, caso SQM, etc. Todo invita a repensar la alegoría de las ollas. En la actualidad esta hace alusión a dos cosas a la vez. La primera tiene que ver con la transformación de la seguridad social en seguridad policial. Lo que hace que el problema se transversalice. Aparentemente todos tenemos problemas de inseguridad. Es decir, se trata de un problema ciudadano. Hasta aquí todo se cocina en la ollita chica. Pero basta que echemos un vistazo  a la olla grande para ver otro panorama.

Lo primero es el hecho de que esta seguridad supone una inversión monetaria. Esto hace que el problema se mercantilice en todos los niveles. Sin embargo, lo relevante es que costear la seguridad reinstala el problema de clases. Nuevamente, los pobres tienen menos acceso y eso a costa de cambiar el contrato social por uno donde la vida se hace mas precaria. Con todo la derecha es quien mejor representa la oferta securitaria.

Todo esto supone, una resignificaciónn del imaginario del miedo. Este deja de operar como instrumento de cohesión social, se vuelve anómico. La producción de anomia es su función esencial. La desagregación social comienza a operar en todos los niveles para pulsionar deseos de seguridad como confort que se realizan en el mercado. La escena es inundada por el pánico y este es el principal elemento de desintegración del pueblo. Este continua unido solo por contingencia y  pronto lo que provoca su cohesión es la presencia de la amenaza de la cual él se convierte en su principal espectador.

Es evidente entonces, cuál es la agenda oculta de la derecha cuando empuña la bandera de la seguridad. Sus objetivos son los mismos de entonces, menoscabar al pueblo y profitar económicamente con la escasez.