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Es un espacio sociopolítico una necesidad a la hora de entender contextos de negociación social, son espacios de un contrato social que se pueden expresar en una nueva Carta Magna, en una Asamblea Constituyente, la necesidad de que las mayorías puedan definir ejes rectores de la convivencia nacional.

En la matriz de compromiso había espacios de negociación social, de un compromiso interclase, que entró en crisis cuando el pacto ya no permitió contener. En la matriz mercado céntrica, los espacios son exclusivamente de carácter representacional a través de gremios o partidos políticos, es un espacio privatizado, muy regulado por actores que se involucran.

Hay una crisis con lo representacional, la crisis esta parada ahí. La significación de lo representacional en nuestra sociedad se expresó en el plano de la sociedad política, como un binominalismo endémico que pavimento el camino de una democracia de elite, absolutamente jibarizada. Al punto de sesgar en su núcleo la presencia de otras opiniones significativas de Chile.

La expresión de la participación no es abierta y vinculante, sino muy aclanada y sin poder de incidencia.

En Salazar existe una crítica fundamental a este carácter, con apuntes destacables desde la administración de una representación, y la expresión de un vanguardismo que se distancia de una suerte de principios originales. El instrumento se vuelve fin, y las posiciones se vuelven privilegios.

Lo representacional cubre un pacto muy distinto que no es parte de una matriz nacional, se basa en cuestiones temáticas o locales que tienen un impulso en actores involucrados.

La operación de lo representacional en la sociedad es un arquetipo de funcionamiento de la misma, vista así, es un enclave insalvable, visto de otro modo es repensar el modelo de lo representacional en la sociedad, y esto es complejo, es un camino que supone construir un modelo democrático.

Y esa es una pregunta para Chile, si es capaz de crear el espacio para pensar una forma de construcción democrática. Porque en Chile está en crisis un modelo de legitimación de un enunciado democrático, que no se traduce en un estatuto democrático, pues solo plantea la democracia como una cuestión formal, y procedimental. Existe un gran discurso sobre la transitología, pero en lo medular nuestra democracia carece de sustancialidad.

Es una elite que administra los espacios claves del poder, esta democracia no es una cuestión de soberanía popular, no es una cuestión de mayorías sino de minorías, y esta es una contradicción del principio democrático.

La jibarización es la textura de la estratificación social en Chile y es una trama de construcción de imaginarios sociales, uno fundamental es el mercado como una red de signos que pulsionan deseos, el consumo tiene un estatuto de forma de conocer, es una experiencia cultural de gran lugar simbólico, construye un sentido cultural, un ethos fuerte.

Otro discurso relevante es el individuo, cuya connotación es un entramado microfisico hayekiano que licua todo civitas, destruye la concepción relacional de la polis, porque la polis es otredad y el neoliberalismo es el ensimismamiento individual. La solución de los problemas sociales es una cuestión individual.

Incluso en los imaginarios de menores recursos, donde podríamos definir una caracterización de la pobreza ligada históricamente a un imaginario popular, es colonizada por una articulación privatizadora. Creando un mercado diferenciado que permite el acceso a ser consumidor, que es nuestro principal derecho y nuestro principal deber.

Esta colonización descontextualiza al pobre como sujeto histórico y lo reduce a un papel absolutamente subalterno, pero le crea un mercado para acceder, satisface y adecua el modelo a otro campo. El neoliberalismo tiene una gracia totalitaria de recrearse para distintos campos sociales, de hecho crea campos nuevos (la clase media vulnerable), espacios de mercado donde no los había. Crea mercancía como rasgo transversal, todo es mercancía, incluso la política. Es el paradigma de la fetichización, el neoliberalismo es su expresión máxima conocida.

Es una imaginería cuyo eje copernicano es el consumo, una articulación deseante muy semiótica, un espacio cultural dominante, a estas alturas, conectado a un ADN social que cruza las dinámicas adquisitivas.

Esta participación social de mercado es un estatuto de una ingeniería social radicada en las artes del marketing, que es el artesano y el mago, es el que machaca la psiquis creando una red intersubjetividad, una conectividad virtual, a lo Matrix. Se trata de las maquinas deseantes, que son la maquinaría del consumo, es una trama de deseos que se articulan en una cultura, como una forma de producir un sentido, un sentido de la acción, pero también un sentido del ser y del decir.

Dado un contexto tan reducido de los espacios de la polis,  es complejo suponer que se abrirán espacios al civitas. Crear una polis supone hacer un apuesta de sociedad en un mercadeo hegemónico, se trata de la necesidad de espacios sociopolíticos nuevos, que establezcan otros espacios de negociación del poder. Mientras no se plantee esta disyuntiva no habrá posibilidades de enfrentar un proceso de construcción democrática y esto tiene un camino político enunciado,  pero no trazado, la Asamblea Constituyente. Sus alcances y  profundidad están en disputa, el modelo sociopolítico agoto sus naves tras una crisis de credibilidad incomparable respecto del periodo de postdictadura.

Lo que está en crisis no es el modelo (social) de mercado, esta es una instalación mayor del sistema, es la carne, sino el espacio y sentido de un pacto democrático.

Si bien la educación es una crisis de un modelo de mercado, no es menos cierto, que el mercado como orden sobrevivirá a esa coyuntura como dominio de la sociedad chilena. Sin embargo, la disputa de posiciones por una constituyente democrática puede establecer una dinámica contractual con otro orden hegemónico.