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Las semanas tienen sus baches y sus frases empinadas y esta vez, para variar, el turno le tocó a Fernando Villegas, quien se despachó ante una Carmen Gloria Quintana serena pero conmovida, sobreviviente del caso quemados, un Ya pasó la vieja. Los insultos y las funas no se hicieron esperar, algo a lo que Villegas está acostumbrado, a pesar de que la frase no es tan grave, con independencia del desprecio y la insensibilidad que contiene. Es una frase hecha de aristas o filamentos complejos, que empareja con descaro un tono extraído del habla cotidiana con un llamado a aterrizar los sueños de justicia.

Lo que Villegas busca es nivelar un fraseo desvestido de las pompas academicistas –esa lengua que convida sus migajas al pueblo- con una sed de justicia que debe despojarse de sus frecuentes delirios o abstracciones. Usa el idioma del realista provocador, que hace de lo repulsivo el estilo que lo auxilie o lo singularice. Mal que mal sus compañeros de panel, que dijeron más o menos las cosas que había que decir, pasaron desapercibidos, libres del oprobio de las funas pero sin el privilegio del despunte o el impacto

Villegas en cambio quiere que hablemos de él, que es exactamente lo que estoy haciendo en este momento, sumando un equívoco más a mis columnas, por lo que a lo mejor podría intentar un giro y referirme más bien al soporte del que el periodista de Tolerancia Cero se vale para verter sus expresiones desmedidas. Ese soporte es el de un realismo político que en Chile cuenta con más de un adepto y que suele gozarse en la insistencia de que la realidad estará siempre subfinanciada por las ilusiones de los más débiles.

Este tipo de realismo se ampara detrás de una rara membrana inofensiva,propio del que dice que lo que está diciendo no es lo que quiere o lo que le gustaría, sino lo que lamentablemente es: “las instituciones no van a cambiar, dan muestras de eso a cada paso, los empresarios seguirán explotando a los trabajadores, la iglesia no condenará a los curas pedófilos, el ejército no pedirá perdón. Esperar otra cosa es ridículo.”

Es parte de un pensar más o menos cotidiano; se supone que quienes así se expresan, se rodean de antemano de una aureola de honestidad, que tienen la valentía de decir lo que los demás callan o han caído en la desdicha del que se granjea enemigos por el solo hecho de corroborar lo que es verdad.

El único problema es que el realismo político no tiene nada que ver con esto, así como tampoco tiene nada que ver con aquella oración inaugural de la transición esgrimida por Aylwin: la de la justicia deseable dentro de lo posible. Pese a que el origen de los conceptos tiende a la evasión (como cualquier origen), la figura del “realismo político” admite ser atribuida a Maquiavelo, quien la esbozó para dar comienzo a la filosofía política moderna hace más de quinientos años. Cuando Maquiavelo empleó este término no se estaba refiriendo en absoluto a una realidad predeterminada a la que debemos acoplarnos de manera pasiva porque “es así”; por el contrario: lo que estaba diciendo era que muerto dios o cualquier fundamento omnisciente del orden, los hombres quedamos por fin en condiciones de saber que no hay realidad independiente de un poder o una fuerza, que la realidad está hecha y que por eso es permeable, alterable, modificable, etc.

Es sin ir más lejos el motivo por el que autores aficionados a la transformación plástica de la historia –Althusser, Foucault o antes el propio Gramsci, quien leía El príncipe a la sombra de una prisión turinesa- desplazaron la fórmula de Maquiavelo de la corte hacia el pueblo. Pensaban con razón que el mismo realismo que le servía al príncipe para señorear sobre la tierra, es el que requieren los pueblos para reconfigurar las fuerzas del mundo. No estaban tan equivocados: es la otra cara del realismo, suficientemente importante como para que no tenga nada de extraño que Villegas o una porción conformista del planeta insistan en pasarla por alto.

La pasan por alto, es cierto, pero mientras tanto es fácil suponer que después de la fórmula de Maquiavelo no es posible realizar diagnósticos sobre el estado de las cosas sin establecer alguna clase de complicidad con éstas. Los diagnósticos no son la presentación objetiva o externa sobre un estado del mundo; son parte de una intención de mundo, cuelan en la realidad del mundo lo que en apariencia certifican o constatan. El asunto aquí es el del performativo. A pesar de que el término lo patentó Austin en un aulario remoto de 1955, el sentido que envuelve se lo seguimos debiendo al florentino, quien con la palabra realismo tuvo la astucia de subsumir la constatación de algo en la voluntad, consciente o inconsciente, de que este algo se realice. Acaba de sucederle a Villegas (otra vez caí), a quien es difícil creerle que con es ya pasó la vieja no esté promulgando el punto final de una historia en el que está profundamente interesado.

No deja de ser curioso que se pronuncie ahora con tanto escepticismo sobre la misma institucionalidad que le recrimina a los movimientos colectivos no cuidar lo suficiente. ¿En qué quedamos? A los más jóvenes les recrimina su disfuncionalidad irresponsable respecto a instituciones del estado a las que hay que respetar, pero ahora conversa con Carmen Gloria Quintana y le explica que estas instituciones son sumamente sospechosas, por lo que es recomendable que abandone de una vez por todas sus ilusiones.

Son ilusiones de otro tiempo, Chile cambió, “ya pasó la vieja”. ¿Cuán grave es la frase? Quién sabe, pero convendría recordar que Villegas la pronunció ante una mujer a la que el ejército de Chile intentó quemar viva primero y luego la tiró como un bulto carbonizado en un sitio eriazo. Da pavor pensar que esas son nuestras instituciones, da un cierto escalofrío. El hombre que presidía este comando cobra mensualmente un sueldo del mismo estado que hasta el día de hoy sigue sin pedir disculpas públicas a Carmen Gloria. Villegas dice que esa disculpa no va a llegar; yo soy realista y pienso que si un cuerpo tuvo un día esa fuerza, entonces ninguna historia está cerrada.