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Después del giro conservador que ha adoptado la administración de Michelle Bachelet, ¿estamos en presencia de proyectos de reformas agónicos y de un gobierno políticamente muerto?  Aparentemente, las transformaciones estructurales en educación y trabajo impulsadas con entusiasmo por el bacheletismo, sufrirían en esta nueva etapa un retroceso, en lo que sus propios dirigentes han concebido como un período de realismo político.

Esta nueva redención ideológica – en versión Nueva Mayoría-, no sólo vuelve a reiterar las viejas prácticas gansteriles que las  élites políticas de la Concertación han utilizado durante el período pos-dictatorial para abandonar y renegar de las promesas hechas en cada evento electoral en nombre de un supuesto “bien mayor”: la gobernabilidad. También hace evidente la nula incidencia que tienen los militantes de los llamados partidos progresistas para contener los giros conservadores que sus dirigentes asumen, sin una intención explícita de consultar a sus bases.

Esta nueva contingencia de apelación a un supuesto realismo político no es, sin embargo, una situación  novedosa. Ya en el gobierno de Ricardo Lagos, tras el impacto del caso MOP-Gate, se utilizó esta argucia lingüística de los “dos tiempos”, en que el primero es el intento genuino de cumplir con las promesas de reformas al sistema político-económico chileno, y en el segundo, una decantación al realismo político que termino con una sumisión total del presidente Lagos a las directrices de la CPC y la SOFOFA. Al terminar su mandato, Lagos fue aclamado por los empresarios, y la privatización de las autopistas fue la más emblemática de sus obras, desbordando incluso los sueños de los propios neoliberales.

Cabe recordar que Ricardo Lagos asumió la presidencia bajo un ambiente político y cultural de malestar social a fines de los ’90. El entusiasmo cándido de sus partidarios hacía prever un gobierno ciudadano y con vocación de reformar la constitución autoritaria de Pinochet. Las élites políticas de la Concertación apelaron nuevamente a la Doctrina Correa de la cohabitación política, para reactivar aquella narrativa de los ´90, un discurso fariseo en que la política es -ante todo- un “pacto” para el control de la amenaza social inminente. Nuevamente, se activó una narrativa política instrumental, la cual reza que la democracia debe en ciertas circunstancias desestimar el sentir de la voluntad general, a cambio de que este tránsito logre llevar en algún momento al reino de una democracia “real”. El llamado segundo tiempo del gobierno de Bachelet, es una reiteración de la comedia vivida en la presidencia de Lagos.

“Un gobierno con los pies en la tierra”, es la consigna del nuevo niño símbolo de la narrativa instrumental: El ministro Marcelo Díaz.  La reiteración de una visión de gobernabilidad construida sobre la base del chantaje a un pasado cruel, duramente castigado por su embriaguez de participación popular. La estrategia política culposa, opera nuevamente con efectividad para demostrar que las narrativas puristas de la democracia sólo conducen a la desgracia. Se requiere de la Doctrina Correa para negociar y llegar acuerdos con otros actores políticos. El brío reformista electoral duró hasta que las élites ancladas en la vieja narrativa de la democracia de los acuerdos hicieran ver su disconformidad. Después de un período breve de impulso reformista, al parecer el fantasma de dicho tipo de democracia  otra vez gravita en el ambiente gubernamental. Nada de efectividad, sólo declaraciones decorosas y diplomáticas para reafirmar que no se puede poner oreja para todo lo que dice “la calle”, aunque sean ellos la despensa electoral para que la vieja Concertación se haya disfrazado de Nueva Mayoría.

Paradojalmente, las élites políticas se revitalizan tenuemente en el llamado “escenario realista”. En esta contingencia, la Doctrina Correa aparece como un mecanismo forzado en que los dirigentes y parlamentarios  de la Derecha y de la Nueva Mayoría se apoderan de la agenda-país, en un momento en que sus acciones están sometidas al escrutinio público por casos de corrupción  y  tráfico de influencias. Vale la pena interrogarse entonces, ¿sirve de algo este tipo de democracia formal, en que los derrotados después de unos meses son de nuevo ganadores?  ¿O estos supuestos reformistas, eran en verdad los perdedores y lograron disfrazarse de ganadores para mantener las cosas tal como están?

A pesar del desprestigio político acumulado en estos meses, las élites políticas continúan ejerciendo un poder decisivo en los temas claves de transformación del sistema económico-social del país. Estas élites representan supuestamente los intereses de sus militantes, quienes le han otorgado dicho mandato. Dentro de los partidos políticos del eje de izquierda de la Nueva Mayoría, las militancias al parecer no gravitan lo suficiente como para interpelar la derechización de sus dirigentes. ¿Dónde están? ¿Qué dicen estas militancias de base, frente al giro conservador del gobierno y la complicidad de sus partidos?

Vale señalar que estas militancias, durante las últimas dos décadas, han sido afectadas por los efectos de un ambiente desideologizado y despolitizado. La instrumentalización a la que han sido sometidas ha generado cierta discapacidad relativa para influir en el espacio, en que las élites dirigentes toman sus decisiones claves. Aquí la democracia también es una cuestión de forma, lo que opera como un mecanismo legitimador de las élites. A modo de ilustración, el Partido Socialista a principios de los años ´90, decide erradicar el “centralismo democrático” que había sido el formato interno de la participación de la militancia socialista, en que la reflexión doctrinaria y la discusión de la contingencia cabía para cada militante, y sus dirigentes eran los portadores de aquella discusión colectiva generada en su interior. La adopción del mecanismo democrático de voto universal (un militante, un voto) sólo recreó superficialmente la representación partidaria, lo que a su vez fue precarizando doctrinariamente a sus militantes. Por otro lado, el Partido Comunista, que dispone de militantes con mejor potencial doctrinario para reflexionar la contingencia, está atrapado en una aventura sin horizonte posible: sus militancias, probablemente ansiosas de distanciarse de la Nueva Mayoría, son contenidas por sus dirigentes que perseveran en mostrar certificados de buena conducta al sistema político.

Seguramente, las organizaciones de estudiantes, sindicatos y otras organizaciones sociales, mantendrán su vigor sociopolítico en el espacio público, más aún después del abandono del gobierno a los proyectos de reforma estructural. Ahí también tienen una responsabilidad aquellos militantes de los partidos del eje de izquierda en la Nueva Mayoría, que mantienen la voluntad transformadora de rebelarse a las élites dirigentes…