Para un marxismo de actualidad, en Gramsci hay un debate de actualidad. La necesidad de contar con un marxismo vivo invita a pensar sobre la producción que valida aspectos culturales de la lucha por la hegemonía en la sociedad. Esas connotaciones societales que establecen una actitud hegemónica, más allá de la descripción de una dominación maquinal, al estilo Marcuse, la idea del Hombre Unidimensional, se trata de la imagen de una marioneta.

Para Gramsci, la cuestión adquiere un carácter complejo: se trata de una dominación que se expresa en distintos campos, sobre todo, en los campos de la cultura, de las significaciones persuasivas, las significaciones de un mundo cultural que otorga un orden del sentido a esa construcción de la realidad que ocurre como fenómeno de toda sociedad. En un mundo cultural donde el sujeto participa, adquiere el sentido mercantil deseante (Guattari) que es rasgo de su acción social en el neoliberalismo segmentador.

La concepción fundamental de que el capitalismo es una relación social, en Gramsci cobra una dimensión vertebral, es justamente en esa relación social donde se construyen los espacios de disputa por la hegemonía. Y esos espacios no son solo, el espacio de la propiedad de los medios de producción, sino también espacios sociopolíticos y socioculturales.

La industria cultural cobra una gran relevancia sobre todo en su imbricación con los medios de comunicación, grandes productores de una mediatización muy transversal. Los espacios sociopolíticos se conectan con las matrices sociales de desarrollo, las cuales dimensionan diferencias de acuerdo a la concepción y espacio que le dan al Estado y al mercado, en tanto, rectores de un orden social.

Estos espacios son muy decidores a la hora de concebir una definición ideológica desde el eje de las voluntades en un escenario nacional. En Moulian hay un análisis e interpretación de la hegemonía de la derecha nacional y sus tácticas de influencia sobre las decisiones a pesar de perder el poder político, en determinados espacios históricos del siglo XX. En Sofía Correa hay una clara demostración del ejercicio de esta hegemonía como rasgo inexorable en nuestra cultura patronal nacional.

En el plano cultural la presencia de los imaginarios de izquierda fue muy potente, esta es una singularidad propia de un proceso que tiene un margen de acumulación histórico amplio en la historia nacional.

Para Gramsci hay una constatación de que se deviene la “hegemonía de lo civil”, constata la primacía de un actor, de un espacio que se abre como un espacio de legitimación de los regímenes. Es un espacio que tiene la plasticidad de abrirse desde los movimientos sociales hasta los actores fuertes, más bien fácticos, ligados a intereses privados minoritarios, pero muy influyentes, sobre todo en el corolario de las distribuciones de la riqueza y donde la hegemonía del mercado ha implicado una política como subsistema del mercado.

La hegemonía en el neoliberalismo está dada por el mercado totalizante, con el desarrollo de una concentración de la acumulación, como forma de un comportamiento hegemónico del capital, lo que es un trasfondo de la concepción globalizante. Este Estado Neoliberal no es un espacio de compromiso interclase, es la apropiación del estado, como agente de la acumulación. Es una hegemonía a la ofensiva del capital.

Para Poulantzas se trata de una disputa procesual que se da al interior del aparato estatal (también). En el lugar de la reproducción de la “sociedad política” para Lechner este es un espacio que se debilita, porque hay un proceso de despolitización de la política y un proceso inverso de politización de la vida social, así podría confirmarse con la aparición del movimiento nacional estudiantil (2011) , por ejemplo, se trata de un espacio de actores civiles, pero es un espacio que el neoliberalismo ha privatizado, ha corporativizado, y  se transforman en una trama que opera en la sociedad para defender sus intereses.

La disputa democrática es un espacio de participación política que ha sido un espacio habitual para la izquierda chilena, con la excepción del gran y significativo periodo de la dictadura cívico militar. La lucha por la hegemonía en los espacios democráticos es un hábitat conocido, logros y espacios importantes se han conquistado por esa vía más allá de las profundas problemáticas.

La interpretación dialéctica entre el rol de los partidos políticos de izquierda y los espacios sociopolíticos  de los movimientos sociales es una dimensión ineludible de una concepción que se plantee la superación del neoliberalismo. La articulación de las fuerzas sociales necesarias es condición sine qua non de la producción de un escenario distinto, una sociedad con más protección social es una aspiración que interpela necesariamente sobre el rol del Estado. Son cuestiones que en un plano estratégico deben replantear los modelos de desarrollo y  sus respectivos modelos productivos.

El modelo no crea espacios sociopolíticos de negociación con los movimientos sociales, y esto plantea una deslegitimación del modelo de administración neoliberal del Estado como espacio democrático de solución de conflictos. La jibarización extrema de la sociedad establece la no existencia de espacios democráticos para instalar una negociación representativa de la sociedad civil y este asunto es diametral para la legitimación de un modelo democrático. La Asamblea Constituyente es la posibilidad de establecer este espacio, de darle un canal institucional que modernice aspectos decisivos de la expresión democrática de la sociedad chilena y la saque de un lastre constitucional anacrónico.

Establecer este nivel de reformas es un eje decisivo en contraponer de forma histórico material concepciones hegemónicas distintas al neoliberalismo. En Chile es necesario avanzar hacia una hegemonía de la soberanía popular, acerca de la discusión de los intereses del país. Esto implica la sustentación de un nuevo contrato social a través de una nueva constitución de características democráticas.