Llevaba en el bolso un par de rollos, una lente, un paño, con su canon de siempre colgándole del cuello. Con esa cámara qué otra cosa iba a buscar que no fuera una imagen, una instantánea de esas primeras apariciones tímidas del pueblo. Lo que no imaginaba era que una afición tan remota lo convertiría en víctima de un comando que no vaciló en sumar un crimen más a su tupida arca de homicidios. A casi treinta años de que lo rociaran junto a Carmen Gloria Quintana con bencina y le echaran un fósforo encendido, ayer o antes de ayer un ex-conscripto se decidió a hablar y ahora el juez Mario Carroza acaba de dictar siete nuevas órdenes de detención. Los que asesinaron a Rodrigo Rojas de Negri es probable que no tengan ya la misma energía de la que se jactaban en aquel invierno del 86, cuando salían escupidos como perros hambrientos de la puerta de un bus verde, pero algo se ha mantenido intacto: lo que a sabiendas o no custodiaban desde ese carromato era exactamente la misma fórmula que hoy tiene a Bachelet sumida en un absurdo tartamudeo político.

 La fórmula en cuestión es parte de una plegaria relativamente joven, una plegaria que estriba en no dejar que la economía sea subordinada a la política. Piedra sagrada de un disimulado espíritu acumulativo, la fórmula fue invertida por el comunismo, cuyo proyecto consistió en subsumir la economía a la política para dejar que la política operase con autonomía (o, como dice Boris Groys, en subsumir el mundo del dinero al mundo del lenguaje), y también por Keynes, quien disparó en los años treinta un preparado técnico matizado: subvencionar la demanda de los pobres para incrementar la producción. Pero la contraofensiva neoliberal atesoraba ya por entonces una respuesta bien calibrada: distribuir riqueza hacia los más pobres es distraer recursos de la inversión, los pobres no ahorran, y como en economía el ahorro es igual a la inversión, hay que permitir que los que más tienen inviertan para que los que menos tienen disfruten a futuro del crecimiento generado por los que más tienen. Es una dialéctica monetaria sospechosa, cuya receta de oro se estrenó como sabemos hace más de cuatro décadas en Chile. Mientras tanto, los pobres miran al horizonte, siguen esperando los réditos de ese crecimiento prometido.

Esto no tiene nada de curioso, lo curioso es que Bachelet –viejo topo ayer, recatada zapadora de nuestros días- pensó que podía pronunciar la palabra “reforma”, mal que mal un vocablo suavizado de la jerga política jacobina, sin atravesar por el centro de un drama político de gran calado. El drama reside en un país que cuenta con un largo historial en el despilfarro de su patrimonio cívico, motivo por el que quienes verdaderamente lo manejan son quienes conservan en sus manos la vara mágica del crecimiento. Que las amenazas que blanden desde los medios –de su exclusiva propiedad también- huelan a un chantaje en el que ovula una endeble consciencia pública, no significa que en términos fácticos esas amenazas no sean verdaderas. Por eso se atrincheran en la conspicua religión del crecimiento, una religión de la que la igualdad es menos un efecto que la causa que la obstaculiza.

Hay que decirlo una vez más: o se atraviesa por el inquietante drama político de una progresiva igualdad que le hace la vista gorda a la dictadura de los indicadores económicos –inversión, crecimiento, “buenas señales del mercado bursátil”-, o se sacrifica esta igualdad en la hoguera de un empresariado que inyecta recursos de ocasión a una patria de utilería, de cartón, desplegada en la papilla de una onírica financiera.

Bachelet el asunto no lo tenía decidido: el hilo sobre el que soñó su equilibrio de funámbula no existe, entre otras cosas porque no es posible hacer de la educación una responsabilidad de Estado, modificar la tasa impositiva, redirigir la inversión o torcer el destino aciago de la presión sobre el trabajo, sin pasar antes por el desafío de subsumir el universo de la economía o del dinero al de la política o el lenguaje. El desafío no es menor. Es parte de una lucha que corta hoy en dos al mundo y que hace de la guerra fría, hasta hace poco una metáfora, la hondonada que asoma en cada uno de los puntos calientes de la tierra. El pueblo griego resiste el embate y cita a Venezuela, una Europa cada vez más derechizada defiende el curso irregular de la banca privada, Rusia se expande en todas las direcciones, el millonario Trump contraataca dando cachetazos a los latinos, Argentina apura las nacionalizaciones, Evo deposita su confianza en un vaticano imprevisible. 

El mundo se anuda y se redistribuye a partir de un tajo cada vez más preciso: de un lado reaparecen los pueblos, hijos de una vieja cadena de descréditos de los que la vanguardia política letrada fue una de sus últimas expresiones; del otro lado dan la cara los que no están interesados por ningún tipo de comunidad que no sea la de los capitales nómades que sobrevuelan libres la corteza del planeta. No es cierto, como algunos afirman, que en Chile la política esté muerta o degradada. La política está más viva que nunca, respirando después de mucho tiempo a contrapelo de gobiernos que se suceden para terminar demacrados en sus gabinetes, hilando demandas tibias a espaldas de un pueblo que sabe muy bien lo que exige o sonriéndole por unos pesos espurios al mismo empresariado que les cavará sus tumbas o los mandará a la cárcel. No parecen entender mucho, ni siquiera que no entienden mucho.

En las encuestas suben Boric, Jackson o Vallejos, mientras se jubila a una aburrida casta de dirigentes que insiste con administrar un país que el propio país hace tiempo desconoce. Si Rodrigo Rojas estuviera vivo, se alegraría tomándole una de sus panorámicas entrañables a todo esto.