sebastian_pinera_El escenario crítico que hoy vive la Nueva Mayoría representa –aparentemente– una oportunidad que la derecha cree tener para recuperar el gobierno. Para ello, ha llevado a cabo una ofensiva ideológico-política que busca reponer aquella consigna que culminara con el triunfo electoral de Sebastián Piñera en 2010: el cambio. En ese período, la Concertación de Partidos por la Democracia arrastraba una crisis de legitimidad que la Alianza logró capitalizar sobre la idea de un “cambio” en la gestión del modelo, basado en la idea de que la implementación del sistema económico-político neoliberal debe ser liderada por élites dirigentes que profesen, sin ambivalencias, la fe en el libre mercado.

La receta política de la transparencia entre élites políticas y poder económico durante el gobierno de Piñera (2010-2014), puso en evidencia la pobreza del relato político-ideológico de la derecha, que sólo proponía una mayor eficiencia del modelo económico y una institucionalidad eficaz para contrarrestar la llamada (in)seguridad ciudadana. El dogma del crecimiento económico y el combate contra la delincuencia, prontamente develaron que la frágil noción de “cambio” consignada en los discursos de campaña, se desvaneció a poco andar del gobierno. Los movimientos sociales irrumpieron masivamente en las calles, y repusieron la idea de cambios estructurales al sistema político-económico nacional. Desde ese momento, el gobierno de Piñera entró en un declive de su aparente capital electoral de 2010, y su desaprobación termina por liquidar la continuidad del proyecto político de la Derecha. En efecto, Evelyn Matthei, la candidata de la Alianza, obtuvo un pobre resultado electoral: 25% en primera vuelta y 37% en el balotaje, sancionando con ello el término de la aventura política de la Derecha en el gobierno.

Hoy, la Derecha estima que está frente a un escenario similar al de 2010, con la Nueva Mayoría gobernante en una situación de descrédito generalizado, con una diferencia: en las circunstancias actuales, la Derecha también se encuentra carente de legitimidad, y en particular su partido hegemónico, la UDI, que atraviesa por una grave crisis, y con una fuerte desaprobación política. La idea de un partido único del sector tiene algunos adeptos en el mundo conservador, a propósito de la búsqueda de fórmulas que permitan a la Alianza deshacerse de su aura de desprestigio.

En una entrevista reciente, Andrés Allamand volvió a plantear la idea del cambio: “La Derecha chilena debía efectuar un cambio organizativo profundo y que debería ir acompañado de un cambio de perfil”. Esto, a propósito del desprestigio político de la UDI, a partir de su implicación en el caso PENTA. En el diagnóstico de Allamand, la Derecha debería terminar con la cohabitación entre la clase política y los negocios, y garantizar a la opinión pública que la actuación política de la Derecha sería, en lo sucesivo, autónoma de los intereses empresariales. Estas afirmaciones vuelven a resucitar aquellas ideas que encarnó a principios de los ´90 la llamada “patrulla juvenil”, liderada por el mismo Allamand y que integraron Sebastián Piñera, Alberto Espina y Evelyn Matthei. Poco después, los sucesos escandalosos del espionaje telefónico de Matthei a Piñera, desarticularon –al menos por un tiempo considerable– a este grupo.

El proyecto de una derecha liberal que le disputase el campo cultural a la Izquierda no fue derrotada precisamente por la Concertación de Partidos por la Democracia, ni mucho menos por la Izquierda extraparlamentaria, sino por la propia derecha conservadora y nostálgica del pinochetismo, quienes lograron demoler el proyecto liberal de Allamand. Todavía más: a fines de los ´90, este proyecto fue enterrado después que Carlos Bombal derrotara a Allamand en la carrera senatorial por la Región Metropolitana Oriente en 1997. Su retorno a la política en la segunda mitad de la década del 2000, tras la cacareada “travesía del desierto”, trajo a otro Allamand, más conservador y cercano a los postulados autoritarios de la UDI, fiel a su pragmatismo populista.

En este incierto panorama, Sebastián Piñera ya perfila su candidatura presidencial haciendo lo que mejor hace: vivir del evento.

Esta derecha “liberal” vuelve a resurgir, pero remasterizada, en un contexto político y social de deslegitimación de la actividad política partidaria. Sus ideas vuelven a ser escuchadas al interior de la Derecha, no por su fortaleza ideológica, sino por la propia crisis de esa Derecha autoritaria y populista que tiene “en la UTI” a la UDI.

Esta idea de una Derecha “de centro-centro” no emerge como una convicción política renovada, sino que a partir de la necesidad de la propia UDI por disimular el descrédito provocado por la infección de la política por negocios. Esta vez, nada garantiza una cohabitación pacífica entre liberales y conservadores, pues al mundo empresarial no le importa desprenderse  de quienes considera sus escuderos ideológicos para mantener el sistema tal cual está, en una reedición más de su conocido gatopardismo. De ahí emerge el dilema de la Derecha con miras a las próximas elecciones: la idea de un “cambio” que eventualmente podría sintonizar con cierta adhesión electoral, pero que no garantiza en el actual escenario político la anhelada gobernabilidad. El cambio sigue sosteniéndose sobre los tecnicismos de la gestión y la administración, y esta eventual aventura de la Derecha –carente de épica, precaria en su relato– en el gobierno será una quimera programática, que a su vez fortalecerá aún más la presencia de los movimientos sociales en el espacio público.

En este incierto panorama, Sebastián Piñera ya perfila su candidatura presidencial haciendo lo que mejor hace: vivir del evento. Seguramente, intentará apropiarse nuevamente de cierta épica sensiblera a partir del quinto aniversario del rescate de los 33 mineros, con lo cual captará adhesiones transitorias que cobrará en la ventanilla de las agencias encuestadoras. Sin embargo, al interior de la Derecha tendrá que lidiar (y hacer lidiar a los demás) con su bipolaridad entre político y empresario, dualidad que lo mantendrá relativamente atado a la discusión interna que tendrá la Derecha sobre la relación entre política y negocios, a partir del llamado del incombustible Andrés Allamand.

Lo que viene casi se puede adivinar: nuevamente en la Derecha aparecerá ese impulso tecnócrata, que oferta una mejor gestión y una eficiente administración del modelo económico neoliberal, pero que no tardará en desnudar sus propias limitaciones ideológicas-políticas, al sostenerse en un mero discurso de mayor crecimiento económico y mayor control policial en las calles. Una vez atascado en este relato políticamente precario y limitado, deberá afrontar una situación compleja, que parece peor a la que experimenta actualmente la Nueva Mayoría: la necesidad socialmente planteada de cambios estructurales al sistema económico-político, cambios que no obstante la propia Derecha no considera. En ese espíritu, los discursos recientes de Larraín y Allamand son más bien el síntoma de una Derecha oportunista que intenta capitalizar a corto plazo la deriva política de la Nueva Mayoría, y no una convicción política que resucita a esa derecha liberal de los ’90.