Violentistas, inadaptados, delincuentes, estúpidos y simios, son algunos de los adjetivos que han servido para retratar lo que ha sucedido en nuestros estadios durante las últimas semanas. Y es que una vez más la violencia se ha apoderado de nuestras canchas recordándonos que precisamente hace 25 años se producía la primera muerte de un hincha chileno, en el contexto de lo que se han denominado las “barras bravas”.

La “vuelta” de estos hechos de violencia no hacen más que recordarnos lo mal que lo hemos hecho (hemos, porque este, como se ha mencionado hasta el cansancio durante estos días, es un problema social que supera lo netamente futbolístico) desde la primera ley de violencia en los estadios promulgada durante 1994. La “vuelta” de las batallas campales, y de las riñas entre barristas y Carabineros que hemos podido ver, nos demuestran el primer error: la violencia no desaparece cuando no hay hechos conflictivos. Esta “vuelta” de la violencia no es tal, sino que por más que no aparezca en los medios, sigue presente.

Y aquí es donde hay que ponerse serios y comenzar, de una vez por todas, a actuar de forma concreta. No se trata de mencionar un paquete de medidas contingentes, como lo ha hecho el Presidente de la ANFP, que cambien automáticamente el panorama logrando que “vuelva la paz” a los estadios, y con ello se produzca el “retorno de la familia” (curioso “cliché”, sin mayor sustento histórico, reforzado con la creación del Plan Estadio Seguro durante el gobierno de Sebastián Piñera) al fútbol nacional. Se trata de comprender correctamente de lo que estamos hablando y, posteriormente, tomar medidas que en el corto, mediano y, principalmente, largo plazo nos permitan disfrutar del fútbol sin mayores conflictos.

La violencia ligada al fútbol hay que comprenderla como un fenómeno transversal al deporte, y dejar de tratar a los barristas que la cometen como seres incivilizados que actúan irracionalmente frente a adversarios de otros equipos, o frente a Carabineros y a la propiedad. Aquellos barristas, por un lado, realizan acciones completamente pensadas que forman parte de una lógica propia (“cultura del aguante” como se ha estudiado en Argentina) y, por otro lado, no son los únicos partícipes en este tipo de hechos. Tanto dirigentes, futbolistas, Carabineros e incluso los medios periodísticos tienen un rol activo en la promoción y provocación de ambientes conflictivos en torno a un partido de fútbol. En el fútbol no se ve una violencia en los estadios, sino que se ven violencias en plural.

Es aquí donde podemos enunciar algunas ideas para comenzar un camino que produzca la vuelta de los ambientes festivos y de buena convivencia a los estadios. Dejemos de hablar de la “vuelta” a la violencia en los estadios (inexistente como vimos), para darle una “vuelta”, una vuelta histórica, crítica y analítica, a lo que es, la “violencia en los estadios”.

Lo primero que hay que hacer es no permitir que este tipo de hechos sigan ocurriendo, y aquí la organización de los eventos tiene mucho que aportar. Desde hace unos años quienes asistimos a los estadios (quienes compramos nuestras entradas e ingresamos por las puertas generales) vemos un sistema de control donde los accesos son lentos, molestos y con exhaustivas revisiones. Sin embargo hay casos en donde los organizadores incumplen dichas normas, y se ve el ingreso de distintos tipos de “objetos prohibidos” a los estadios (aquí no me refiero a los lienzos, cuya prohibición no tiene razón clara y forma parte de otro tema, sino que me refiero a elementos que en la vida cotidiana no pueden ser utilizados). En base a esto, surge la pregunta, ¿cómo es posible que en el clásico entre Everton y Wanderers, suspendido el pasado 12 de julio, la organización omitiera normas básicas de prevención y seguridad (por ejemplo los 55 guardias de seguridad en vez de los 200 requeridos)? ¿No será que incluso están dispuestos a promover un ambiente para que la hinchada visitante no entre más a los estadios, y donde Carabineros vuelva a las canchas?

