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En la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile, los ramos son asignados a los estudiantes de acuerdo a un sistema llamado “ranking”. La presente columna tiene por objetivo la revisión crítica de este sistema, en el contexto de la discusión que el Consejo de la Escuela de Pregrado –órgano colegiado compuesto por estudiantes y académicos electos por sus pares, encargado de las políticas de desarrollo de la docencia- está dando a su respecto.

El sistema ranking ordena a los estudiantes de mejor a peor rendimiento académico: en su primer año “mechón”, por sus puntajes en la PSU, y del segundo semestre en adelante, fundamentalmente por su promedio de notas, como también su avance académico y antigüedad. Sus premisas son las siguientes: que el “promedio de notas del estudiante debe tener una ponderación primordial al momento de otorgar preferencia a los alumnos, pues éste refleja el esfuerzo general realizado por el estudiante…(1)”; y que “la cantidad de créditos aprobados (…) determina a su vez una capacidad para decidir mejor en cuanto a la selección de cursos se trata”. En definitiva, considera que la “fórmula de Ranking busca reflejar de mejor forma la calidad del estudiante y premiarlo con mayores posibilidades de elección”.

Se ha dicho que el estudiante puede “elegir” a sus profesores de acuerdo a la orientación que los distintos profesores le dan sus la cátedra. Pero la verdad es que sólo un estudiante con una alta posición relativa en el ranking puede “elegir” sus ramos, de modo que los alumnos con peor ranking terminan inscritos en aquellos ramos que nadie elige. ¿Podemos decir que hay elección si sólo algunos eligen? ¿Qué sentido tiene para este estudiante una malla semi-flexible o la libertad de cátedra, si no ha podido elegir?

La libertad de cátedra es nuestro orgullo, y la defendemos en su sentido genuino: parte de esa defensa está en denunciar cuándo ella está siendo usada como escudo, ya sea inconscientemente, por el letargo propio de estos tiempos, o deliberadamente, para esconder la mediocridad. Hoy, más que libertad de cátedra, tenemos en nuestra Escuela cursos buenos, regulares y malos, con estudiantes de primera, segunda y tercera categoría. Y aunque sea duro, está bien que reconozcamos que en nuestras salas corren carreras paralelas. Cuando nos decidamos a enfrentar esos fantasmas, entonces el repensar democráticamente nuestro claustro, nuestra malla, nuestra comprensión  de la docencia, investigación y extensión, será inevitable. Creemos que criticar el sistema de ranking y querer terminar con él es parte de lo anterior, un aporte para empezar el largo camino que nos resta por construir la universidad pública del siglo XXI.

El ranking dice fundarse en el reconocimiento del “buen estudiante” y de la libertad de cátedra.  Es una realidad que la desigualdad de nuestra sociedad tiene un correlato fuertísimo, casi coincidente, en la desigualdad educacional. Así, la cuna determinará el propio ingreso de la Escuela, el lugar en el ranking para la asignación de cursos del primer semestre. Luego, será  el  “rendimiento académico” el criterio decidor de las posteriores inscripciones. Este criterio es transparente a las condiciones socio-económicas de cada estudiante, de modo que resulta injusto medir la “calidad” del estudiante en atención a tales indicadores. ¿De qué está hecha la “calidad del estudiante”? La propia declaración de principios del ranking sostiene que lo que se premia es el esfuerzo, que se ve traducido en la ordenación de los estudiantes por ranking, o sea, quien se esfuerza puede elegir sus cursos. En una sociedad donde el capital cultural está determinado por el colegio que se pudo pagar, ¿nos parece justo medir a estudiantes de tantos Chiles distintos con la misma vara? El ranking no mide esfuerzo, sino que distribuye privilegios en base a ese ejercicio discriminatorio y segregador. Todavía más, se trata de una segregación creciente en intensidad, pues el “buen estudiante” puede “elegir” sus asignaturas, probablemente con “buenos profesores”, cursos de los que salen bien preparados, para tener buenas notas y tomar con otros “buenos profesores”; mientras que al “mal estudiante” le ocurre lo inverso. Desde que ingresamos como “mechones” hasta que se egresamos, tenemos clases con las mismas cien personas… ¡y en una generación hay cuatrocientas! Así, es tremenda la distorsión a la que nos enfrentamos cuando hablamos del “rendimiento académico”, del “buen estudiante”: no se está identificando el mérito ni el esfuerzo.

Ahora bien, ¿nos contentaría un sistema donde el rendimiento académico, en forma abstracta, concediera beneficios a ciertos estudiantes por sobre otros? ¿Acabaría el problema si terminaran las distorsiones de la segregación socioeconómica? La respuesta es “no”. Aquí no sólo estamos cuestionando un sistema cuya aplicación arroja resultados materialmente injustos. Nos estamos cuestionando, también, por la justicia de las premisas mismas del sistema. Un modo de asignación de ramos que ordena a sus estudiantes conforme a sus resultados en las evaluaciones, que premia al “buen estudiante” y, por ende, castiga al “mal estudiante”, que funciona en términos de incentivos y que asigna intereses, es propio de una comprensión de la educación en la cual el estudiante es un mero cliente. La formación en conocimientos y habilidades es una inversión útil para el educando y su entorno de influencia: la educación genera retorno privado. Nada de raro tiene que el sentido común se explique en términos de competitividad, de individualismo, y en fin, de mercado, si es la manera de entender las relaciones que la educación chilena conoce y transmite.

Nos hemos atrevido a desafiar ese sentido común que pregona falsa meritocracia y sostiene que un sistema como el de hoy no se debe acabar, que quizá hacen falta ajustes para paliar ciertas distorsiones, o que terminar con el “reconocimiento del mérito académico” no contribuye sustancialmente a acabar con la desigualdad pero sí castiga a quienes hoy son beneficiados por el sistema. Nos hemos atrevido a desafiar el paradigma de la competitividad, del individualismo y del mercado, y es precisamente en ese desafiar, en ese cuestionamiento crítico que prefiguramos una educación distinta, donde hay cooperación y no competencia, donde hay sentido de colectividad y no sólo de individuos, donde hay derechos sociales y no hay mercado: un futuro donde hay democracia, donde el educando es tal no ya para sí mismo sino que para todos. Es en la disputa de la toma de decisiones en la construcción de una universidad pública, como este fin al ranking, que con democracia, con discusión abierta, sincera y fraterna, anticipamos una nueva educación pública.

(1) Memorando N° 82 (27/11/2008) de la Dirección de Escuela de Pregrado, Facultad de Derecho, Universidad de Chile.