Fernando-BalcellsBajo un cielo desfondado, acechados por peligros desconocidos y en la inminencia del desastre, de pronto se alza una voz que dice ‘Yo asumo’. El impacto dramático de ese gesto pudo tener la altura del histórico ‘Yo acuso’ de Emil Zola en el caso Dreyfus. ¡Si tan solo el ‘asumir’ hubiera tenido una secuencia, el guion de un develamiento, el desgarro de una corrección o la consecuencia de un acto de valentía!

Nada de esa altura nos cortó el aliento. A propósito de la renuncia de un Intendente a dos días de nombrado, el Ministro Burgos salió al patio a decir “Yo asumo la responsabilidad”. Inmediatamente agregó, ‘aunque él no me informó’. El suplemento agregado a la declaración, desinfló de inmediato la grandeza posible del reconocimiento y descargó la responsabilidad propia en el otro que ‘no informó’. El ‘Yo asumo’, tuvo la frescura de una novedad en el aburrido ambiente de las responsabilidades escamoteadas, pero tuvo también la falta de elegancia de desmentirse a reglón seguido, en los tonos bajos de su discurso.

Este martes, el Parlamento realizó su primera cuenta pública al país y el Presidente del Senado declaró lo siguiente; ‘no estuvimos a la altura de nuestras responsabilidades’. Refiriéndose a malas prácticas que no mencionó, dijo que ‘eso era tolerado antes pero no lo será nunca más’. En un movimiento de elegancia compungida, hizo amago de reconocer una serie de faltas, para sepultarlas instantáneamente en el pasado, en una tumba sin nombre y en una promesa incobrable de probidad futura.

Todo el despliegue discursivo de las autoridades permanece en el plano de las responsabilidades sin consecuencias. No importa la diferencia entre lo que está codificado administrativamente y lo que responde a exigencias políticas o morales. Lo que interesa es que si las responsabilidades no tienen asociado un control eficiente y una sanción, entonces, brillan, se difuminan y se extinguen. Hemos consagrado un sistema político que está a cargo de irresponsables confesos.

En la retórica de los descargos y las inconsecuencias de la responsabilidad, los tópicos se repiten y no son muchos. No pude, no tuve las herramientas, fui engañado. La irresponsabilidad reclama su impotencia en la falta de poderes para la tarea encomendada, alega un cambio en las exigencias, se escuda en la intrascendencia de la falta, dice cuidar un bien mayor o, la esquiva apelando a su carácter; ´no somos policía’.

Se suele decir que ‘nos hemos atenido a los protocolos’ y se entiende que eso debe exculpar todo fracaso. Si hemos seguido los buenos procedimientos, ‘ello’ nos disculpa de la persistencia de la falta de agua en Ovalle o del desangramiento de un infante en una clínica privada o el envenenamiento de otro en un hospital público.

Que el valor está en la manera de hacer las cosas y no en el resultado, en el proceso y no en la obra, es una afirmación puesta de moda por el arte conceptual del siglo XX. Sin embargo, a la sociedad le importan los resultados, y la forma, siendo una parte indisociable del resultado no lo exime ni lo sustituye. Los responsables de proveer agua y seguridad a la población no pueden esconderse en la elegancia de su incumplimiento ni en el apego a normas obsoletas.

Otro lugar común es el de ‘nadie está obligado a lo imposible’. En el rango de lo imposible estarían las informaciones ocultas; lo que sucede en los ámbitos que quedan fuera de la visual de los responsables. ‘No lo vi’, no supe. Luego, en el mismo registro, están los desplazamientos de la falta hacia los subordinados; no fui informado. Por fin, el irresistible traspaso de la carga a la víctima; quien mandó a Avilés a ponerse en medio del chorro del guanaco. Mejor todavía, ustedes que reclaman, cambien la ley.

En la responsabilidad en la medida de lo posible, el discurso es ocupado por todas las variedades de la imposibilidad. Se amparan en una responsabilidad opaca, no investigable, sin prevención y sin coerción; una decoración angelical e ineficaz.

