Chile-desde-dentro-Juan-Ignacio-Colil-1Se inauguró hace unos días la exposición “Chile desde adentro” en el GAM. Una muestra del gran trabajo fotográfico realizado por un puñado de hombres y mujeres valientes por aquellos lejanos años ochenta. Fotografías hechas a pulso. El famoso rollo con el cual había que elegir muy bien lo que debía fotografiarse o no. No podía haber derroche, luego el trabajo del laboratorio arrojaría luz sobre esas tomas realizadas en el fragor del conflicto. Había que elegir entre papel mate o brillante o simplemente trabajar con el que se tenía. Una tarea larga, intensa y valiente en una época en que no había redes sociales y el ejercicio fotográfico solo lo podían ejercer algunos entusiastas. Las imágenes de la exposición, para muchos es quizás desconocida, para otros necesaria y no faltara quien piense que nuevamente es otra pataleta más de quienes siempre miran al pasado y le dan al asunto de la dictadura y nuevamente con el asunto de la represión y los derechos humanos y la vieja cantinela que no deja avanzar al país. La colección de fotografías es un breve resumen de las imágenes de esos años: prisioneros en el Estadio Nacional, la imagen de Pinochet, protestas, detenciones, heridos, cortejos fúnebres, las calles del Santiago ochentero, etc.

A mitad de semana nos sorprendimos con la noticia que anunciaba que un ex conscripto había declarado por el homicidio de Rodrigo Rojas de Negri y el intento de homicidio de Carmen Gloria Quintana, hecho ocurrido precisamente en Julio de 1986, y de esta forma había roto el pacto de silencio que había echado tierra sobre este episodio por veintinueve años. Durante los días que siguieron el cuadro se ha ido completando: reportajes en la TV, aparecieron los rostros de los implicados, declaraciones del juez Carroza quien lleva el caso, breves reseñas acerca de los acusados, las declaraciones de la madre de Rodrigo, la dignidad de la madre de Rodrigo, el silencio del ejército, otra vez el silencio del ejército. Esto último no es nuevo.

Visité la exposición. Mucha gente también miraba las fotografías, gente de todas las edades, algunos turistas. Pareciera que se está mostrando un país muy lejano y a algunos el tiempo transcurrido les hace pensar que aquello ya sucedió y quedó afortunadamente atrás, pero la realidad nos golpea. El caso de Rodrigo Rojas de Negri y Carmen Gloria Quintana hizo que la exposición me resultará mucho más cercana y que la viera no como una secuencia de viejas fotos, sino como las huellas de una historia que hasta hoy continúa. Afuera de la exposición aparentemente estamos en otro Chile. Un Chile que habla en dólares, pero piensa en chauchas.

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En esta semana un trabajador ha sido asesinado por balas disparadas por un carabinero. Han pasado un par de días y aún no hay nada claro. Rodrigo Avilés es dado de alta después de estar dos meses en la clínica por el accionar de carabineros. La represión en la Araucanía continúa con su paso seguro y silencioso. El asesinato del dirigente Juan Pablo Jiménez aún está en una nebulosa. Nadie recuerda al trabajador del transantiago que se quemó a lo bonzo en junio del 2014. Puesto así los acontecimientos, parece que hay prácticas que continúan y se eternizan en este país. Nos hemos acostumbrados a mirar la represión como una actividad normal, casi necesaria. Si alguien es víctima de la represión se le acusa inmediatamente de “andar metido en algo”, esa expresión tan chilena para decir que seguramente se lo merecía, y es cierto en este país nadie está a favor de la represión pero de que “andaba metido en algo, andaba metido en algo”, como si protestar, exigir, alegar por lo que uno cree justo fuese una estupidez, una práctica de la juventud. Vivimos en un país en el que nadie da explicaciones, las autoridades se escudan en la constitución, constitución que no desean cambiar. Parece que nunca sabremos lo que sucedió con Rodrigo Avilés ni menos con Juan Pablo Jiménez. Las instituciones del Estado y la prensa se han encargado se fusionar la protesta social con la delincuencia, todo cabe en el mismo saco. El trabajador asesinado en el norte es una prueba de esta política. Será esto el llamado “realismo sin renuncia”.

Quizás en treinta años más, en un país distinto al que vivimos hoy, se inaugurará una nueva exposición fotográfica que muestre la represión de estos años y entonces pensáremos en las cosas horribles que pasaban al principio del siglo XXI.