Cristian CuevasLuego de conocido el epitafio a la Nueva Mayoría “realismo sin renuncia”, pronunciado por la propia presidenta, muchos comentaristas desde el gobierno y de las demás trincheras políticas  siempre prestos a la defensa del sistema económico imperante, han hecho gala de interpretaciones semánticas de dicha frase, análisis de la misma, inversión de los términos e interpretaciones de variada índole, intentando desde mi mirada, el montaje de un eufemismo, que permita a las miles de personas que habían cifrado expectativas de cambios efectivos durante este gobierno, comprendan la imposibilidad de aplicar dichos cambios.

El gobierno que se había conformado mediante un programa plagado de anuncios a nivel de enunciados de cambios, hoy una vez pronunciado el epitafio y por dichos de su flamante nuevo ministro del interior estamos en condiciones de deducir  que intentaba mediante el concurso de sectores de izquierda, construir gobernabilidad y pasar a un estadio de gobernanza que significa “arte o manera de gobernar que se propone como objetivo el logro de un desarrollo económico, social e institucional duradero, promoviendo un sano equilibrio entre el Estado, la sociedad civil y el mercado de la economía”[1]. Objetivo que se distancia de la posibilidad de distribuir de una forma más justa la riqueza.

Este objetivo, que se ajusta más a conservar las tasas de ganancia del capital en todos los rubros,  ha implicado un creciente malestar de la sociedad que se ha traducido en las movilizaciones que hemos visto en estos últimos días y que han obligado a instalar la palabra realismo con insistencia, este realismo se refiere sin duda a que los rentistas nacionales y extranjeros ven con preocupación la caída de los precios de los comodities que exportamos y la presión que se coloca a las supuestas reformas frenando la inversión afectando a la demanda agregada y por lo tanto al afamado crecimiento.

Sin embargo al realismo que me refiero en  el título, no es el del epitafio, sino  que dice relación con la realidad de los movimientos sociales y la situación de los trabajadores. Sin ir más lejos la reciente paralización de los profesores, los más de cincuenta días de paralización de los trabajadores que construyen la futura línea 3 del metro, donde  en este momento se encuentra un grupo en huelga de hambre y la lamentable muerte de Nelson Quichillao asesinado por un proyectil disparado por un carabinero en la madrugada del 24 de este mes en las cercanías del mineral del Salvador, entre otros hechos.

Este último hecho es el que provoca la renuncia  que hace al cargo de agregado laboral en España,  Cristían Cuevas. La renuncia del  ex dirigente de los contratistas del cobre, hoy dedicado a la política, hace renovar las esperanzas en la política chilena porque se expresa desde una posición consecuente en torno a que no es tolerable que los conflictos laborales se resuelvan con la aplicación de la violencia desde el Estado, sobre todo teniendo en cuenta que el derecho a huelga efectiva no existe en nuestra legislación laboral y en el actual trámite de la reforma laboral en el Senado contiene elementos que complejizan aún más el ejercicio de la huelga como forma de presión legítima de los trabajadores organizados.

Lo que  dice Cuevas “he realizado una profunda reflexión política y ética que me obliga moralmente a renunciar a esta responsabilidad que el gobierno de la presidenta Michelle Bachelet me ha mandatado”; implica una reflexión respecto de la ética, concepto que se repite en los medios de comunicación en los últimos tiempos, cuando nos enteramos de los escándalos de financiamientos de las campañas electorales y otras actitudes de los miembros de la clase política actual,  cuando sirven a intereses económicos poderosos,  o con escasísimas excepciones,  silencian los contenidos de proyectos que siguen profundizando las desigualdades existentes en nuestra sociedad.

La realidad de la sociedad chilena, en que la asignación de los recursos atiende al mercado sin contrapeso y que culturalmente está amparada  en  la lógica de la ganancia,  la idea de que no existe nada gratis,  la competencia por la vía del consumo de los ciudadanos, el crédito que permite acceder a una vida material confortable como una forma de progreso  y un fuertemente difundido temor al conflicto, que implica la construcción de un individuo que   presente características de emprendedor, eficiente, colaborador, multifuncional, dispuesto a todo, me permite plantear la hipótesis que indica que la ética tal como es percibida y mencionada  ha sido superada y los políticos no son la excepción.

Por esta razón, la actitud de Cristian Cuevas es alentadora y se convierte en un afluente fresco a la actividad  política donde la llegada de un político que viniendo del mundo sindical no solo habla de ética, sino que con sus acciones le da sentido al concepto. Por  tanto es posible esperar que en los niveles que él  se desempeñe en la política chilena,  estará  equipado de la experiencia que tuvo como  dirigente sindical.

[1] <www.rae.es>