Foto: Presidencia.

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Cuando se inicia un texto, las palabras traen su propia carga histórica, sus usos, la huella de sus encuentros y su modo de participación en la coyuntura; ‘participación’, por ejemplo, es un término tan cargado de promesas y frustraciones que ha sido vaciado, no de su significado, sino de su potencial activador de decisiones políticas. ‘Realismo’, en cambio, es el tren de carga del sometimiento y la frustración.

Entrando al realismo, salimos de la confusión de las ilusiones y caemos en el vacío puro, incapaz de mentir y generador de todos los misterios. Sería bueno reconocer que, como país, en este momento no vamos a ninguna parte. No hay programa ni alternativa en la sombra, solo hay voluntades regresivas en busca del paraíso perdido y, en el asiento de al lado, el pánico de los abismos. Hay compromisos genéricos pero no hay orientaciones suficientes para manejarse en el mundo legislativo y administrativo. Lo que hay en el programa no basta para hacer política, por lo que renunciar a él o no, es indiferente para la ciudadanía.

No sabemos a ciencia cierta que es a lo que renunciamos. Y eso no es extraño, porque tampoco sabemos las causas de la inflexión. Puede ser la crisis económica y la falta de recursos. La cruda resistencia empresarial o la desaceleración China. Las dificultades para definir los reglamentos de probidad de la política o, simplemente, puede ser el costo de Caval y SQM. Probablemente sea la mezcla de las anteriores sumadas a la incompatibilidad entre las necesidades ciudadanas y la visión estatista y paternalista de su abordaje.

Lo que está en juego en Chile es la relación de la ciudadanía con el Estado y con la economía. El debate político actual está planteado sobre el falso dilema del papel del Estado en la economía y de los privados en la provisión de servicios. Ambos términos deben redefinirse por su apertura a la ciudadanía y al siglo XXI. Necesitamos un Estado ciudadano, una economía socialmente responsable y una ciudadanía cotidiana que participe en definir el lugar al que vamos.

Los programas de Gobierno y de la oposición no llegan a tocar los términos de base de este triángulo de desamores. El problema de la política es que ella es la que usufructúa de las exclusiones y de las ambigüedades del debate. Necesitamos un mejor Estado pero no una sociedad más paternalista. Necesitamos empresas más comprometidas con la ciudadanía y libres de las acomodaciones de los monopolios. Necesitamos una ciudadanía expandida en sus derechos y responsabilidades. Y necesitamos inventar la humildad de los políticos y de los técnicos ante la gente.

No se puede postergar la reforma al Sernac, ni se debe evitar la participación de las Asociaciones de Consumidores en la creación de relaciones comerciales modernas y equitativas. Se debería avanzar en la creación de un Estado regionalizado sin trampas autoritarias; abierto a la participación vinculante y a la capacidad ciudadana de iniciativa plebiscitaria y de revocación de mandatos de representación defraudados.

Empecemos a medir las políticas públicas por los costos en dinero y en tiempo para los ciudadanos. ¿Queremos tomar en serio nuestros problemas de productividad? Cuidemos a la gente. Valoremos los puntos del pib que se consiguen con emprendimiento y con empleo de calidad.

Primero la gente y después las instituciones. Las grandes reformas son las reformas ciudadanas. Sin ellas será imposible entender lo que está en juego en una reforma de la educación y tampoco será posible intentar una plataforma constitucional con legitimidad democrática y ciudadana.

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