Y es aquí donde nombramos un segundo punto a considerar: las medidas que se están tomando en relación a la eliminación del público visitante y al retorno de Carabineros a los estadios no mejorarán por sí solas la realidad actual, e incluso podrían empeorarla.

La eliminación del público visitante además de disminuir los gastos en la organización de los eventos para las S.A., apunta a una política contraria a lo que puede mejorar la experiencia del estadio. Es necesario que se dejen de reflejar divisiones y rivalidades que posteriormente son llevadas a los extremos en batallas entre barras. Se hace imperioso generar “polos de convivencia” al interior de los estadios, donde sea posible que personas de distintitos equipos vean el partido juntos. Puede sonar ilógico e incluso un tanto ingenuo, dirán algunos. Yo creo que, con la voluntad de los clubes, es algo que se puede lograr. Un cambio al mediano y largo plazo, que a partir de ahí permee a todos los asistentes del fútbol, que vean en el otro alguien con quien convivir y compartir. Un ejemplo de esto se vio recientemente en el clásico de Porto Alegre entre Internacional y Gremio, donde se dejó una tribuna exclusiva para espectadores mezclados, promoviendo la asistencia ahí con entradas 2×1.

Por otro lado se ha visto casos como el argentino, donde la eliminación del público visitante no redujo en nada los conflictos en torno al fútbol. Dejaron de matarse con los rivales, para matarse entre la misma barra. Una vez más, se está malentendiendo el problema de las violencias en torno al fútbol.

La vuelta de Carabineros a los estadios, como si eso implicara mágicamente el cese de conflictos, habla de un nuevo error. Claro está que los guardias privados no están capacitados para actuar cuando hay problemas, pero claro es también que el actuar policial en muchos casos promueve contextos conflictivos y acrecienta respuestas violentas. Es necesario entonces, que dicho retorno de Carabineros a los estadios sea acompañado de medidas que disminuyan los posibles focos de conflicto. La invisibilización de las fuerzas especiales, o un mejor trato a los asistentes (tal como en la Copa América, como no se cansan de recalcar en los medios por la buena experiencia de esta) pueden ser algunos ejemplos.

Sin embargo, un hecho esencial y que no se ha tomado en cuenta hasta ahora –un tercer punto–, tiene relación al rol que los mismos hinchas pueden cumplir en la mejora de la convivencia en torno al fútbol. No me refiero a que sean ellos los encargados de la seguridad de los estadios (aunque tampoco parecería tan descabellado), sino que apunto al rol que deben cumplir en sus propios equipos. Es necesario que las S.A. dejen de tratar a los hinchas como clientes, para escucharlos y vincularse con ellos.

Siendo más explícitos, no sacamos nada con llevar a cabo medidas como un “registro nacional de hinchas”, si es que no se escucha a quienes regularmente van a los estadios. A aquellos que tienen sus abonos, a aquellos que van hace décadas y, por supuesto, a aquellos jóvenes que con sus piños siguen a sus equipos a donde estos vayan; hay que escucharlos a todos.

Es necesario que el fútbol sea nuevamente una instancia de participación social y donde se vea que el actuar de todos afecta a los propios clubes y al mismo deporte. Las S.A. reemplazaron a las antiguas corporaciones deportivas dejando sin voz ni voto a quienes durante larguísimo tiempo han dado vida a los equipos de este país, lo cual se refleja en que hoy ni siquiera el propio club e incluso sus jugadores, sirvan para frenar hechos que tienen consecuencias directas en los esencial de este deporte: que la pelota ruede.

Hay que darle una vuelta a la violencia, y dejar de buscar respuestas y responsables en la vereda de enfrente. Ya muchos años han pasado para que una vez más discutamos si la modificación o no en una ley pueda cambiar mágicamente una realidad social mucho más compleja de lo que se ha tratado hasta ahora. Es necesario que nos demos cuenta que este problema es producto de múltiples factores, donde todos los actores son partícipes y responsables de lo que hasta ahora ha sucedido y que va más allá de la respuesta facilista e irreflexiva que apunta a los violentistas, inadaptados, delincuentes, estúpidos y simios “de siempre”.