Es innegable que la intelectualidad se ha fatigado conceptualmente en las últimas dos décadas, y pareciese ser que a todo fenómeno que a primeras luces parece novedoso le anticipan un Post, para realzar un nuevo “academicismo Chic”

Pero no puedo dejar de desconocer que hay un Post que me seduce, y es el concepto que se desarrolla de manos de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, hablo de la Postpolítica.

El contrato social nuestro  fue consensuado por unos pocos,  está agrietado, y se precisa una fundación popular y nacional que culmine con la articulación de una nueva república 2.0; construida desde las clases subalternas vía asamblea constituyente. El partido socialista de los trabajadores, el partido comunista que recogía las voluntades colectivas; la democracia cristiana que se vinculaba al campesinado huérfano de domicilio;  ejercían en bloque hegemonía respecto de la expansión de una nueva dinámica de clase, estas viejas formas se han ido larvando en la inercia de las últimas décadas, convirtiéndose  en el perro guardián del  consenso de Washington, adoptando un liberalismo conservador que los ha llevado a defender la democracia, de las propias masas populares.

Los consensos de gobernabilidad entre el duopolio, intentaron ejercer la post-política, un parlamento sin conflictos genuinos (Lo que Marco Enríquez denominó “La cachetada del payaso”),  bastante cómodo con los acuerdos.

El consenso absoluto construyó el fin de la política nacional. Los “zurdos” acordaron olvidarse de su pasado y pactaron una amnesia sectorial- que entendía al proyecto nacional y popular de la UP, como una clase de resfrío revolucionario, una fiebre adolescente.

Esta amnesia  de la izquierda tuvo la pretensión teórica de  marginar los antagonismos que existían al margen de la democracia representativa, evitando la guerra de posicionamientos de sectores subalternos, intenciones expresamente declaradas por  Boeninger.

Es que la política se trata de articular y establecer fronteras, y es innegable que el neoliberalismo ha ido desdibujando las fronteras de las izquierdas en Chile y así mismo ha ido construyéndose un antagonista edípico dentro de su propio sector, como lo son los movimientos sociales.

En esta inclinación por las bajas pasiones de las castas  conductoras, y la acumulación saturante de malestar en el pueblo han ido rejuveneciendo nuevas formas de entender la izquierda, basta echar una mirada a vuelo de pájaro los fenómenos latinoamericanos para reconocer mínimos comunes denominadores entre los liderazgos  como Evo Morales, Álvaro García Linera, Rafael Correa. La década Kirschner y en Chile el Liderazgo Prometedor de Marco Enríquez Ominami, en función de recuperar áreas estratégicas de la producción estatal.

La izquierda no es una categoría estática, es una vía de emancipación que requiere ser siempre pensada, un dinamismo reflexivo propio que ha sido abandonado por la izquierda Fósil criolla, y a decir verdad, en buena parte del mundo la izquierda se niega a morir y busca nuevas formas articular proyectos locales, núcleos que operan como irradiadores a otras realidades del globo, una especie de internacionalismo moderado no totalizante.

Interesante es desde esa perspectiva, entender que cuanto más ausente está la gente de la política, más cerca de la voz de las élites está la voz populismo, de mano de cualquier liderazgo (“Outsider”) que ofrezca un proyecto de transformación en  perspectiva radical de la democracia; y es que el repliegue del duopolio ha creado verdaderas barreras de entradas para una apuesta que busque una radicalización democrática en el sentido Gramsciano y una guerra de posicionamiento de nuevas fuerzas.

La labor de la nueva Izquierda Progresista Latinoamericana es asaltar la rígida posición que construyó la dictadura y transición pactada en el cono sur, y construir un nuevo sentido común, basado en el control hegemónico del estado de sectores que tienden  a exaltar la segregación y desigualdad, tales como la salud, educación, jubilación, vivienda.

Debe aprovecharse del agrietamiento de la democracia para articular una nueva alternativa a los de abajo, que nutrido de los valores de la democracia reinstaure los más genuinos antagonismos propios de una sana república democrática.

“Los partidos socialdemócratas han capitulado a la ideología neoliberal, bajo el pretexto de que no había alternativa a la globalización hegemónica del capitalismo” Chantal Mouffe.