La división de los poderes que constituyen la república es la misma división y complementariedad de todo poder y de toda responsabilidad social. En la secuencia de la Constitución, las leyes, los reglamentos y la administración, el orden de prevalencia va de lo particular a lo general, de la acción a al discurso y de la aplicación a la ley.

Este ordenamiento aplica en el futbol, cuando se alega incapacidad de prevención y represión de antisociales. Aplica en la investigación de la distribución de cargos y platas públicas y en todo ámbito donde una responsabilidad proclama su soberanía. El aspecto policial, la coerción, la exigencia de cumplimiento de toda responsabilidad, es el complemento necesario de la exigencia de eficacia.

Hemos sido vigilados desde infantes y puede ser hora de que se equilibren los controles en la sociedad.

No se puede decir “Yo asumo…pero no me hago cargo”. Por cierto la segunda parte de la frase se dice en silencio y se lee en la letra chica. De manera en que la apariencia de honestidad encubre un nuevo cinismo. Uno del que no se puede decir que miente ni que se ríe abiertamente de nosotros sus auditores. En el revés de Poncio Pilatos el nuevo cínico no se lava las manos e incluso las exhibe manchadas de barro. Qué le vamos a hacer, dice, todos, ustedes y nosotros, somos responsables de este desastre. Es hora de perdonarnos, pasemos a otra cosa….

Para vivir en sociedad asumimos compromisos que tienen cargas reales y plazos largos. Lo que es dramático, no sucede en la abstracción del bien y el mal sino en el hecho concreto de que en la confusión de nuestro sistema político estaremos obligados a elegir a los mismos pillos y fruncidos que tenemos ahora en el parlamento.

No es que parlamentarios y ministros sean deshonestos o poco trabajadores, es que la irresponsabilidad se cobija y se disculpa en la responsabilidad siempre mayor e imprecisa de resguardar la institución. La investidura no es fuente de obligaciones sino un pozo infinito de excusas, elusiones y facilidades privilegiadas.

El nuevo cinismo es el resultado de la inversión de los papeles que hace que ahora el rigor, la severidad, la moralidad y el enojo sean expresiones de los ciudadanos, los peatones y los espectadores, mientras que el relajo, la sonrisa burlona y la disculpa fácil, sean atributos de la autoridad.

En el estilo fresco y cercano de la nueva manera de gobernar, las autoridades se quejan de nuestras ‘leseras’ o profieren joyas coloquiales del tipo… ‘nadie dijo que la vida no es dura’ o, ‘el problema es bien jodido’. Se ha instalado una desenvoltura que se agradece –por comparación con las pretensiones estiradas y acartonadas de períodos anteriores- pero que no exime de enfrentar y resolver los problemas de la gente.

Nos movemos entre ‘la lesera jodida’ y ‘lo importante es que las instituciones funcionen’. Cuando se apela a las instituciones de esa manera, lo que hacemos es transformarlas en depósitos clandestinos de basura. Lo jodido aparece cuando el olor ya no soporta la indiferencia de las autoridades y la displicencia ladina de un ministro astuto se ofrece a enfrentar a los indignados en su propio nivel de calle.

El nuevo cinismo es más grave que todo esto. Incluye las transacciones que busca imponer a la sociedad y que tienen la forma general de una aceptación de la humillación a cambio de sobrevivencia y servicios básicos. Es el modelo Freirina; trabajo a cambio de pestilencia. Es lo que se ofrece en Aysen; habitat a cambio de energía. Pero esto será tema de otra carta.

Uno habría esperado que ante la penosa situación de la política y del parlamento, se hubiera nombrado una comisión investigadora independiente que, en un plazo breve, informara al público sobre las faltas a la probidad. Además de sanciones, era de esperar que se propusiera, al mismo parlamento, la formación de una Contraloría técnico-ciudadana, autónoma, permanente y dotada de los recursos necesarios.

Se ha dejado pasar la oportunidad y no queda más que pedir una doble intervención, primero de lo bajo y después de lo alto. Primero, pasemos a una nueva etapa de la ciudadanía y volvamos a hacerla participe y responsable de los controles sobre las autoridades tentadas por la amoralidad y el delito.

Luego, mirando a lo alto, pedir en voz baja ¡Perdónalos señor que ellos ya se perdonaron!